David Simon trabajó durante años en «The Baltimore Sun», uno de los escenarios capitales de la serie
David Simon trabajó durante años en «The Baltimore Sun», uno de los escenarios capitales de la serie
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Periodismo: ¿Muerte de un oficio?

«The Wire», obra maestra que acaba de cumplir quince años, consagró su última temporada a narrar «la lenta y desagradable muerte de la prensa diaria». Es el brillantísimo réquiem por un sueño que aún pervive en la cabeza de muchos

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Se cumplen 15 años de la que para muchos es «la serie». The Wire, en apariencia un drama policial. Se estrenó en HBO el 2 de junio de 2002 y se despidió de la audiencia en 2008, después de cinco cursos memorables. David Simon había trabajado como periodista en The Baltimore Sun, donde aprendió a amar y sufrir un oficio que en unos pocos años «dejó de ser divertido». H. L. Mencken lo había descrito en 1953 como «the life of kings» (la vida de los reyes), cita que adorna alguna pared polvorienta de la redacción. Hoy es imposible leer la frase de forma limpia, sin un poso de ironía. Otro de los autores de la serie es Ed Burns, antiguo detective de homicidios, y en el equipo de guionistas destaca Dennis Lehane (Mystic River), uno de los mejores narradores del último medio siglo. El resultado respira con una fuerza que no se ha vuelto a sentir en la pequeña pantalla.

La quinta temporada de The Wire está consagrada al periodismo. Sorprende su vigencia, que todavía se puede comprobar en HBO. Las imágenes, restauradas, tienen aspecto de haber sido grabadas hace poco. Y escritas ayer. El primer capítulo podría haber transcurrido esta misma semana en cualquier redacción del mundo. En una de las escenas iniciales escuchamos un diálogo sobre los despidos en el diario y la sustitución de los más veteranos por «cositas dulces», por supuesto más baratas. Internet, el empobrecimiento de los medios, la colaboración de los gestores, la cobardía de la redacción, la baja consideración hacia la inteligencia de los lectores… son los dolorosos síntomas de una enfermedad mortal que cualquier reportero actual reconoce de un vistazo.

La última temporada es además una descarnada parábola sobre el poder de la mentira. «Los americanos somos estúpidos en general. Nos creemos todo lo que nos dicen», explica un personaje después de someter a un delincuente primerizo a un ridículo detector falso, fabricado con una fotocopiadora. Más allá de la anécdota, el argumento entero es genial. Jimmy McNulty (Dominic West) tiene la descabellada idea de inventarse un asesino en serie para recuperar los medios perdidos en el fragor de la crisis. Lo peor (lo mejor para el espectador) es que su plan empieza a funcionar. Todos se suben a la espiral de embustes. Los políticos no se resisten a rapiñar unos pocos votos. La prensa festeja tan jugosa historia e incluso un periodista sin escrúpulos descubre las ventajas de adornarla con sus propias trolas. Los compañeros de McNulty logran nuevos vehículos, material para escuchas (que dan nombre a la serie) y cobrar por fin las horas extra. La bola de nieve engorda de manera inexorable, aunque todos sabemos que dejará un reguero de víctimas. «Si arrestas a todos los mentirosos, no quedaría sitio en la cárcel», dice uno de los agentes, resignado.

En el libro sobre The Wire, editado recientemente por Principal de los Libros, los autores explican que el drama principal «consistía en contemplar la lenta y desagradable muerte de la prensa diaria». Su autor principal, Rafael Álvarez, explica que «las cinco temporadas repasan, casi como un documental, la guerra contra las drogas, la muerte del trabajo en unos Estados Unidos postindustriales, la reforma llevada al extremo legalizando las drogas, el fracaso del sistema escolar municipal y, envolviéndolo todo como una hoja de periódico envuelve un pescado, la incapacidad de los medios para informar de todo lo anterior y su todavía mayor incapacidad para explicarlo o corregirlo».

The Wire es un fantástico análisis clínico, casi una autopsia de un cadáver todavía caliente. Simon fue acusado de perpetrar una venganza, pero más que un ajuste de cuentas parió una obra «escrita por antiguos periodistas que aman su oficio y que temen por el futuro de la profesión».

Víctimas sin coraje

Con todo, lo más descorazonador del relato, en un paisaje trufado de violencia, no es la desaparición paulatina de una profesión, sino la pasividad de la víctima. La historia ha mostrado una y otra vez la inconcebible resignación de la que es capaz el ser humano. Como dice Omar (Michael Kenneth Williams) a una de sus víctimas, arrodillada a la espera del tiro en la nuca, «al menos ponte en pie, reza una oración».

David Simon recurrió a antiguos compañeros de la redacción para hacer de figurantes, que aparecen en numerosas escenas. Los rostros gastados no son fruto de la interpretación o el maquillaje; estos zombis solo tuvieron que revivir sus sensaciones cuando sus superiores los reunían para anunciar más recortes y despidos. El autor remarca las bajas heroicas de verdaderos profesionales, como Twigg, «cuya memoria institucional -el cúmulo de conocimientos adquiridos a lo largo de su carrera- es irreemplazable». El hombre trabaja hasta el último suspiro, aunque ya sabe que caerá mientras los pelotas y los sensacionalistas sin bagaje se ganan el cariño y las últimas migajas de los jefes.