La norteamericana Helen DeWitt (Maryland, 1957)
La norteamericana Helen DeWitt (Maryland, 1957)
LIBROS

«El último samurai», entre el centeno

Helen DeWitt escribió en 2010 este libro «maldito» y fascinante a un tiempo que ahora vuelve a ver la luz

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Pocas novelas más dignas de ser rescatadas no del olvido pero sí del limbo en el que a veces caen generosos libros por mezquinas cuestiones editoriales. Publicada en el 2000 por la efímera editorial Miramax Books (también responsable de esa competidora de la revista «Vanity Fair» pronto derrotada que fue «Talk», ambas capricho pasajero de un tal Harvey Weinstein), «El último samurái» desenvainó su katana con aires de conquistar el mundo. El estreno de Helen DeWitt (Maryland, 1957) fue todo un fenómeno. DeWitt era una escritora diferente, hija de diplomáticos, educada a lo largo y ancho de Latinoamérica, traductora de diccionarios y empleada de Dunkin’ Donuts. «El último samurái» era un libro muy diferente, que no recordaba a nada pero que se las arreglaba para fundir las maniobras posmodernas de William Gaddis con la sensibilidad epifánica de J. D. Salinger.

Y, en su centro, dos personajes formidables: el niño prodigio Ludo, producto de una noche de pasión de su atribulada madre Sibylla. Uno y otra obsesionados con el filme «Los siete samuráis» de Kurosawa al que entienden y predican como si se tratara de dogma sacro y solución para todos los problemas. O para, por lo menos, si no encontrar un padre perdido, al menos recuperar su nombre y después ya veremos. Así, con semejante fórmula, «El último samurái» arrasó en la Feria de Frankfurt, se vendió a numerosos idiomas (aquí lo publicó Plaza & Janés casi en enseguida) y despachó 100.000 ejemplares en USA.

El héroe perdedor

Pero algo salió mal: DeWitt descubrió que no era que le debían bastante dinero sino que ella debía mucho por el arduo trabajo de composición tipográfica y corrección de las abundantes parrafadas en diferentes idiomas y la paga de derechos por uso de material ajeno (incluido el guion de Kurosawa). Para colmo, al poco tiempo, el título de la novela fue abducido por una de esas tantas películas espantosas con/de Tom Cruise. Así, DeWitt estuvo a punto de poner fin a todo en varias oportunidades y publicó casi nada desde entonces.

Afortunadamente, la prestigiosa New Directions acudió a su rescate y reeditó en 2016 «El último samurái» y se puede volver a gozar y admirar algo que no se parece a nada pero sí es algo a lo que todos querrían parecerse. ¿Una de las mejores historias de amor maternal jamás escritas?, como dijo alguien. ¿O una feroz diatriba contra los métodos educativos de Occidente así como profunda meditación sobre naturaleza del héroe perdedor y del triunfal suicida?, como definió algún otro. Da igual. Una cosa sí queda clara: el Tema apenas escondido en «El último samurái» es que las personas rara vez llegan a desarrollar su verdadero potencial porque toda una sociedad y una cultura no demora en «explicarles» que jamás podrán hacer o conseguir ciertas cosas. Leer «El último samurái» es entonces una forma de rebelarse contra el desorden en tanto orden establecido.

Desenvainen, al ataque, y hasta la victoria, tal vez.