LIBROS

«La parte soñada», multiverso Fresán

Después de «La parte inventada» llega ahora «La parte soñada» y vendrá «La parte recordada». La «trilogía en 3D» en la que está inmerso el escritor argentino Rodrigo Fresán

Rodrigo Fresán, autor de «La parte soñada»
Rodrigo Fresán, autor de «La parte soñada» - Inés Baucells

Cuando se iba a dormir, Saint-Paul-Roux colgaba del picaporte de su dormitorio un cartelito: «Silencio: el poeta trabaja». Era una advertencia, sí, pero también un manifiesto. Un letrero parecido podría colgar de la portada (o del picaporte) de «La parte soñada», que se ocupa de los mecanismos, las genealogías y las iconografías del Sueñocomo generador de sentido y de ficciones. No es el único motor de la escritura para Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963): la precedente «La parte inventada» se ocupaba de la imaginación, y la anunciada «La parte recordada» lo hará de la memoria.

Así que los tres volúmenes formarán lo que podría llamarse una «Trilogía en 3D» donde las dimensiones tradicionales del relato se alteran y la causalidad y la linealidad se retuercen para experimentar con lo simultáneo y lo múltiple. En el Multiverso Fresán, como en los de Marvel o DC, tan presentes en su panteón personal, las realidades paralelas cohabitan y se entrecruzan según una lógica propia. El propio autor ha hablado, para referirse a este libro en relación con el precedente, de una «durantecuela» que sustituiría a las clásicas secuelas y precuelas.

Aquí, la lógica es la de los sueños: que la tienen, pese a las apariencias. Como la de este libro, necesitan simplemente otro tipo de lectura para descifrar sus códigos, sus soluciones de continuidad, sus encabalgamientos y repeticiones de motivos. También en ese sentido el tríptico proyectado recuerda el cartel del poeta durmiente: una declaración de intenciones estéticas acerca del papel del escritor y del lector. Quizá, también como el cartel, propone o presupone una ética del oficio y un mapa para situar a ambos.

Saturación de imágenes

Porque el territorio de la literatura ha cambiado al ritmo en que lo han hecho las fronteras del país limítrofe, ese que llamamos «realidad» y que incluye, desde hace ya veinte años, unas «nuevas tecnologías» que ya no son tan nuevas y una hiperaceleración, sobreexposición y saturación de imágenes y datos en un mundo virtual que es también ya, a todos los efectos, la Realidad.

Fresán tiene eso muy en cuenta y suministra actualizaciones de esas aplicaciones narrativas que todos traemos instaladas de fábrica: la imaginación, la ensoñación, el recuerdo. En cuanto al oficio de escritor, las ansiedades han cambiado: al encender el ordenador ya no preocupa tanto el bloqueo ante la página en blanco como el síndrome de la pantalla llena, esa ventana abierta a la vista vertiginosa (y tanto o más anuladora) del infinito océano digital.

Fresán suministra actualizaciones de esas aplicaciones narrativas que traemos instaladas de fábrica: la imaginación, la ensoñación, el recuerdo

Como remedio o antídoto, «La parte soñada» sigue explorando la estrategia que ensaya al menos desde «Jardines de Kensington». Tiene que ver con la de Lethem en sus guiones para la nueva saga de Omega el Desconocido o la de Pynchon en «Contraluz»: frente al repliegue, al bloqueo o a la dolorosa destilación de lo estrictamente imprescindible, una maniobra de desbordamiento que se sirva de las herramientas del flujo de datos para adelantarlo por la derecha. O al menos intentarlo: la asociación libre, la digresión, la sobreabundancia de informaciones, el uso de la Wikipedia (por parte del narrador y por parte de los personajes), la superposición de tramas y las multitareas encomendadas al lector están todas abocadas, por supuesto, a un brillante fracaso, al famoso «epic fail» cuando se proponen competir con la Red y su fibra óptica.

Pero en ese fracaso está quizá el éxito mismo de la propuesta, y a lo mejor por eso abundan en este libro y en su trabajo los científicos locos y los inventores oscuros, exitosos, absurdos o fallidos como trasunto del oficio de escritor: el Edison que funciona como supervillano frente al Tesla de Pynchon, o un tal Levi Hutchins, que inventó el despertador en 1787 (ese sí que sería un buen emblema del papel del novelista).

Otro profesional en el ramo de los sueños, William Blake, dijo que el camino de los excesos lleva al palacio de la sabiduría. En este caso consigue delimitar, por defecto, lo que sigue siendo propio de lo literario, de la escritura y la lectura. Paradójicamente, el exceso productivo de un libro denso y complejo como este reivindica quizá el derecho a la «ineficiencia» de los sueños y la noción de esfuerzo (del escritor, y del lector) como recompensa en sí misma, sin «optimización de resultados» ni retribución cuantificable de la inversión. Hoy día, cualquier «best seller» pasteurizado que se precie llena sin esfuerzo para justificar su precio las casi seiscientas páginas que ocupa esta novela. También lo lee cualquiera sin esfuerzo.

Chico busca chica

Este no es el caso: la parte soñada nace de un esfuerzo considerable por parte del autor, que recompensa también al lector que se anima a circular por él haciendo el esfuerzo complementario de reconfigurarlo con su propia lectura. Hay, sí, hilo argumental en el libro, quizá al final resumible en un arquetípico «chico busca chica» en el que el eterno femenino se reencarna sucesivamente en avatares que se bifurcan: Ella, Stella d’Or, Penélope, las hermanas Tulpa como encarnaciones futuristas y lunares de unas hermanas Brontë que son junto a Nabokov genios tutelares de esta novela. Pero el lector toma prestado de esa trama lo que más le conviene, eligiendo su camino, ejercitando su gusto y criterio y buscando activamente un placer más elaborado y al final más gozoso y memorable.

Porque lo que Rodrigo Fresán cuestiona es, precisamente, la equiparación automática y tramposa que nuestra cultura de «likes» instantáneos tiende a establecer entre el esfuerzo y lo desagradable. A algunos lectores todavía les (nos) gustan los libros-despertadores.

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