Juan Manuel de Prada - Raros como yo

Teoría de la indiferencia

Portugués, pero de estirpe literaria ramoniana, António Ferro fue siempre un enamorado de España

Juan Manuel de Prada
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Siendo este año Portugal el país invitado a la Feria del Libro de Madrid, no podíamos dejar de evocar la figura de António Ferro (1895-1956), hispanófilo contumaz, escritor agitado y precoz, liebre que brincaba todos los géneros y benjamín del grupo modernista, en cuyas filas militaron Almada Negreiros, Pessoa y Sá-Carneiro. Siendo todavía menor de edad, participa en 1915 en la fundación de la mítica revista «Orpheu», heraldo de la vanguardia lusa. Y en este mismo año sella su amistad con Ramón Gómez de la Serna, que acababa de llegar, acompañado de la matronal Colombine, a Lisboa, «una ciudad salida de un Pombo cordial, ubérrimo, sensato, incubado con proporción, bondad y cariño».

En «La sagrada cripta de Pombo» (1923) Ramón incluye un retrato de Ferro, que tal vez fue su amigo más devoto durante aquellos años en los que llegó a concebir un sueño de felicidad atlántica. También su discípulo más aplicado, como prueba en su libro de aforismos «Teoria da indiferença» (1920), espolvoreado de greguerías que no se atreven a decir su nombre.

Alegría de explorador

En 1923, Ferro prologará la traducción al portugués de una novela corta de Ramón, «La roja» («A ruiva»), con un encendido y atinado ditirambo: «Ramón Gómez de la Serna, acróbata de frases y de ideas, es el gran escritor de la España moderna. Su obra es fuerte, su obra es un circo de payasos y juglares, es el triunfo ruidoso y definitivo de la nueva literatura española. Ramón, artista niño que todavía no se cansó de poner juguetes en el árbol de navidad de su Arte, es uno de los escritores más originales del momento, de los más imprevistos y de los más raros». Y en 1929, cuando Ferro publique la edición de su «novela fragmentaria» «Leviana» (1923), Ramón le corresponderá con un prefacio fraterno: «Y, como dos protagonistas que asistieron con decisión a la nueva adolescencia del mundo cuando el arte nuevo se inició, brindaremos con alegría de exploradores que, al fin, arribaron».

Entretanto, Ferro se ha convertido en una de las figuras más sobresalientes y polémicas de la cultura portuguesa. Fascinado primero por la figura de Sidónio Pais, confiesa su admiración estética a Gabriele d’Annunzio y su devoción política a Benito Mussolini, a quien llegaría a entrevistar en hasta tras ocasiones. Son los años en que se convierte en el periodista literario más ajetreado de Portugal. En su «Viagem à volta das ditaduras» (1927) recogerá algunas de sus entrevistas más resonantes a grandes personalidades europeas: Clemenceau, Pétain, Maurras, Miguel Primo de Rivera, Alfonso XIII, Mussolini y hasta Pío XI desfilan por estas páginas, que incluyen etopeyas de fulgurantes vivacidad.

Siendo todavía menor de edad, Ferro participó en la fundación de la mítica revista «Orpheu»

Su simpatía indisimulada hacia los regímenes autoritarios hallará finalmente su mesías en António de Oliveira Salazar, convirtiéndose enseguida en su panegirista más acérrimo. Nombrado Secretario Nacional de Información del Estado Novo, Ferro publica en 1933 «Oliveira Salazar. O Homem e a sua obra» (1933), una autorizada semblanza con la que se erige en el intérprete por excelencia del pensamiento del dictador. A partir de entonces, la figura literaria de Ferro –como la de tantos escritores atrapados en las arenas movedizas de la política– se difumina y desvanece, devorada por el promotor cultural incansable, empeñado por igual en la exaltación del arte nuevo y el salazarismo.

Nunca, sin embargo, perdería su interés por España. En 1933 publica también su «Prefácio à República Espanhola», una nueva colectánea de semblanzas y entrevistas con testimonios curiosísimos de Indalecio Prieto, Ortega y Unamuno, entre otros.

En la Feria

Muchos años más tarde, embebido en su empresa de promoción de la cultura lusa, Ferro organizará el primer desembarco de la literatura portuguesa en la Feria del Libro madrileña, que entonces tenía su sede en el paseo de Recoletos. En un banquete que se organiza en su honor, presidido por Eugenio d’Ors, Ferro evocará sus excursiones por España, hasta culminar con una alabanza de Madrid de inequívoco sabor ramoniano: «Este Madrid, donde la Cibeles y esa vendedora de flores me sonríen; este Madrid, donde da gusto vivir; este Madrid que sabe a carrusel y feria permanente; este Madrid donde la calle es siempre una rosaleda humana; este Madrid que tiene un sonido de cristal y castañuela; este Madrid sin formalidad y sin puntualidad, donde la vida se despeña como una catarata, ciudad llena de pregones y de canciones, gran zarzuela que se representará hasta el fin de los siglos, eterna verbena de España».

Ferro acabó aquel hermoso discurso entonando una loa de España, «que sabe hacer su propio mundo cuando el mundo le parece pequeño o mezquino, que en todos los tiempos ha preferido morir de hambre a morir de vergüenza, que entre el alimento del cuerpo y el alimento del espíritu prefiere siempre el último, metrópoli de la fe cristiana, Don Quijote de Europa».

António Ferro moriría en 1956, siendo embajador ante el Quirinal. Cuando llegasen los claveles, su figura sería execrada por los rasputines izquierdistas; y la derechona, que siempre había contemplado con recelo y cierto escándalo sus osadías estéticas, lo distinguiría enseguida con su cetrina y bestial indiferencia. Ya nos enseñaba el Evangelio que no hay que echar perlas a los cerdos.

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