Richard Russo (Johnstown, Nueva York, 1949)
Richard Russo (Johnstown, Nueva York, 1949)
LIBROS

«Trayectoria», con Richard Russo al volante entre curvas peligrosas

Ganador del Premio Pulitzer 2002, sorprende en su último trabajo, «Trayectoria», por la combinación de discursos

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En los papeles, teóricamente, «a priori» y por puro prejuicio, Richard Russo no debería ser alguien especialmente capacitado para hacer bailar piezas más o menos breves. Porque lo de Russo, su expansivo aliento tragicómico, suele requerir de amplios espacios para que sus inmensos antihéroes de vocación catastrofista se muevan con ágil torpeza o torpe agilidad. Ahí están los pueblos al completo en «Mohawk» y la ganadora del Pulitzer «Empire Falls». O las casi sagas multigeneracionales que son «Alto riesgo» y «Puente de los suspiros». O ese díptico compuesto por «Ni un pelo de tonto» y «Tonto de remate». Pero, de pronto, en 2002, llegó el libro de relatos «La hija de la puta» y, en 2009, esa admirable «nouvelle» entre la lágrima y la carcajada que resultó ser «El verano mágico de Cape Cod».

Con las cuatro novelas cortas que componen «Trayectoria» ya no puede quedar duda alguna y se confirma que Russo puede hacer muy bien cualquier cosa. Y que es una suerte para el lector que se le hayan ocurrido las cuatros tramas aquí reunidas funcionando como los cuatro costados de una de esas casas que no parecen muy grandes desde afuera pero, al entrar, se descubre que son capaces de contener multitudes de detalles reveladores.

Plagiario en serie

«Jinete» inicia la visita guiada devolviéndonos a un paisaje ya explorado por Russo: el de la vida académica norteamericana; pero aquí el tono es sombrío y todo gira alrededor de cómo en ocasiones los alumnos aventajados no saben interpretar los consejos de maestros en retirada. Así, se lee ese momento terrible en que la futura académica Janet Moore prefiere no oír la profecía de su ahora fantasmal mentor y de un porvenir con marido opaco e hijo enfermizo y colegas y estudiantes a los que no puede querer y del que solo la distrae el ajusticiar a un plagiario en serie. «Voz» narra magistralmente la traumática y competitiva y absurda relación entre dos hermanos -Nate y Julian, casi batiéndose en duelo por la atención de dos hermanas- en «tour» por Italia en algo que se lee como una cruza de E. M. Forster con Robert Altman y, a destacar, ese teléfono móvil (gran personaje a su manera) que funciona o no, quién sabe.

Con las cuatro tramas reunidas, se confirma que Russo puede hacer cualquier cosa

«Intervención» se explaya en uno de los Grandes Temas de Russo: la decadencia física y las caídas libres de la salud. Aquí, la pareja de mediana edad de Paul y Ray de pronto descubren que un tumor en ubicación complicada se ha interpuesto entre ellos. Y, aún así, no puede decirse que se traten de páginas deprimentes sino que parecen dotadas de un estoico buen humor y hacen pensar que es por estos lados donde otro Richard (Ford) aprendió unos cuantos trucos para las idas y vueltas de su Frank Bascombe.

«Milton y Marcus» se nutre de la curtida y resignada experiencia de Russo en Hollywood y abre con un disparo a quemarropa: «En la industria del cine no soportan que las cosas se jodan desde el principio. Todas acaban jodidas, eso no hace falta decirlo». Y el que acaba más o menos jodido pero sin nunca perder la sonrisa agridulce es Ryan. Guionista de ocasión sometido a los seductores caprichos del ciclotímico Bill Nolan: una mega-estrella «naturalista» con aspiraciones de héroe hemingwayano. Es la parte más «graciosa» del libro pero, al mismo tiempo, también la más desencantada.

Y, concluida, se explica ese «Trayectoria» que reúne a todas las historias: sus protagonistas se saben a mitad de un camino rebosante de curvas peligrosas y rumbo alguna parte que no saben muy bien dónde queda ni qué les espera allí ni si les quedan muchas o pocas páginas por delante. Pero también es sabido que lo que importa es el viaje. Y, por suerte para ellos, Richard Russo va al volante.