LIBROS

Rulfo, o el purgatorio entre vida y muerte

El 16 de mayo de 1917 nacía en Jaluya (Jalisco, México) el escritor Juan Rulfo. Autor de apenas un puñado de obras que se consideran fundamentales y fundacionales. Celebramos su centenario

Autorretrato de Rulfo en el Nevado de Toluca
Autorretrato de Rulfo en el Nevado de Toluca

La novela «Pedro Páramo» de Juan Rulfo, que cuenta el viaje del protagonista Juan Preciado a la región de Comala en busca de su padre, tiene la extraña capacidad de inquietar el alma del lector a través de un mundo que en principio está apartado de él. Es raro cómo a través de lo más lejano este libro llega a trastocar la propia intimidad. El lugar es remoto y la atmósfera de ensoñación -apenas con un punto de anclaje en nuestra racionalidad-, pero de pronto se nos vuelve familiar. Un coro de voces de vivos o de muertos que conviven, y que quién sabe de dónde vendrán -de un mundo un poco raro y circular, fragmentario, como de leve locura- inquietan el alma del lector porque parecen finalmente salir de dentro de uno, a través de las palabras de un escritor que ha observado la vida con más precisión que el lector, que pareciera que le ha conocido antes y mejor, también en lo insondable, en lo que él no es capaz de ver de sí mismo. Esta precisión psicológica (y filosófica) que sintetiza el sentir humano en una novela de pocas páginas hace de Juan Rulfo un escritor clásico de las letras hispanoamericanas del siglo XX.

Realismo mágico

Como muchos admiraron, la novela «Pedro Páramo» (1955) se distinguió de todo lo que hasta entonces se escribía en México, se alejó de la narrativa de la revolución, abrió la puerta a la vanguardia y marcó el desarrollo del realismo mágico. Le dio al autor lectores, fama y premios como el Príncipe de Asturias. A veces se olvida -según Fabio Jurado, experto en «Pedro Páramo»- que Rulfo, además de «El llano en llamas» (1953) y «Pedro Páramo» escribió otros libros que se nombran menos como el argumento para cine «El gallo de oro» (1980), «Los cuadernos de Juan Rulfo» (1994) y las cartas de amor a su mujer Clara, reunidas en «Aires de las colinas» (2000).

Fabio Jurado cuenta en ese libro cómo a Rulfo le costaba dar por terminada una obra y corregía siempre, se resistía a entregar «Pedro Páramo» a la editorial del Fondo de Cultura Económica: «Yo estaba confuso e indeciso...», escribe en sus cuadernos. Su paisano Juan José Arreola le anima y le asegura que la historia, así en fragmentos, es buena, que no necesita más orden. Según Jurado, el escritor duda porque por un lado quiere que su libro sea novedoso y por otro tiene miedo al fracaso, dado que en el Centro Mexicano de Escritores unos admiraron esa obra hecha de fragmentos y otros la rechazaron: «Rulfo recuerda que Ricardo Garibay “siempre vehemente”, golpeaba la mesa para insistir en que mi libro era una porquería… el poeta guatemalteco Otto Raúl González me aconsejó leer novelas antes de sentarme a escribir una».

Dialogar consigo mismo

Juan Rulfo nació en 1917 en el pueblo de Sayula, en el estado de Jalisco, en una zona violenta del noroeste de México, y murió en Ciudad de México en 1982. Cuando era niño se quedó huérfano y se mudó a San Gabriel a vivir con su abuela, después al orfanato Luis Silva en Guadalajara y en 1933 se trasladó a la capital y empezó a escribir y colaborar con revistas. En un artículo interesante, de hace unos años, sobre los lugares del escritor en la Ciudad de México, publicado en el diario «La Jornada», vemos a Rulfo como un paseante de la colonia Cuauhtémoc, donde las calles tienen nombre de río, y como un hombre que se enfrenta a la soledad de la ciudad tan poblada: «mientras cruzo las calles (…) voy dialogando conmigo mismo para desahogarme, hablo solo. No me gusta hablar con nadie (...) así es el sentimiento que yo tengo, soy todo deprimido y marginado».

La Fundación Juan Rulfo ha pedido al gobierno que no hagan homenajes «efímeros»

El tono de su «Pedro Páramo», que también habla de soledad, lo encontró Rulfo al escribir un cuento de «El llano en llamas» que se titula «Luvina». En este relato un viajero que va de camino hacia el pueblo San Juan Luvina hace un alto en el camino y, en el interior de una tienda, mientras sopla el viento y los niños juegan, otro hombre se sienta con él a tomar cerveza y comienza a hablar recordándole su propio pasado en Luvina y advirtiéndole que ese lugar donde «no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades» acabó con él.

Terreno de duda

Aquello era «un purgatorio». Igual que sucede en «Pedro Páramo», no se narra un infierno, lo que tal vez hubiera sido menos sutil, sino ese purgatorio en tensión entre la vida y la muerte, un terreno de duda y de sufrimiento, pero en el que queda un leve consuelo. Lo único que pueden hacer los personajes de Rulfo en ese purgatorio es hablar, recordar. La conversación en este cuento por un lado es angustiosa, porque es un monólogo que muestra desconsuelo y una desconexión con el interlocutor viajero, no parecen comunicarse demasiado. Pero la narración del pasado contada oralmente también salva, porque aún la palabra tiene significado, y eso de algún modo confiere sentido a lo vivido, aunque este sentido ya sea leve. Las palabras significan y son un torrente consolador, filosófico pero también cotidiano: en este purgatorio aún se pueden compartir las penas, ¡y es algo tan humano!

En Luvina las plantitas viven «agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes», y la tristeza «está allí como si allí hubiera nacido». Los viejos se sientan «en el umbral de la puerta, mirando la salida y la puesta del sol, subiendo y bajando la cabeza, hasta que acaban aflojándose los resortes y entonces todo se queda quieto, sin tiempo». Todo se escucha, igual que en «Pedro Páramo», rodeando al lector, que «oye cómo avanza la noche» y escucha soplar al viento.

Se cumplen cien años del nacimiento de Rulfo y se celebra en México. Se publican artículos, la editorial RM vuelve a imprimir sus libros, en Sayula se leen los cuentos en voz alta y se ha desatado una polémica porque la Fundación Juan Rulfo ha pedido al gobierno que se abstenga de realizar homenajes «efímeros» y que el dinero se destine a los estudiantes. A pesar de ello, siguen los planes para construir una ruta turística y un centro cultural.

«Apropiarse» de Rulfo

Varios artículos en los diarios mexicanos dan noticia de un libro reciente que también ha tenido acogida en España, escrito por la mexicana Cristina Rivera Garza, catedrática en Houston e influyente con sus opiniones en la red. Se le conoce por su libertad para aunar géneros distintos. Por ejemplo, el origen de su novela «Nadie me verá llorar» fue un estudio académico. En «Había mucha neblina o humo o no sé qué» (Literatura Random House, 2017) se «apropia» de Rulfo y plantea a un «Rulfo privado. El mío, mi Rulfo mío de mí».

Sigue los caminos que él anduvo e intercala poesía, ficción y análisis de su obra. En el proceso de mirarse hacia dentro para encontrar a «su Rulfo», nos adentramos en la subjetividad de Rivera Garza y nos alejamos a veces del escritor; sustituimos su atmósfera por la de ella. Ella muestra cómo él vive dentro de ella y hace una lectura desde criterios contemporáneos. Este libro suscita una idea central interesante: la imagen del Rulfo trabajador. Hombre casado y padre de cuatro hijos, respondió a un periodista que le preguntaba por qué no publicaba más: «Lo que pasa es que yo trabajo».

Trabajó en la compañía de llantas Goodrich-Euzkadi, lo que le produjo cansancio al pasar de los años, y como asesor de la Comisión del Papaloapan, un organismo del gobierno que pretendía sanear la Cuenca del sur. La autora se pregunta cuán cerca están la vida de la obra de un autor y cómo se influyen. Ante este dilema nos queda la imagen de un escritor que se ganaba la vida para poder escribir, y cuya intimidad, esa universal que se expresa en sus libros, fue posiblemente pulida fuera de ellos, en los días que pasó trabajando, en los entresijos de su vida cotidiana.

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