Rafael Sánchez fotografiado en el Teatro de la Abadía
Rafael Sánchez fotografiado en el Teatro de la Abadía - Belén Díaz
TEATRO

Rafael Sánchez: «Veo el Madrid de los 40 a través de mi abuela»

El director de escena dirige en La Abadía «Tiempo de silencio», primera adaptación a las tablas de la novela de Luis Martín-Santos

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Es la primera vez que Rafael Sánchez (Basilea, Suiza, 1975), hijo y nieto de españoles, dirige una obra de teatro en España. Tras ser director asociado del Theater Basel en su ciudad natal, y trabajar en la Schaubühne de Berlín, el Schauspielhaus Zürich y el Schauspiel Hannover, está hoy vinculado, también como director asociado, al Schauspiel Köln, el teatro municipal de Colonia. En su currículo, una adaptación escénica del filme «Átame», de Pedro Almodóvar, y obras de Von Kleist, Kushner, Lorca, Sartre, Feuchtwanger, Arthur Miller y Shakespeare, entre otros autores.

Parece un treintañero aplicado y formal que se expresa en un castellano bastante correcto, con cierto acento germano y algunos titubeos mientras busca las palabras adecuadas en nuestra lengua. Se asoma ahora al escenario del Teatro de La Abadía, hasta el próximo 3 de junio, con la adaptación de una novela dura, compleja, respetada y honda, «Tiempo de silencio» (1962), la única que publicó en vida su autor, el psiquiatra Luis Martín-Santos. Tras su muerte, vio la luz una novela póstuma e inconclusa, «Tiempo de destrucción».

«Tiempo de silencio» es una narración que, a través de la historia de un investigador que rastrea en ratas las vertientes hereditarias del cáncer, contrasta el Madrid acomodado con el de las chabolas de finales de los años cuarenta, apartándose decididamente de los cauces del realismo social e introduciendo ecos de Faulkner, Proust y Joyce mezclados con la impronta verbal de Valle-Inclán y las atmósferas de Baroja.

-¿Cómo surgió el proyecto de esta adaptación escénica?

-Es una propuesta de José Luis Gómez, director del Teatro de La Abadía, que barajaba el proyecto desde hace algún tiempo. José Luis me dio a leer la novela, que yo no conocía. Abrí el libro y no entendía nada, está escrito en un español literario, imposible para mí. Así que me compré la traducción alemana y me encantó desde las primeras páginas. Me di cuenta de que era una obra especial, muy compleja. En alemán lo entendí ya todo y luego volví al texto en español, que me fue resultando más comprensible.

-¿Resultó muy complicado trasladar una estructura novelística a una dramática?

-Bastante, menos mal que no lo tuve que hacer yo, sino Eberhard Petschinka, con el que he trabajado en varias ocasiones. Es austriaco, escritor, filósofo, pintor y dramaturgo, hace mucho teatro para la radio. Enseguida vio que es una obra muy interesante y le encantó, porque tiene un ritmo increíble. Sabíamos que íbamos a tener siete actores, tres mujeres y cuatro hombres, y desarrolló una estructura para siete narradores. Así pudimos coger el tono y la atmósfera de la novela. No son personajes, son narradores que nos llevan de la mano, nos relatan una historia y, cuando hace falta, se meten en los personajes y hacen una escena. Luego salen otra vez y siguen con la historia. Así pudimos rescatar mucha musicalidad de la novela y cortar partes o saltar de una escena a otra cuando lo creímos necesario.

«Esta historia tiene algo que ver conmigo, aunque no la haya vivido»

-¿Sitúa la acción en los 40?

-Los narradores hablan desde la actualidad, son gente de hoy en un lugar donde antiguamente quizás estuviera el burdel de doña Luisa o las chabolas… Es un sitio donde había algo y donde probablemente se va a construir algo nuevo, un lugar vacío donde se pueden percibir los ecos de quienes vivieron allí muchos años atrás. Con esos ojos actuales nos metemos en la historia, estamos en el hoy, pero cuando transcurre una escena en el burdel nos trasladamos a finales de los cuarenta sin necesidad de actualizar nada.

-Es la primera vez que dirige en castellano. ¿Qué tal le ha ido?

-Al principio lo pasé muy mal, porque yo nunca he hablado español en casa.

-Pero sus padres son españoles...

-De casualidad, son hijos de inmigrantes. Mis abuelos maternos se fueron de Gijón en los años 60, cuando mi madre era muy pequeña. Con ella solo hablé suizo-alemán, que es mi lengua materna. Con mi padre apenas hablé en español, porque murió muy pronto. Solo con los abuelos hablaba en español, por eso me expreso como un niño de diez años. No sé ni una palabrota, las estoy aprendiendo ahora. Mis abuelos volvieron a España en torno a 1997, después de haber trabajado más de treinta años en Suiza, lo clásico. Yo tenía 17 años. La España que encontraron no tenía nada que ver con la que dejaron.

«Al principio lo pasé muy mal dirigiendo en castellano. Nunca he hablado español en casa»

-¿Le han contado algo?

-Todo lo que sé de España lo sé por mis abuelos. Mi abuelo ya murió y mi abuela recuerda de repente historias de su infancia que no me había contado antes, le vienen a la memoria sucesos de los años que vivió en Madrid a finales de los 40.

-Vuelve entonces justo a la época de «Tiempo de silencio».

-Exactamente. Cosas que vivió en la época de la novela me las cuenta ahora, lo que me viene muy bien. Puede decirse que me asomo al Madrid de los años 40 a través de los ojos de mi abuela. Aparte de su calidad, hay pocos textos que me hayan conmovido tanto como «Tiempo de silencio». Me da la impresión de que es una historia que tiene algo que ver conmigo, aunque no la haya vivido.