Detalle del montaje de una de las piezas del colectivo en el Monasterio de La Cartuja
Detalle del montaje de una de las piezas del colectivo en el Monasterio de La Cartuja
ARTE

El «revival» ruso de Chto Delat

Repaso en el CAAC de Sevilla a las contradicciones del colectivo Chto Delat. Esas que les hacen tan adorables

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Yo creo que Chto Delat es una iniciativa artística refinadísima, tan ultrasofisticada que resultaría perversa si no fuese higiénica. El colectivo de artistas y pensadores rusos toma su nombre de la famosa pregunta que titulaba el panfleto de Lenin, ¿Qué hacer? Y a partir de ahí, su estética, su ideario y sus manifiestos/catálogos son un revival aparentemente candoroso y entusiasta del ideario comunista puesto al día. Digo aparentemente porque en su literalidad no perdona detalle ni intento de actualización, no deja de recordar a sus espectadores y lectores (y a sí mismo) que muchos postulados del comunismo original deben ser revisados; que la lucha de clases concebida como choque entre burguesía y proletariado debe modernizarse; que la obra de arte devenida mercancía es difícil de rescatar de las garras de un mercado omnipresente y voraz; que no es imposible el sueño de una sociedad regida por paradigmas que escapen a la órbita del capitalismo, que apela a la microhistoria y los sentimientos más personales y privados de los espectadores, esos que aún se supone que escapan a la dinámica de consumo tardocapitalista (la piedad filial, el amor de una vida, los amigos de infancia).

Inflaman así nuestros mejores instintos y sinceras ansias utópicas. Luego invocan a verdaderos grandes como Fassbinder, Pasolini y Godard, que siguen siendo absolutamente vigentes. Fundan una Escuela de Arte Comprometido que se propone continuadora y heredera de las enseñanzas de Santos Lugares de la modernidad como la Bauhaus y el Black Mountain College. Proponen, como en mayo del 68, una reconexión entre artistas, activistas, trabajadores y minorías. Y también una crítica severa a las instituciones públicas y privadas que sean instrumento del poder dominante y lo refuercen pretendiendo cuestionarlo. Acuñan frases rotundas que todas las personas de buena voluntad suscribimos.

Contra el divertimento

Reniegan, como queremos renegar todos, del arte entendido como «mero divertimento al servicio de una clase creativa fatigada de novedades». Proponen como guía alternativa un léxico de combate que recuerde el principio de alienación brechtiano, las experiencias de Tatlin y los sóviets artísticos de la primera época de la Revolución Rusa, cuando el comisariado político, ilustrado y vanguardista de Lunacharsky. Al tiempo, se reclaman hijos de una estética «punk barroca» que desarbole las expectativas del buen gusto y el academicismo biempensante del mundillo del arte contemporáneo global.

Y entonces viene lo bueno, el giro genial de su estrategia, su verdadera obra: cuando su público está (estamos) entregado e ilusionado, van colocando sus obras en las colecciones del MoMA, el Pompidou y la Tate y venden su refinadísima estética Russian Revival en la potente galería comercial KOW de Berlín (que también los lleva a buenas ferias) aprovechando el empujón institucional y publicitario de su retrospectiva en la Secession vienesa.

Lo que proponen es un verdadero tratamiento de choque para los conversos a los que parecen predicar: una invitación a reflexionar sobre cómo la jerga y el ropaje de la ortodoxia revolucionaria, hoy día, son pura picaresca de rutina y el mejor envoltorio para la mercancía artística globalizada.