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Sharon Olds, la religión de un solo miembro

Este poemario de Sharon Olds está fechado en 1987, pero ha tardado treinta años en ser editado en España

Sharon Olds, autora de «La célula de oro»
Sharon Olds, autora de «La célula de oro»

Según el poeta José Luis Rey, «Escribir poesía es fundar una religión de un solo miembro: el que la escribe». Comparto esta opinión, aunque no a todos los poetas puede aplicárseles por igual. Sharon Olds (San Francisco, 1942) es una clara prueba de ello: su poesía tiene como destinatario primero a ella misma, pero como destinatarios últimos a todos los demás. Su libro «The Gold Cell» (1987) nos llega con casi treinta años de retraso, sin por ello dejar de ser una -y muy interesante- novedad. Articulado, más que dividido, en cuatro partes, la primera contiene un muestrario temático de distintas obsesiones de la autora, con poemas en los que se objetiva su siempre singular modulación. En toda esta serie domina el sistema de símiles propio de la autora y los rasgos distintivos del universo con el que se la suele identificar: «los policías llegaron con trajes azul grisáceo como el cielo de una tarde nublada».

El traductor admira a Olds y ha sabido penetrar en las galerías de su nada fácil universo

La segunda parte, como la anterior, sin título, recoge fragmentos temporales de la difícil relación con sus progenitores: se trata, por lo general, de poemas duros y hasta atroces, escritos sin concesión alguna a la piedad. Pero -hay que reconocerlo- muy bien planteados y resueltos, de entre los que destacan : «Vuelvo a mayo de 1937», «Saturno», «La comida», «Alcatraz», «San Francisco», «Al mirar a mi padre» y «El vestido azul», en los que el confesionalismo -que es su tono- sirve de cauce a una escritura sin contemplaciones, que se enfrenta a la realidad sin embellecerla y con el decidido ánimo de describirla y analizarla tal cual fue o es. La tercera parte es más suave tanto por el tratamiento como por los motivos, que corresponden a la iniciación amorosa y sexual de la autora. El encabalgamiento es una constante, y el titulado «Naturaleza muerta», una excepción. Este poema se aparta de la imagen más tópica de la poesía de Olds y por ello nos deja ver otra de las posibilidades poéticas de su mundo y de las percepciones de un yo para el que la identidad consiste sólo en su cuerpo. De ahí ese sesgo de naturaleza hormonal y húmeda que ella ha explotado tanto como exhibido y que para muchos lectores constituyen sus señas de identidad.

Pequeñas cosas

La cuarta parte -tal vez la mejor de todas- tiene como eje lo que ella llama «pequeñas cosas», que son las que nos atan a la vida , como sabía muy bien Vicente Gaos, que lo tematizó en un excelente poema. Olds, que es más física que metafísica, descubre en ello una especie de ceremonial que corresponde a «un orden profundo, como si se tratara de un orden natural» y, como muchas madres, afirma que cuando su hijo está enfermo se sienta «en el borde la nada». La relación con los hijos monopoliza ahora su dicción, como testimonian «Las señales», «La camisa verde» y «La plegaria», poesía esta última que recuerda la de Panero, L. F. Vivanco y Luis Rosales -lo que Dámaso Alonso definió como «poesía arraigada»- y por eso mismo llama más la atención porque -como sabemos- Olds no es una persona ni una autora convencional sino más bien todo lo contrario. Y eso es algo que conviene subrayar: su capacidad para tratar temas convencionales desde la más fiera y asumida inconvencionalidad. Ella misma lo ha expuesto en un poema titulado «Ese momento». El poeta Óscar Curieses admira a Sharon Olds y se le nota: ha sabido penetrar en las galerías de su nada fácil universo y ha encontrado el modo en que esta escritura de apariencia simple, pero muy compleja, mejor se puede verter.

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