Juan Luis Cebrián, autor de «Primera página»
Juan Luis Cebrián, autor de «Primera página» - Ángel de Antonio
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«Primera página», el menguante capital de Cebrián

Las de Juan Luis Cebrián no son sólo las memorias de un periodista; también son las de alguien que ha vivido el franquismo, la Transición y el 23-F. ¿Un testigo privilegiado?

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«Yo no he venido aquí a hablar de mis contradicciones», le espetó Juan Luis Cebrián a Jordi Évole cuando este, en «Salvados», le preguntó sobre su astronómico sueldo como consejero delegado de PRISA en los años que la empresa iba mal. Aunque no dejó de chocar la tajante reacción del entrevistado, más interesante es lo que revela: al parecer, para Cebrián el monto de su salario encierra una contradicción. Mostró así tener una visión moral de sí mismo tan clara como equivocada. Porque si el primer volumen de sus memorias deja algo en claro es que el haber acabado como capitán millonario al timón de una gran empresa mediática es perfectamente coherente con su talante y trayectoria.

Las memorias de Cebrián, figura clave de la Transición, revisten un indudable interés aunque solo fuera porque estuvo involucrado en eventos, como el 23-F, que siguen envueltos en nubes de secretismo. Pero, además, este libro se publica durante un momento en que la Transición y su legado están siendo sometidos a un cuestionamiento sin precedentes. Al mismo tiempo, la reputación del propio Cebrián ha caído en picado junto con las acciones de su multinacional, debido en parte a su propio comportamiento. (Así como Felipe González y Rodrigo Rato, no envejece con gracia). Si todas las memorias tienden a apologia pro vita sua, por tanto, estas es difícil no leerlas en esa clave.

Acosos sexuales

El arco narrativo que Cebrián nos propone para comprenderle -y quizá perdonarle- es sencillo. Nace en el seno de una familia acomodada, vencedora, a cinco años de la Guerra Civil. No le atrae el falangismo de su padre -director del órgano oficial de FET y de las JONS y, más tarde, secretario general de Prensa del Movimiento-, quien tampoco se lo impone. Sí es muy católico, a pesar de sufrir acosos sexuales; por poco se mete a cura. Varias experiencias vitales le permiten descubrir la libertad como valor, el liberalismo moderado como opción política y el periodismo como vocación: diez días de cárcel durante la mili; pasantías en redacciones de París y Londres; ciertas lecturas literarias; el sexo sin ataduras. Mientras tanto, asciende muy joven a puestos de responsabilidad en el mundo mediático (semi)oficial del tardofranquismo -en «Pueblo», en «Informaciones» y en RTVE como jefe de los servicios informativos- hasta que en 1975 asume la dirección de «El País», proyecto de Ortega Spottorno, Fraga y Polanco.

Juan Luis Cebrián, didáctico,da lecciones de historia y, en ocasiones, de moral

Estos puestos le dan un acceso asiduo, rutinario, a las altas esferas del poder. Alternando con ministros, la monarquía y la oposición, además de la élite económica y cultural, se convierte en su amigo, confidente y ocasional co-conspirador. (En el libro proliferan las llamadas telefónicas a altas horas de la noche, las reuniones secretas en sedes de gobierno y los conciliábulos en reservados de lujo). Ahora bien, si se le abren estos puestos y puertas desde muy joven, no es a pesar de su origen familiar sino precisamente gracias a ello: Cebrián es un testigo privilegiado en más de un sentido. Sin negarle los talentos que tiene, cabe recordar que en la España franquista no era el talento factor decisivo para el éxito profesional.

Cebrián, didáctico, da lecciones de historia y, en ocasiones, de moral. «No todo era malo» en los años del franquismo, nos asegura, «ni mucho menos»: se gastaban «normas de comportamiento» que aseguraban más respeto a los mayores, retretes públicos «más limpios» y restaurantes «menos ruidosos».

El cambio posible

«Algunos consideran estas cuestiones un tanto marginales respecto al concepto mismo de ciudadanía», agrega; «pero a mi modo de ver en ellas reside uno de los índices más evidentes del nivel de civismo y tolerancia, de la capacidad de convivencia que alberga una comunidad». A algunos lectores les chirriará hablar de civismo y tolerancia en este contexto histórico.

Aunque no llegue a decir «La Transition, c’est moi», Cebrián nos invita a identificar sus propios principios -entre pragmáticos y oportunistas- como los que la hicieron posible: «Ejercer el cambio posible, renunciando a lo mejor en beneficio de lo bueno; […] la fe en el diálogo y la búsqueda del consenso». Eso sí, ese mismo instinto da pie a algunos episodios éticamente cuestionables. Para hacer posible su incorporación a RTVE, por ejemplo, firma, con desgana, una carta adhiriéndose al Movimiento. Y ya al mando de «El País», publica -el 6 de julio de 1976 y no el 14, como extrañamente afirma- un reportaje no contrastado sobre el nombramiento de Suárez sabiendo que probablemente sea mentira.

Aun así, son incuestionables la visión y el atino con que Cebrián dirigió «El País» durante más de una década. Reconociendo el valor político, cultural y comercial del periodismo profesional, supo crear un medio que lo encarnó, emancipándose de la consustancial mediocridad del mundo mediático y cultural franquista.

Afición a la jerarquía

De lo que no ha sido capaz de librarse del todo, en cambio, es de la hipocresía y el oportunismo que eran indispensables para la supervivencia económica y política durante la dictadura, y que no han resultado precisamente inútiles en la España democrática tampoco. Los politólogos no yerran cuando sostienen que las dictaduras infligen daño duradero en el tejido moral de las sociedades.

Del falangismo paterno parece haber heredado cierta afición a la jerarquía. Hombres como Cebrián tienden a minimizar su propio peso institucional -«Soy un periodista como miles de otros periodistas», le decía a Évole-, al mismo tiempo que lo ejercen en cada gesto y palabra. Exudan la agresividad y la impaciencia contenidas del que está acostumbrado a mandar. Pero el truco sólo les funciona mientras la cultura circundante lo sustente y ellos tengan con qué amenazar; una forma de capital político que en el caso de Cebrián está menguando a ojos vistas.