¿Serán los robots los herederos de la Tierra?
¿Serán los robots los herederos de la Tierra?
REPORTAJE

Los robots se fugan de la ciencia ficción

La fascinación del ser humano por crear criaturas a su imagen y semejanza ha inspirado a la literatura y el cine, pero ha llegado el tiempo en que, como dijo Arthur C. Clarke, lo que se escribió como una novela termine como un reportaje

MADRIDActualizado:

En un cuento corto llamado «La respuesta», el escritor norteamericano Fredric Brown, célebre por sus relatos de ciencia ficción y misterio, describe cómo los humanos dan los últimos retoques a una supercomputadora capaz de combinar los conocimientos de todas las galaxias. Después de accionar el interruptor para ponerla en funcionamiento, un personaje le hace una pregunta nunca contestada por una máquina.

-¿Existe Dios?

La impresionante voz contesta sin vacilar, sin el chasquido de un solo relé.

-Sí, ahora existe un Dios.

Arthur C. Clarke, otro clásico del género, escribió que «lo que hoy ha empezado como una novela de ciencia ficción mañana terminará como reportaje». La cuestión es quién escribirá ese reportaje.

Los humanos sueñan con humanoides y asimilados desde hace mucho tiempo. Esa pasión por las máquinas nos ha llevado desde los autómatas, figuras con pequeños mecanismos de relojería creadas en el siglo XVI, hasta «Aibo», el perrito que Sony empezó a comercializar en 1999 y que, diez años después de ser retirado del mercado, ha resucitado con ingeniería mecatrónica avanzada e inteligencia artificial para dotarle de más «entendimiento» y ternura.

«Aibo» es solo una mascota doméstica e icono futurista utilizado en películas, vídeos musicales y campañas publicitarias. Un juguete caro, como el famoso «Asimo» de Honda, un robotito cuyo desarrollo empezó hace veinte años con la idea de convertirse en asistente para ancianos y que es la estrella de recepciones o fiestas. La primavera pasada dio la bienvenida a los Reyes de España con un apretón de manos cuando visitaron el Museo de la Ciencia Emergente y la Innovación de Japón («Vamos a hacernos una foto juntos», sugirió en inglés el pequeño humanoide después de mostrar algunas de sus habilidades, como chutar un balón o saltar a la pata coja). El hecho es que la inteligencia artificial -que no tiene por qué estar vinculada a un objeto físico- está trascendiendo los ámbitos del ocio y el protocolo, superando a los desfasados «Aibo» y «Asimo», sustituyendo a los humanos en tareas no sólo mecánicas, sino «intelectuales» (algún día habrá que quitar las comillas a estas palabras). Los robots se escapan de las páginas de los libros y de los fotogramas de las películas y ya están aquí como nuestro complemento, como nuestra competencia... Y quién sabe si algo más.

¿Somos máquinas?

Pero, ¿de dónde viene la fascinación del ser humano por los robots? «Posiblemente sea la misma que han provocado historias como El Golem o Frankenstein: la de crear criaturas a nuestra imagen y semejanza», comenta Rodolfo Martínez, escritor español de ciencia ficción que ha tratado el asunto en sus cuentos y novelas. «Algunas religiones tienen como precepto no emular a tu creador, y es muy tentador pecar contra eso, jugar a ser Dios. En mi caso, que no soy creyente, ese acto nos pone frente al espejo de nuestras propias contradicciones. Es habitual que el humano trate al robot con desprecio, usando la típica frase ‘‘no eres más que una máquina’’. ¿Y qué somos nosotros sino máquinas biológicas?». Un hilo de estos relatos nos lleva a que el hombre pruebe su propia medicina: la criatura acaba rebelándose contra su creador y, en última instancia, destruyéndolo, como si fuera un castigo inevitable por atreverse a emular a Dios.

Homo Deus. Breve historia del mañana, de Yuval Noah Harari (Debate, 2016), plantea precisamente que la biología ha demostrado que los seres humanos somos algoritmos. «Conjuntos de operaciones matemáticas, sistemas de datos», señala el escritor y crítico literario Andrés Ibáñez, nada partidario de las tesis de este libro. «No tenemos yo, ni inteligencia, ni voluntad, ni libre albedrío. Los seres humanos son simples animales, dice Harari, igual de valiosos o de admirables que cualquier otro animal. Cuando las máquinas superinteligentes creadas por Google tomen el control del mundo, los humanos seremos esclavos, o bien nos extinguiremos».

«Eslóganes pegadizos», añade Ibáñez. Que se mezclan con noticias inquietantes, como esa inteligencia artificial creada por investigadores de la Universidad de Maryland capaz de engañar al Captcha de Google (test de Turing a la inversa, controlado por una máquina para determinar cuándo el usuario es o no humano; cualquier internauta ha tenido que pasar por ello). O que Facebook tuvo que desconectar a dos robots que habían creado un idioma propio e incomprensible para nosotros.

Avances reales

Para Carlos Balaguer, responsable del Laboratorio de Robótica de la Universidad Carlos III de Madrid, hay que tomar esas informaciones con cautela. «Falta mucho para que los robots sean entes autónomos. Un programa de inteligencia artificial como Watson, desarrollado por IBM, deduce por aprendizaje, porque es un gigantesco contenedor de big data y posee una inmensa información previa. El nivel de computación es tan brutal que un algoritmo es capaz de ganar al campeón del mundo de ajedrez, pero el ser humano puede improvisar, hacer algo fuera de la lógica y despistar a su oponente. Hay grandes avances (robots de compañía, de asistencia personal y médica, de mantenimiento e inspección de infraestructuras...) y la interacción ha mejorado mucho, incluso es posible mantener conversaciones complejas. Pero las emociones y otros atributos humanos de los replicantes de Blade Runner todavía forman parte de la imaginación».

Lejos aún de la pesadilla.

Cuando el personaje del cuento de Fredric Brown se da cuenta del marrón, intenta desconectar el monstruo cibernético. Entonces, un rayo procedente del cielo le abate y produce un cortocircuito que inutiliza el interruptor.