El volumen editado por el Museo ABC incluye todos los dibujos realizados por Ramón para sus greguerías
El volumen editado por el Museo ABC incluye todos los dibujos realizados por Ramón para sus greguerías
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Toda la imaginación y todas las imágenes de Ramón

El Museo ABC publica las «Greguerías ilustradas» de Ramón Gómez de la Serna, una edición de lujo que recupera los dibujos con los que acompañaba estos textos durante su publicación original en «Blanco y Negro»

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En sus greguerías, Ramón Gómez de la Serna se propuso volver a bautizar el mundo con todas sus cosas dentro, dedicando al menos una frase a cada cosa. Pero Ramón no podía conformarse con escribir una farragosa enciclopedia, aunque fuese por fascículos; tampoco con abundar en la enumeración caótica, que promete ofrecer un catálogo del mundo y a la postre sólo nos brinda un folleto turístico. Ramón quería alumbrar cada cosa contenida en el mundo con una metáfora, haciéndola brillar como las mercancías que el chamarilero expone en el Rastro. Ramón concebía el mundo como una acumulación de cosas incoherentes y misteriosas que esperan al poeta que las haga relucir, alumbrándolas con el chispazo de una metáfora.

Así fue como Ramón inventó la greguería, que es una metáfora circense, pirueteante, coruscante como un ascua que incendia por dentro las cosas y las hace brillar en la noche como luciérnagas. Ruano describió en cierta ocasión a Ramón como «un botijo que pare inesperadamente porcelanas de Sèvres», aludiendo tal vez a que era hombre reborondo y de gran sensibilidad. Pero en ese botijo que pare porcelanas de Sèvres está la explicación más cabal de la greguería y, en general, de toda la literatura ramoniana, en la que hay siempre un fondo rudimentario y elemental como el barro, aunque de su seno brote un agua fresquísima, de una delicadeza y penetración que a la vez conmueve y deslumbra (a la vez que chispea con un humor muy socarrón).

Psicólogo de las cosas

En sus greguerías, Ramón va derramando misterio sobre las cosas que salen a su paso, sin orden ni método, con esa libérrima clarividencia que sólo pueden permitirse quienes caminan por el mundo mientras piensan en las musarañas. Del mismo modo que hay escritores que son psicólogos de almas, Ramón es psicólogo de cosas, tan hondo y refinado que finalmente nos descubre que ellas también tienen alma. En sus greguerías, Ramón contempla las cosas con delicadeza y ensañamiento, con escrúpulo y descuido, con finura y grosería; las mira y manosea por todos sus costados y costuras, como si las quisiese destripar; y antes de que nos demos cuenta ya les ha sacado de la chistera el conejo que guardaban dentro, con habilidad de prestidigitador.

En sus greguerías, Ramón no es (siendo todo esto y mucho más) castizo ni cosmopolita, no es clásico ni moderno; es iluminación poética en estado puro que hace juegos malabares con las palabras. Pocas veces nuestra bendita lengua había alcanzado tal grado de embriaguez y frenesí, de entusiasmo y exuberancia verbal, de hipérbole suntuosa, de aturdidora felicidad. En manos de este gran malabarista del idioma, las palabras hacen contorsiones y arabescos, se retuercen y descoyuntan, se enardecen y desbocan, se adornan suntuosamente para después mostrarse desnudas y ateridas, como culebras que acabasen de cambiarse la camisa, para parecer recién nacidas. Y toda esta alquimia verbal viaja en volandas de una imaginación ingenua y tumultuosa, visionaria y entrañable, que enseguida se hace amiga de las farolas solitarias y de los muebles desencolados, de las fieras del circo y las joyas de la casa de empeños.

Las greguerías son pura lujuria verbal bañada en un humorismo que no se parece a ningún otro

Las greguerías de Ramón son pura lujuria verbal bañada en un humorismo que no se parece a ningún otro, un humorismo ultraespañol, nutritivo y espeso como un polvorón que se pega el velo del paladar, a veces sentimental y ensoñador, a veces despectivo y violento, con su colmillito retorcido y sus tirabuzones de candorosa inocencia. Las greguerías de Ramón son el hipo de un angelote carrilludo que se ha quedado a vivir para siempre en la placenta de la literatura y se ha emborrachado con su líquido amniótico, que está hecho con el zumo de las palabras más recónditas, que nadie como Ramón sabe hacer cordiales, y de las palabras más cordiales, que nadie como Ramón sabe hacer recónditas. Las greguerías de Ramón son, en fin, el retozo jovial y la cabriola vertiginosa de un niño zangolotino que va incendiando el mundo a su paso, convirtiendo el mundo en un inmenso rastrojo encendido en el que chisporrotean, como pulgas en llamas, las más crujientes metáforas.