Rainer Maria Rilke en una imagen de 1913
Rainer Maria Rilke en una imagen de 1913
MÚSICA

«Rilke y la música», la melodía del universo

Antonio Pau analiza la relación de Rilke con la música, y cómo ésta se convirtió, para el poeta, de disciplina aborrecida en punto de conjunción entre lo temporal y lo eterno

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Rainer Maria Rilke ha dedicado a la música algunas de sus más profundas reflexiones. Sin embargo, el canto de Orfeo alcanzó sus oídos y su corazón en época tardía. Sus primeros poemas retratan la música en clave altamente negativa. «La música es como una cárcel / en cuyo interior el alma se va volviendo lenta y acaba destruida», escribe en 1899 en el «Libro de las imágenes». Para el primer Rilke, la música se define en contraposición al silencio. Este último representa la condición esencial de la que surge la contemplación auténtica de las cosas y la inspiración creadora del poeta. ¿Y qué hace la música? Impide el silencio; distrae, paraliza y embauca al oyente como un canto de sirena. Ni más ni menos.

Tan sólo la audición de la «Missa solemnis» de Beethoven, en 1900, representa una experiencia musical placentera y enriquecedora en la vida del joven Rilke. El resto son incordios (incluida «La flauta mágica» de Mozart), sobre todo si la música irrumpe de manera invasiva en el ámbito doméstico del poeta: recurrentes son sus quejas cuando un vecino toca el piano o el violín. Las preferencias de Rilke se inclinan, no en vano, hacia la pintura. Los cuadros, que no hablan ni emiten sonidos, le acercan a la que él llama la «seda del silencio».

Polifonía de voces

Una nueva perspectiva del hecho sonoro aflora en el ciclo de prosas poéticas «Notas sobre la melodía de las cosas», donde el mundo es descrito como una polifonía en donde encuentra acomodo la canción de todos y cada uno de sus elementos, sean objetos o personas. La lectura, en 1912, de un tratado del ocultista Fabre d’Olivet supone otra vuelta de tuerca. La música es ahora «canción y universo». En ella cabe distinguir dos caras: una visible y humana, otra invisible y cósmica, conectada con el concepto de armonía de las esferas. Bajo esta nueva perspectiva, la música es capaz de reunir en una unidad sin fisuras lo humano y lo divino, lo terrestre y lo ultraterrenal.

Se trata, no obstante, de una visión de carácter más intelectual que concreto. La música aún no ha entrado a formar parte de la vida del poeta, pero lo hará al poco tiempo a través de la pianista Magda von Hattingberg. La relación con Magda estimula en Rilke un contacto más íntimo y directo con la música y le permite tomar contacto con el magisterio pianístico y estético de Ferruccio Busoni. El arte de la clavecinista Wanda Landowska también ejerce una poderosa fuerza sobre su sensibilidad. Entre 1910 y 1912, Rilke se hospeda en el castillo de Duino, invitado por los príncipes von Thurn und Taxis. Allí se organizan con frecuencia conciertos de música de cámara, sobre todo para cuarteto de cuerda.

Lo más íntimo nuestro

Un poema de 1918 refleja su radical cambio de actitud con respecto a la música, descrita ahora como «lo más íntimo nuestro, / lo que, sobrepasándonos, escapa». Las «Elegías de Duino» y sobre todo los «Sonetos a Orfeo» representan el punto álgido de una visión en donde la música se erige en punto de conjunción entre lo temporal y lo eterno, lo material y lo espiritual, lo individual y lo cósmico. Todo ello queda condensado en el admirable verso: «El canto es el ser». En 1923, la violinista Alma Moodie interpreta ante Rilke las sonatas para violín solo de Bach. El poeta ve en este concierto la culminación de su relación con la música, a la que dedicará un último poema poco antes de morir: «Música: eres más que nosotros… liberada estás / de buscar cualquier meta…».

Antonio Pau, uno de los máximos especialistas españoles en Rilke, dedicó hace unos años al poeta una excelente biografía («Vida de Rainer Maria Rilke. La belleza y el espanto»). Su «Rilke y la música» es un texto ejemplar por síntesis y claridad, capaz de aportar todas las claves para entender la compleja poética rilkiana e iluminar su cambiante relación con el universo de los sonidos.