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Robert Frost, el poeta que se inspiró en Kennedy

Admirado por Nabokov y Saul Below, fue invitado por Kennedy a su toma de posesión y le escribió un poema

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Traducir una obra completa -sobre todo, si de poesía se trata- es un esfuerzo duro que pocas veces tiene justa compensación. Lo que Andrés Catalán ha hecho con Robert Frost puede ser revisado en algunos detalles, pero digno de elogio mayor y, en ningún caso, puede hacérsele a él responsable ni de las ideas ni de los defectos de un autor que mereció el reconocimiento de casi todas las instituciones de su lengua y su tiempo, y acaparó más premios que cualquier otro de sus contemporáneos, convirtiéndose así en un poeta popular -como él mismo reconoce al enterarse de que su poesía es comprendida (y no es por completo rechazada) ni por parte de su país ni por su vecindario- pero en cuya escritura -y, más aún que en ésta, en su concepción y realización poéticas- hay algo que es más de ayer que de hoy y que ya era de ayer cuando fue escrito. Él lo explica del siguiente modo: «Dos caminos se abrían en un bosque, elegí…/ elegí el menos transitado de ambos,/ y eso supuso toda la diferencia».

Autor demasiado prolífico, hay en su extensa obra también un poco de hojarasca

Pero su diferencia no radica sólo en la tradición por la que opta sino en un rechazo del verso libre, que desprecia y critica tanto como el cosmopolitismo, el experimentalismo de casi todos los modernistas angloamericanos de su época, quienes, a su vez, vieron en él un reaccionario literario, que iba hacia atrás cuando ellos creían y querían ir hacia adelante. Dijo de Pound que era «un tremendo idiota», y Pound lo definió a él como «un poeta provinciano, casi de corral». Lo que no es inexacto, pero sí injusto. Admirado por Nabokov y por Saul Below, fue invitado por Kennedy a su toma de posesión, para la que compuso un conocido poema, de tono profético, que termina así: «Una edad de oro de la poesía y el poder/ de la que este mediodía es el comienzo». Frost -que era culto, pero no culturalista, que había estudiado en Harvard , donde, además de latín, griego y alemán, siguió las enseñanzas de Santayana Royce y William James- tuvo vocación de granjero, pero fue profesor de latín.

Precisión y lirismo

Lo que se nota mucho en sus referencias a Homero, Catulo, Tibulo, Horacio y la literatura latina medieval, que mezcla con las de la Biblia y Shakespeare en un discurso poético, que roza lo arcaico en su dicción, pero que incorpora a ella un coloquialismo bien llevado, una facilidad rítmico-musical, un magisterio en el uso de las rimas, un ágil uso de la frase gnómica y una riqueza textual muy amplia tanto por la polimetría como por su dominio de los poemas largos y los breves. Como ejemplo de los primeros citaré «Qué difícil se hace resistirse a ser rey cuando es propio de ti y de la situación» -que podría haber firmado Schiller- y, como ejemplo de los segundos, «Devoción». A todo lo anterior une una visión transcendental, capaz de elevar el vuelo bajo de la anécdota y un pensamiento que encuentra su desarrollo más singular en lo político.

Autor demasiado prolífico, hay en su extensa obra también no poca hojarasca, aunque también poemas memorables, lúcidas observaciones y descripciones de paisajes y relatos de vidas hechos con tanta precisión como lirismo. Seguidor de Whittier, de Wordsworth y de Emerson, dijo de sí mismo: «soy el único de todos los escritores en inglés que se ha propuesto conscientemente hacer música de lo que llamo el sonido del sentido», algo que sin duda tuvo en cuenta Jakobson para su título Six leçons sur le sens et le son.