El boxeador panameño Alfonso Teófilo Brown
El boxeador panameño Alfonso Teófilo Brown
LIBROS

«Panamá Al Brown», los golpes de la vida

Eduardo Arroyo no solo se ha prodigado como pintor, también es un notable escritor. Aquí novela la trayectoria de un púgil mítico

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Eduardo Arroyo es, sin ningún género de dudas, uno de los pintores más importantes del arte contemporáneo español y merece, desde hace años, ser reconocido también como un escritor magnífico; sus libros, entre los que destaco «Sardinas en aceite», «El Trío Calaveras» o «Minuta de un testamento», están caracterizados por una prosa aguda y un finísimo sentido del humor. «Panamá Al Brown», publicado por primera vez en francés en 1982 en la editorial Jean-Claude Lattès, es una extraordinaria biografía, trazada con un impresionante rigor, de un boxeador de un inmenso talento que tuvo que soportar todo tipo de prejuicios al ser, como apunta Arroyo, negro, excéntrico e incluso con pasiones homosexuales. Durante años Arroyo recorrió los lugares donde se desarrolló la excesiva vida de Alfonso Teófilo Brown, desde su Colón natal en Panamá hasta Nueva York, donde tuvo que habitar en la completa marginalidad, o la ciudad de París en la que conoció el éxito pero también el resentimiento.

«Don Quijote negro»

Panamá Al Brown, aunque era el peso «bantam» más talentoso de su generación (delgado como un insecto y dotado de una envergadura que le permitía castigar a sus rivales sin apenas sufrir castigo), tenía cerrado el camino hacia el campeonato del mundo porque los racistas no estaban dispuesto a que un negro destronara a un boxeador blanco. Arroyo llegó a obsesionarse por este «misterioso objeto» al que califica como un «Don Quijote negro, lleno de extravagancias», un boxeador que odiaba entrenarse y que tenía la costumbre de beber champán en la esquina del «ring». Este «faquir famélico» era un derrochador, propietario de una cuadra de caballos «trotones» que no podían ganar ni carreras de tortugas, tan desastrado que reventó un Bugatti que se acababa de comprar; su vida tenía el rasgo del eterno retorno desde el éxito al fracaso absoluto.

Tuvo que fajarse con infinidad de contrincantes y se vio obligado a combatir en pesos superiores al suyo. Estaba rodeado de estafadores y ladrones, sablistas profesionales y un apoderado (Dave Lumiansky, un oscuro tipejo que contaba cada moneda que salía del bolsillo de Alfonso mientras robaba a manos llenas lo que el boxeador conseguía) que era un perfecto sinvergüenza. Aunque consiguió convertirse en campeón el mundo a finales de los años veinte en el Queensborough Stadium de Long Island tuvo que emigrar a París para conseguir el reconocimiento que se le negaba en Nueva York.

Su «vida homérica» fue girando hacia la miseria, aunque tuvo una segunda oportunidad para acariciar los éxitos de la mano de Jean Cocteau, que «poetizó» la existencia del boxeador. Entre el drama y la opereta, en un ambiente viciado por el opio y al borde de la caída definitiva, asistimos a una narración apasionante que sigue al púgil desde la marginalidad a los aplausos arrebatados y de ahí a un callejón oscuro.