Ilustración de Alejandra Acosta para el «Atlas del bien y del mal»
Ilustración de Alejandra Acosta para el «Atlas del bien y del mal»
LIBROS

Los nuevos atlas rompen moldes

Todo es susceptible de ser mapeado, desde los países que no existen hasta las diversas manifestaciones del Bien y del Mal

MADRIDActualizado:

Guy Louis Gabaldon (1926-2006) tuvo una infancia miserable en Los Ángeles que no auguraba una historia digna de ser contada. Se mudó con unos parientes a Nuevo México y después se ganó la vida en una empresa de conservas en Alaska antes de alistarse en el Ejército. En junio de 1944 desembarcó junto con ocho mil marines en Saipán, en las islas Marianas, dominio japonés en aquel tiempo, para participar en una de las batallas más cruentas de la Segunda Guerra Mundial, una sangría con lluvia de proyectiles y epílogo macabro en el que cientos de soldados y civiles nipones se suicidaron saltando desde los acantilados; otros degollaron a sus compatriotas o arrojaron a los niños al océano para que no fueran torturados y devorados por un enemigo demoníaco, según había vendido la propaganda de su gobierno.

A Gabaldon, que no era un pacifista, le dio por visitar motu proprio las cuevas de la isla para convencer a los ocupantes -chapurreaba su lengua- de que era honorable rendirse y serían bien tratados. No quedan claras sus motivaciones, aunque más tarde reconocería una especie de «adicción». El caso es que logró apresar a 1.500 japoneses entre Saipán y Tinián y le concedieron honores. Sin embargo, le quedó un poso amargo: conoció a una mujer a la que había impedido lanzarse al vacío después de arrojar a su bebé y que acabó enloqueciendo al comprobar que las historias de horror eran mentira y, por tanto, había matado a su hijo sin necesidad. Gabaldon se preguntó si no hubiera sido mejor dejar que se suicidara.

El relato detallado de esta inesperada hazaña puede encontrarse en el Atlas del bien y del mal (GeoPlaneta, 2017), donde Tsevan Rabtan (sobrenombre de un abogado madrileño, bloguero y tuitero) cuenta las andanzas de diversos héroes y villanos (a veces las dos cosas en el mismo personaje) a lo largo de la historia. Dice la RAE en su primera acepción de «atlas» que es una «colección de mapas geográficos, históricos, etcétera, en un volumen». Dice en su segunda acepción que es una «colección de láminas descriptivas pertenecientes a ciertas disciplinas, y que suele aparecer encuadernada como libro» (por ejemplo, un atlas de anatomía). Ninguna podría describir este Atlas del bien y del mal, cuyo corpus narrativo se apoya en pequeños localizadores y, sobre todo, en las ilustraciones de Alejandra Acosta, como la que acompaña el texto sobre Guy Gabaldon. Los nuevos atlas rompen moldes, son como el arte o la cocina deconstruidos, han traspasado las fronteras del espacio físico; ahora es posible mapear los sentimientos humanos, las bondades y atrocidades de las que somos capaces. Cualquier cosa. No hay límite.

Fútbol en la Antártida

Tal vez habría que escribir a la RAE o iniciar una campaña en change.org para añadir más significados. Todo lo que hacemos, pensamos, soñamos... ocurre en algún sitio, se puede dibujar, catalogar, imaginar como un atlas. También el fútbol, como demuestra el Atlas de la pasión esférica (GeoPlaneta, 2017). «El fútbol, menosprecidado por muchos intelectuales que no toleran su popularidad y maltratado por los que sí lo valoran y lo usan en su provecho, también es una forma de viajar por los libros de historia y por los mapas del mundo», escribe el autor del libro, Toni Padilla.

Pep Boatella vio así un partido de fútbol en la Antártida
Pep Boatella vio así un partido de fútbol en la Antártida

Entre las historias que incluye -la mayoría poco conocidas incluso para los fanáticos del balompié- cabe, incluso, situar la Antártida como escenario futbolero hace un siglo, algo a priori inconcebible: en la banquisa del Mar de Weddell organizó Ernest Shackleton una veintena de partidillos para animar a la tripulación cuando su buque, el Endurance, quedó atrapado en el hielo. Incluso se registraron los resultados. La batalla por la supervivencia, probablemente la más épica que se recuerda en la historia de la exploración, duró veinte meses y ni uno solo de los 27 expedicionarios perdió la vida a pesar de que tuvieron que soportar penurias inimaginables. El ilustrador barcelonés Pep Boatella ha representado esa escena surrealista de unos náufragos jugando al fútbol en el desierto helado. El mapa «tradicional», de nuevo, es en este atlas un localizador mínimo.

Juan Pimentel, comisario de la muestra Cartografías de lo desconocido (Biblioteca Nacional, Madrid, hasta el 28 de enero), cree que «los mapas son artefactos científicos y artísticos, y también tienen un punto de invención». Ese diálogo entre la ciencia y el arte queda patente en Universo: Explorando el cosmos (Phaidon, 2017), libro que estudia cómo los seres humanos de diferentes periodos y culturas han documentado la belleza y el misterio del firmamento. La selección incluye cuadros, fotografías, esculturas, grabados y representaciones digitales.

Fiebre editorial

La cartografía provoca entusiasmo y asistimos a un boom editorial basado en la ruptura de convencionalismos. Parag Khanna cuenta cómo mapear la aldea global en Conectografía (Paidós). En el mapa. De cómo el mundo adquirió su aspecto (Taurus) es un brillante ensayo de Simon Garfield. Otro clásico moderno es La historia del mundo en 12 mapas, de Jerry Brotton (Debate).

En el último año, GeoPlaneta ha lanzado Islas des-conocidas (un viaje por 24 islas que en su día se consideraron reales pero que ya no están en los mapas porque fueron producto de la imaginación, de engaños o de errores humanos), Atlas de los lugares soñados, Atlas de las ciudades perdidas, Atlas de los lugares malditos y Atlas de países que no existen donde, por cierto, hay un capítulo dedicado a Cataluña, aunque no se menciona a Tabarnia. Habrá que esperar una nueva edición.