Juan Manuel de Prada - Raros como yoSeguir

Repensar los lugares comunes Juan Manuel de Prada

Clasicista y elegante, el periodista Pedro Mourlane Michelena siempre fue un «gran caballero pobre»

Cena homenaje a Mourlane Michelena (en el centro) tras ganar el Premio Luca de Tena en 1935
Cena homenaje a Mourlane Michelena (en el centro) tras ganar el Premio Luca de Tena en 1935

«Del Pirineo vasco somos», confesaba el irunés Pedro Mourlane Michelena (1888-1955) cuando le inquirían por sus orígenes. Huérfano de padre desde muy niño, se crío en el Bearne con la madre de familia francesa, que le transmitió el amor por una monarquía de reyes que se ponen a jugar con los aldeanos a la pelota en la pared de las iglesias. Hacia 1915, ya le había dado tiempo de completar sus estudios en Medicina e Historia, escribir algunos poemas bisoños y pronunciar decenas de conferencias con su verbo ático y exacto. Y ese mismo año publica un libro de título cervantino y prosa con efluvios de mármol, «El discurso de las armas y de las letras». En él reúne un puñado de artículos de sintaxis esmeradísima, siempre con la Gran Guerra al fondo.

Hay en la prosa de Mourlane Michelena una esbeltez de columna dórica, y también una nostalgia de universos periclitados: defiende el heroísmo de la caballería, la dorada arquitectura de las catedrales que tiemblan bajo el acoso de la pólvora, la elegancia leída de los militares franceses. En todos sus artículos toma como excusa una anécdota bélica para desplegar una apabullante panoplia de erudiciones, engarzadas con una rara mezcla de solemnidad e ironía. No se recata de proclamar su apasionada francofilia ni de lanzar sarcasmos contra los teutones; aunque tampoco se priva de algunos exabruptos antisemitas. Y en todo el libro subyace, como una música en sordina, un cierto entendimiento de la guerra como «higiene necesaria» de la que surgirá un mundo más decoroso y estético.

Romanos en Bilbao

Corrían años de enriquecimiento rápido y ebullición cultural para Bilbao. Este clima jubiloso favorecería la aparición, en 1917, de la revista «Hermes», que a lo largo de ochenta y cinco números (hasta 1922) brindaría sus páginas a los autores más influyentes, desde Eugenio d’Ors a Juan Ramón Jiménez, pasando por Ortega y Gasset y hasta Ezra Pound.

Y, junto a ellos, una generación de escritores vascos congregados en torno a un nuevo clasicismo que se oponía por igual a la estética decadente «fin de siècle» y al fervor un poco tarambana de las vanguardias. Acogidos bajo el marbete de Escuela Romana del Pirineo, entre sus integrantes se contarían, además de Mourlane, Ramón de Basterra, Ramiro de Maeztu o Rafael Sánchez Mazas. Todos ellos respiraban todavía las últimas vaharadas del modernismo, mezcladas con ensoñaciones paleofascistas en las que Bilbao se erigía como una Arcadia que se mira en las brumas glaciales de los Pirineos.

Como Sócrates, Mourlane Michelena dejó sus mejores palabras temblando en la conversación
En 1924, Mourlane Michelena funda un diario vespertino de vida efímera, «La Noche», que según González-Ruano fracasó por estar demasiado bien escrito. Luego sostendría una sección diaria en «El Liberal» de Bilbao, que también llegaría a dirigir. Y, tras la caída de la monarquía, Mourlane empieza a colaborar en el orteguiano «El Sol»; con un artículo de tema heráldico publicado en este diario obtendrá en 1935 el Premio Luca de Tena.

Falangista de primera hornada, fue el único entre aquella cohorte de prosistas con nostalgia de imperio a quien sus camaradas no se atrevían a tutear. Mourlane Michelena siempre fue (también para el propio José Antonio) «don Pedro», y siempre desempeñó ante la camada de alevines falangistas el papel de «magister» o «primus inter pares».

Por supuesto, participó en aquella célebre velada, celebrada en el restorán Or-Kon-Pon, en la que se compuso el «Cara al sol», aunque todos los cronistas del suceso (de Foxá a Ridruejo, pasando por Miquelarena) coincidan en atribuirle un papel más bien ornamental. Suyo es, al parecer, el verso: «Que por cielo, tierra y mar se espera». Menos aún hizo Agustín Aznar, que sólo se encargaba de vigilar la puerta del restorán, por si había que disolver la reunión.

Un hombre humilde

A la conclusión de la Guerra Civil, «El Sol» sería reconvertido en el diario «Arriba», en el que Mourlane Michelena seguiría publicando sus finos artículos hasta la muerte. Hombre humilde hasta lo enfermizo, ascético y candoroso, tendía a embellecer todo aquello de lo que hablaba. Veía princesas donde sólo había maritornes; y caballeros donde sólo quedaban rufianes. Vivía en un sueño de impasible elegancia, en un esteticismo prerrafaelita habitado de sublimes arcanos. «Gran caballero pobre», como lo definió su amigo y discípulo Sánchez Mazas, dejó –como Sócrates– sus mejores palabras temblando en la conversación, para que sus discípulos las comulgaran con devoción eucarística, pero no tuvo un Platón que las inmortalizara. Hay en la corta obra de Mourlane una nostalgia de horizontes imperiales que no empece la nostalgia de esa tierra vasca «que nos llega del fondo de las edades y nos brizó la cuna». La tragedia de Mourlane Michelena, como la de tantos otros falangistas, es que nadie se encarga ahora de brizarles la sepultura.

Con carácter póstumo, se publicó su «Arte de repensar los lugares comunes» (1955), donde glosa con prosa de orfebre frases hechas que vuelve a pasear por la galería de espejos de su erudición inagotable. Y, al parecer, dejó a medio escribir una «Historia de los heterodoxos vascongados» con la que pretendía emular la obra de Menéndez Pelayo. Dada la magnitud megalómana de aquel empeño murió, inevitablemente, de hemorragia cerebral.

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