COLECCIÓN ABC

Piti Bartolozzi, la levedad de la fantasía

Tal vez a la sombra de su progenitor, Piti Bartolozzi escribió muy buenas páginas de la ilustración española. Su interés por la infancia la destiló en su trabajo

Ilustración para «Capitán general de mar y tierra», de Aurelia Ramos, publicada en «Gente Menuda» en 1932
Ilustración para «El dragón de Villacabezotas», de Graciella, publicada en «Gente Menuda» en 1932
«En el fondo del pozo», dibujo publicado en «Gente Menuda» en 1932
Ilustración para «La gallinita parda. Cuento irlandés», publicada en «Gente Menuda» en 1932
«El viaje del Sol», dibujo publicado en «Gente Menuda», sin fecha
«Ali», dibujo publicado en «Gente Menuda» en 1932

Hace varias décadas, Mari Carmen Vila y yo pusimos en pie la exposición «Papel de mujeres», un homenaje a algunas de las más importantes historietistas con que contó España desde los años treinta del pasado siglo. Y empezábamos nuestro tributo con Piti Bartolozzi, que aún vivía, lo que me dio pie a tratarla un poco, aunque fuera telefónicamente.

Francisca Bartolozzi (1908-2004), a veces Francis, alguna vez Pitti, y sobre todo Piti, era mucho más que la hija de Angustias Sánchez y del gran dibujante Salvador Bartolozzi (1882-1950), el creador al que Gómez de la Serna se refirió como «el Toulouse-Lautrec español», el dinamizador de la editorial Calleja, padre de las «Aventuras de Pipo y Pipa» para Estampa, soberbio cartelista, el hombre de teatro… Piti fue la mayor de tres hermanos, y creció, como siempre recalcaba, «en un ambiente de arte, rodeada de dibujantes, pinceles y lápices», un contexto de libertad que aún se acrecentó cuando, tras su breve paso por un colegio de monjas, ingresó en 1921 en el Instituto Escuela, creado tres años antes como extensión de la renovadora Institución Libre de Enseñanza, y bajo cuyo profesorado de lujo (Menéndez Pidal, María de Maeztu o Victoria Kent, por ejemplo) se educaron los hijos e hijas de algunas de las figuras más notables de aquellos años: Ortega y Gasset, d´Ors, Indalecio Prieto, Francisco Sancha, Giner de los Ríos

Un antro de perdición

Tras cuatro años en ese centro, y alentada por su padre, ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde conocería al hombre con el que se desposaría en 1933, el navarro Pedro Lozano de Sotés, y donde trabaría amistad con Remedios Varo o Delhy Tejero. Hoy es normal ver la presencia de féminas en esas aulas, pero en aquellos años era inusual, más aún en un lugar que se consideraba poco menos que un antro de perdición, hasta el punto –lo que Piti me recordaba entre risas– de que alguna compañera acudía acompañada por un sirviente de confianza.

Es aquella muchacha, a menudo tocada coquetamente con una boina, tal como la podemos ver en el apunte que de ella hizoLópez-Obrero, una más de aquella avanzadilla que se desenvolvió también en el entorno del Lyceum Club Femenino (Elena Fortún, Alma Tapia, Rosario Velasco…) y una de las impulsoras del Primer Salón de Dibujantas (sic), que se celebró en 1931, muchas de ellas llamadas a renovar la estética de las publicaciones de aquel bullicioso período.

En la Valencia de la guerra dio lo mejor de sí, como su participación en el pabellón español de la Exposición Universal de 1937

Siempre alentada por su progenitor, que le brindó sus primeras oportunidades en Calleja, acabaría dando clases en el Instituto Escuela y llevando a cabo con su compañero trabajos escenográficos para el Teatro Español o el de Mérida, o para aquellas –míticas también– Misiones Pedagógicas que, al calor de la República, creó Manuel B. Cossío para llevar la educación total a los remotos pueblos de nuestra geografía.

Pero, en todo momento preocupada por los niños, me gustaría destacar de entre su producción, libre ya de la influencia estilística paterna, sus trabajos para «Gente Menuda», el notable suplemento infantil de «Blanco y Negro», de los que el Museo ABC conserva 44 obras de los años 1930, 1932 y 1933 (personajes disparatados, perspectivas imposibles, brillantes medias tintas…), y para la revista «Crónica», en cuya sección infantil la habíamos podido encontrar desde 1929 (en compañía de escritores como Antoniorrobles, Santugini –¡qué gran figura a rescatar en condiciones!–, Fortún o Magda Donato, seudónimo de Magdalena Melken. Fue para este semanario para el que Piti creó la exitosa serie «Canito y su gata Peladilla», que partía de una idea maravillosamente absurda: un matrimonio que, desesperado de no conseguir tener un hijo, se iba a buscar uno por el mundo, justo antes de que este llegara finalmente a la casa, donde se encontró con la única compañía de una gata, con la que estableció el acuerdo de viajar hasta hallar a sus padres.

A punto de ser fusilada

La Guerra Civil la sorprendió en Madrid, donde estuvo a punto de ser fusilada por una partida de republicanos que creía haber capturado a una francotiradora, etapa en la que su marido y ella trabajarían para el «Altavoz del Frente», junto a Ramón Puyol, Victorio Macho o Manolo Prieto (el comunista creador de ese toro de Osborne, al que algunos ignorantes han supuesto alguna connotación fascista). Allí estuvo cosiendo muñecas de trapo, que pintaba, antes de que el matrimonio se trasladase a Valencia, donde dio lo mejor de sí tanto en los aguafuertes que realizó para el Pabellón Español de la Exposición Universal de París de 1937, esas «Pesadillas infantiles» de las que el Museo Reina Sofía atesora un juego, como en los bocetos de soldados republicanos que realizó para sí.

Y de Valencia, cuando el fin de la contienda era ya inminente, y tras destruir muchas de sus obras, huirían hacia Pamplona, buscando el cobijo de la familia de Pedro, Piti embarazada de su primer hijo, y en compañía de tres gatos.

El resto de su vida estuvo marcado por una incansable actividad como articulista, pintora, muralista, figurinista, cartelista, ilustradora e historietista (ahí están sus «Aventuras del capitán Trompeta y el marino Trompetín» para el periódico «Arriba España»), compaginada con la dedicación a sus cuatro hijos, el mayor de los cuales, Rafael, sería pintor.

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