Robert Seethaler, fotografiado en la sede de su editorial en Berlín
Robert Seethaler, fotografiado en la sede de su editorial en Berlín - Corina Arranz
LIBROS

Robert Seethaler: «No hay ninguna verdad universal. Yo busco la mía en el cine y en la escritura»

El novelista austriaco publica «Toda una vida» (Salamandra), la epopeya de Andreas Egger, un hombre corriente, constructor de teleféricos, que sabía que «las montañas respiraban»

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Antes de saber que Robert Seethaler (Viena, 1966) tiene los ojos frágiles su mirada cautiva como un raro imán de agua. Azul de alta montaña, el de su fascinación infantil por la nieve y el silencio, que comparte con Andreas Egger, el protagonista de su novela «Toda una vida», su quinta novela, que ha vendido más de un millón de ejemplares en Alemania. Novelista que tiene fibra y conciencia de actor (sabe seducir a la cámara. Ha trabajado en «La juventud», la última película de Paolo Sorrentino). Hablamos en la sede berlinesa de su editorial, literalmente a un tiro de piedra de Checkpoint Charlie, en la Friedrichstrasse, emblema de la guerra fría, convertido en atracción turística.

¿Cuándo empezó a leer?

(Se lo piensa) Empecé a leer como todos los niños, aunque desde muy pronto tuve problemas con los ojos y por eso no recuerdo bien.

¿Qué clase de problema con los ojos?

He nacido con un problema en los ojos. Llegué a tener 18 o 19 dioptrías. Antes era peor. De niño tenía que llevar unas gafas de culo de vaso. La mancha que tengo en la pupila es una huella de las operaciones que sufrí.

¿Qué representan los Alpes para usted?

«En la montaña solo estaba el color blanco y el silencio. La montaña es el mejor lugar del mundo para pensar»

Yo nací en Austria, soy austriaco de corazón, aunque viva en Berlín. Desde los cuatro años me llevaban a la montaña para esquiar y siempre he tenido mucha relación con los teleféricos [Egger se desloma montando teleféricos en las cimas austriacas], que me llevaban montaña arriba. Para mí el silencio de la montaña y de lo blanco se han quedado profundamente grabados en la memoria. En la montaña solo estaba el color blanco y el silencio, y por eso me quedaba conmigo mismo. La montaña es el mejor lugar del mundo para pensar.

En el nombre del Padre, del Señor, se han cometido y se cometen todo tipo de atrocidades. ¿Cuándo empezó a cambiar el papel tan riguroso de la religión en Centroeuropa, o quedan en lugares remotos figuras tan despiadadas como Kranzstocker?

(Se queda pensando) No hay un cambio concreto, es un proceso. El padre bueno no ha sido solo bueno sino también brutal. Por eso siempre en la figura de Dios conviven los dos aspectos, la bondad y la crueldad. La gente justifica sus atrocidades no solo en nombre de la religión, sino también de la política, de la autoridad de los padres, y de muchas otras cosas.

Pero esta figura del campesino aislado con una visión feroz de la religión y una actitud muy dura me recuerda a algunas figuras de las películas de Bergman, de padres con una visión muy estricta, en su caso dentro del calvinismo y del protestantismo. ¿Está muy presente en algunos pueblos de Austria?

Austria es católica, y la religión no solo produce amor sino también violencia. Siendo un país demasiado católico, Austria ha vivido mucho este tipo de religión que no es solo amable, sino también despiadada. La figura de Kranzstocker es una figura patriarcal, implacable. Para mí el tema básico del catolicismo no es el consuelo sino la culpa.

¿En su caso la educación católica ha sido muy importante, le ha dejado una huella profunda?

En mi familia no, porque mis padres no eran católicos. Algo raro en Austria, pero todo mi entorno sí que era católico.

¿No tiene una relación conflictiva con la culpa?

No, muy poco, y no en el sentido católico. Pero todo el mundo tiene problemas con la culpa. En mi caso hay cosas más importantes que la culpa. (Lo dice riendo a carcajadas).

Andreas Egger sabía hacer muchas cosas con las manos, podía valerse por sí mismo en un territorio hostil. Su vida fue muy dura, pero se percibe la admiración por su figura, por esos hombres que sabían hacer cosas con las manos. ¿Es así?

Sí. Toda mi familia es de obreros. Mi abuela era friegaplatos en una cocina y mi abuelo trabajaba en la calle, y mi padre era fontanero.

No sé si conoce a un escritor británico llamado John Berger, que hablaba mucho de las herramientas, de cómo la memoria de los trabajadoes se quedaba, permanecía, en sus herramientas.

Sí, lo puedo confirmar. Por una parte no tiene sentido, pero es así. En el sótano de mi familia en Viena hay muchas herramientas y esas herramientas están vivas. En el libro también se dice que las montañas tienen memoria.

Sí, tengo alguna pregunta al respecto. ¿Hay nostalgia en usted de un tiempo anterior a la división entre las actividades manuales e intelectuales?

Esta división existe porque las actividades manuales son cada vez menos, más raras, y el libro no lo propone sino que lo constata, es un hecho real.

¿Qué sabe hacer Robert Seethaler con las manos, además de escribir y actuar?

Levantar a mi hijo. Y por mis problemas con la vista a veces intento esbozar algo con las manos en el aire para tener una mejor idea de lo que estoy viendo.

¿Es la misma persona la que escribe novelas que la que escribe guiones u obras de teatro? ¿Y la misma que intepreta?

Es fácil responder a eso. No hay grandes diferencias. Es la misma persona. Decir lo contrario no es más que una pose, pura coquetería.

¿Qué busca cuando escribe? ¿Qué busca cuando actúa?

He dejado de actuar en teatro, solo hago cine.

¿Por qué dejó el teatro?

Porque me sentía avergonzado de lo que hacía. Me daba vergüenza. La vergüenza es un tema central en mi vida.

¿Pero parece un sentimiento extraño para un actor, a los que suele gustarles exhibirse?

En mi caso tenía que ver con mis dificultades con la vista. No podía ver al público. Intentaba esconderme detrás de la luz. Me sentía abierto en canal. Como una herida. El deseo y la vergüenza son como animales que están siempre juntos, como siameses. Pero si en el actor la vergüenza es tan poderosa es sin duda un error hacerse actor de teatro.

Volvamos entonces a la pregunta. ¿Qué busca cuando escribe? ¿Qué busca cuando hace cine?

Estoy buscando la verdad. No es fácil. Pero es lo que estoy buscando, aunque no hay ninguna verdad. Pero es lo que busco sin cesar. No hay una verdad universal. Cada uno tiene su verdad. Y yo estoy buscando la mía en el cine y en la escritura.

Pero cuando escribe es dueño de su reino, de su papel, y cuando actúa lo hace en papeles, en guiones de otros. Imagino que entonces son búsquedas muy distintas.

Lo que busco cuando escribo está dentro de mí y lo que busco cuando actúo está fuera de mí, pero los movimientos son complementarios.

Andreas Egger «sabía que las montañas respiraban». ¿Y usted? ¿Cómo respiran las montañas?

Sí. Ellas pueden respirar.

¿Pero cómo?

Toda la tierra es un organismo que se mueve continuamente y tiene un corazón que siempre está latiendo, por eso no hay separación entre la tierra y las montañas. Es todo uno, un organismo vivo.

¿Es esa sensación una suerte de panteísmo, o una admiración en la estela de Cézanne?

(Se ríe) Ni una cosa ni la otra. Soy como un niño que está en la tierra, muy ingenuo, y que piensa que observa que todo lo que existe está vivo.

¿Es una sensación que conserva desde niño cuando subía a la montaña en el teleférico?

Sí, pero no provocada solo por el teleférico. Es una sensación que siempre he tenido, y que es común a todo ser humano. El ser humano siempre lo es y tiene la misma sensación de las cosas al margen de donde esté.

¿Y no añora la montaña aquí en Berlín?

De vez en cuando, pero no mucho, porque no soy un fanático de la naturaleza. He crecido en Viena. Soy también un animal de ciudad.

Es como el deseo y la vergüenza. Somos nuestras contradicciones.

Austria es un país pequeño. Y Viena está cerca de las montañas, en menos de una hora estás en la montaña.

Escribe que para su personaje «las cicatrices eran como los años». ¿Las cicatrices son arrugas con doble carga de memoria? ¿Dicen con más verdad lo que somos?

No escribo con la intención de hacer una doble carga de sentido, y la interpretación la dejo en manos del lector. La cicatriz es una cicatriz, nada más.

¿Dicen con más verdad lo que somos?

(Agita las manos con perplejidad). No tengo explicación para todo lo que escribo. No sé nada. Esa es la verdad. Lo intento. Usted me hace preguntas para las que no tengo respuesta.

Quien le contrató en Bittermann e Hijos para levantar teleféricos le dice a Egger que siente la muerte de su esposa, y añade: «pero no me vengas con que tuvo algo que ver con las detonaciones», y unas líneas más abajo añade: «¿O caso crees que la montaña tiene memoria?». ¿La tiene? Algunos geólogos encuentran vínculos entre las presas y los terremotos. Su personaje no se pronuncia abiertamente, pero la pregunta queda en el aire.

La idea de la memoria que tienen las montañas y que propone el libro no es nada esotérico, sino que tiene un punto de verdad, porque lo que hacían Bittermann e Hijos y empresas semejantes era echar a perder una parte real de la montaña y causaban avalanchas y desprendimientos que arruinaban el paisaje.

¿Y los terremotos asociados a las presas?

Por supuesto, está demostrado que es así.

Thomas Mattl, el amigo de Andreas Egger, decía que «quien abre la boca cierra las orejas». ¿Comparte esa opinión?

«Se habla demasiado en este mundo»

(Se ríe) Sí, es mi propia opinión. Se habla demasiado en este mundo.

¿Le gusta caminar en silencio por las montañas?

Por supuesto.

Esta es una pregunta también intelectual, pero ya me he dado cuenta de que no es un filósofo. ¿Qué le dice Heidegger y su cabaña para pensar en la Selva Negra?

Todo el mundo necesita un refugio para pensar, y para mí ese refugio es muy fácil de encontrar, porque consiste en meterse debajo de una manta en una habitación. En mi caso basta con quitarme las gafas o cerrar los ojos. Gustav Mahler también tenía una habitación para encerrarse a componer. La cabaña de Heidegger era un anhelo del útero de su madre.

La novela da un giro sorprendente en su última parte, cuando llegan los turistas para servirse de los teleféricos y las torres levantados con tanto esfuerzo por Egger y sus compañeros. Algo ganamos y algo perdemos, pero ese es nuestro mundo. ¿Cómo lo vive usted?

Estoy de acuerdo en que hay pérdidas y ganancias, pero así es nuestra vida y el progreso ha sido algo muy importante, y no quiero denostar porque sin progreso no hay vida.

En algunas regiones de España hay ahora un incipiente debate sobre los excesos del turismo que degrada las ciudades y la naturaleza. Todos somos turistas, con nuestros móviles convertidos en cámaras siempre encendidas. ¿Qué clase de turista es usted y qué sensaciones e ideas le despierta el fenómeno?

«Es terrible. Odio ser turista, aunque a veces lo soy. Ser turista es la forma más baja de vivir»

Es terrible, es horrible. Odio ser un turista, aunque a veces lo soy. Ser turista es la forma más baja de vivir. (Y se ríe a carcajadas después de decirlo). No me gustan los turistas, son como rebaños que estropean las ciudades como Berlín o Barcelona. Están por todas partes. ¿Qué podemos hacer?

Antes decía que con meterse debajo de una manta en una habitación no necesitaba nada más, y Pascal decía que uno de los males del hombre es su incapacidad para estar sentado en silencio solo en una habitación.

Para mí el silencio en una habitación siempre ha sido importante para poder ver claramente, y para poder ver a lo lejos.

Escribe que «en el fondo los turistas no caminaban tras él, sino en pos de un anhelo desconocido e insaciable», hablando de Egger. ¿Que buscamos incesantemente? ¿El sentido de la vida?

«La vida no tiene sentido, el sentido se lo damos nosotros»

(Musita la respuesta en alemán para sí mismo, luego habla más alto para que la traductora, Elisabeth Rudolph, lo capte). La vida no tiene sentido, el sentido se lo damos nosotros a la vida, y por eso no hay una búsqueda sino una creación de sentido. La vida no tiene sentido, es cada uno el que debe dárselo. Y cada uno tiene su propio anhelo.

¿Le gustaba o le gusta Albert Camus?

Sí.

¿Piensa en la muerte?

Estoy escribiendo un libro sobre la muerte, pero no es posible pensar en la muerte, sino solo pensar en el progreso de la vida, en la vida.

La de Egger parece una vida cumplida. Cuando le llega la hora, escribe: «se dejó ir y murió». ¿Es su libro, también, un elogio de la aceptación de la muerte como algo connatural a la vida, un elegante desdén frente a todos esos sueños contemporáneos de inmortalidad?

«Mi libro es un libro de esperanza porque me lo ha dicho la mayor parte de los lectores. Pero no era mi intención»

Mi libro es un libro de esperanza porque lo que me ha dicho la mayor parte de los lectores es que es un libro que consuela, y lo que escribo es lo natural, que la vida termina con la muerte. No era mi intención era hacer un libro cargado de esperanza o de consuelo. Mi intención era solo contar la vida de Egger.

¿Espera algo después?

Me gustaría creer. Es bonito creer.

Su novela traza un arco a lo largo del siglo XX, con las guerras y el progreso material, ¿en qué medida le ha influido Thoreau en su lectura del mundo?

No soy muy consciente. Leí «Walden» cuando era muy joven, cuando tenía 17 años, y es posible que sí, que me haya influido, pero no de manera consciente.

¿Cuáles son sus maestros de escritura?

No tengo maestros, solo libros, y a veces solo fragmentos, frases, cuadros, fotos...

Su célebre compatriota Thomas Bernhard hizo de la crítica a Viena y a los austriacos una forma de estar en el mundo. Usted vive entre Viena y Berlín. ¿Cuál es la relación con su propio país?

Antes rechazaba Viena, no quería vivir allí, no me gustaba nada, pero ahora, gracias a mi hijo, estoy reinventando el país para mí mismo y para él, y empiezo a reconciliarme. Ya no es tan horrible como era mi relación con Viena y con Austria.

¿Quién es Robert Seethaler?

(Se queda pensando, en silencio, durante 15 segundos antes de hablar). Es imposible responder a esa pregunta. ¿Podría responder usted a esa pregunta?