Secuencia de «Toni Erdmann»
Secuencia de «Toni Erdmann»
QUINTA ESQUINA

Toni Erdmann y el significado del humor

Muy pocas películas deciden investigar qué poder, sentido y finalidad posee el humor dentro de la aventura humana

Actualizado:

Henri Bergson publicó en 1900 un célebre ensayo, La risa, en el que sentó las bases para el estudio de una significación de lo cómico, estudio cuyo punto de partida era que lo cómico no puede darse fuera del ámbito humano. Al comienzo de su ensayo, Bergson escribió: «Un personaje de tragedia no cambiará en nada su conducta por el hecho de que llegue a tener noticia del juicio que nos merece. Podrá ocurrir que persevere en ella, aun con plena conciencia de lo que es, aun con el sentimiento clarísimo de horror que nos inspira. Pero un hombre ridículo, desde el instante en que advierte su ridiculez, trata de modificarse, al menos en lo externo. Si Harpagón viese que nos reíamos de su avaricia, no digo que se corrigiera, pero sí que procuraría encubrirla o al menos darle otro cariz. Digámoslo desde ahora: sólo en este sentido se puede afirmar que la risa castiga las costumbres, haciendo que nos esforcemos por parecer lo que debiéramos ser, lo que indudablemente llegaremos a ser algún día». Bergson parecía apuntar aquí al aspecto educador de la risa, a su capacidad para revelar nuestras miserias y, mediante dicha revelación, procurar una mejora, cierto que no siempre honesta, de nuestras actitudes.

En el cine existen multitud de obras que exploran lo cómico como situación, como acontecimiento, como peripecia. Lo cómico dado de forma puntual, en el desarrollo de una acción cuyo tema no es necesariamente el humor. Pero existen muy pocas películas que organicen su material narrativo e intelectual en torno a una reflexión profunda, y por ello inevitablemente seria, a propósito de lo cómico. Muy pocas películas que hayan decidido investigar qué significa el humor y qué poder, sentido y finalidad posee dentro de la aventura humana. Es esta reflexión consciente acerca del humor la que permite contemplar Toni Erdmann como una película extraordinaria, una de las obras capitales del cine contemporáneo.

La película de Maren Ade (Karlsruhe, Alemania, 1976) parte de una situación común. Winfried, un padre maduro y divorciado, más o menos en la edad de la jubilación, siente que ha perdido hace tiempo el contacto con Ines, su hija, una treintañera de éxito. Winfried es consciente de que, a pesar del aparente bienestar que rodea la vida de su hija (ejecutiva en una empresa con intereses repartidos por el mundo), algo marcha mal dentro de ella. Porque Ines, a ojos vista, está triste. Y es en este punto donde Toni Erdmann introduce su peculiar sesgo. Pues Winfried, el padre, es un bromista, alguien a quien le gusta ir por la vida con peluca brillante, nariz de payaso y dentadura postiza. Y no de un modo metafórico, sino literalmente.

Winfried es un humorista perpetuo, un guasón, un chistoso si se quiere, pero está decidido a saber qué le ocurre a su triunfante pero alicaída hija. Para ello tiene a su disposición un arma demoledora: el humor. Lo que equivale en su caso a una absoluta falta del sentido del ridículo y a una sobresaliente capacidad para sacar a la luz la estupidez, la seriedad, la insufrible gravedad que tantas veces nos oprime. Como el bufón del teatro isabelino, Winfried apunta con su actitud de clown a la asfixia moral que nos ahoga. Al ridiculizarse a sí mismo, al conducirse hasta los límites del pudor y la vergüenza, al poner en su boca lo que nadie se atreve a decir, Winfried descubre a los otros su penosa desnudez, la vacuidad de sus grandes actos y palabras.

Toni Erdmann es una película hilarante, con algunas de las situaciones más divertidas que recuerdo haber visto en una pantalla, y sin embargo no pierde nunca su condición de película seria, implacablemente adulta. En esa dialéctica la película se proyecta como una obra muy compleja, pues no sólo evidencia que el humor es una estrategia indispensable para disfrutar de la vida, sino que introduce una serie de valores (la empatía, la alegría, el goce de lo pequeño) que obligan a revisar el catálogo de obligaciones, deberes y supuestas virtudes que a menudo no hacen otra cosa que condenarnos a la infelicidad. Así, el gran logro de Toni Erdmann es contar cómo, lenta pero inexorablemente, la actitud por momentos absurda de Winfried irá rescatando de la oscuridad a Ines, hasta lograr que en la última parte de la película, desde el irresistible momento en que padre e hija interpretan a dúo un éxito de Whitney Houston hasta la memorable escena de la fiesta de cumpleaños en pelota picada, Ines vaya recuperando una parte esencial de su personalidad y ponga de manifiesto lo que en realidad es: una espléndida, legítima hija de su padre.

Otro escritor no menos sabio que Bergson, Umberto Eco, nos regaló un elogio de la risa en su impagable El nombre de la rosa. Jorge de Burgos, el bibliotecario asesino de la abadía benedictina, mataba por temor a los beneficios de la risa cifrados por Aristóteles en un libro perdido. Si ese mensaje llegaba a los hombres, cualquier esperanza de orden estaría comprometida. En palabras de Guillermo de Baskerville: «[Jorge] tenía miedo del segundo libro de Aristóteles porque tal vez enseñase realmente a deformar el rostro de toda verdad, para que no nos convirtiéramos en esclavos de nuestros fantasmas. Quizá la tarea del que ama a los hombres consista en lograr que éstos se rían de la verdad, lograr que la verdad ría, porque la única verdad consiste en aprender a liberarnos de la insana pasión por la verdad». Descubrir encarnado el segundo libro de la Poética de Aristóteles en el padre protagonista de una audaz, ineludible película alemana, ha sido uno de los más felices privilegios de los que he disfrutado en años.