Ander Izagirre acaba de publicar «Potosí», un relato de mineros y violencia en Bolivia
Ander Izagirre acaba de publicar «Potosí», un relato de mineros y violencia en Bolivia - JOSÉ USOZ
ENTREVISTA

«La necesidad de grandes historias concibió el Tour»

El periodista y escritor Ander Izagirre nos habla de su gran pasión, el ciclismo, y de sus héroes. La epopeya homérica del Tour de Francia ha producido las mejores crónicas y libros sobre el deporte

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Entre un poema épico griego y una road movie salvaje, el Tour de Francia desgrana cada mes de julio desde 1903 las historias de unos deportistas sometidos a una prueba suprema de supervivencia, de unos héroes fuera del registro humano y, sin embargo, tan humanos en su dolor, en sus rostros embarrados, en sus piernas llenas de cicatrices, en su tragedia y en su gloria que nos conmueven. Fue un invento prosaico: una promoción publicitaria de un periódico para aumentar las ventas durante la estéril travesía veraniega. Geo Lefèvre, un joven redactor del rotativo parisiense L´Auto -actualmente L´Equipe-, propuso a su director, Henri Desgrange, la celebración de una carrera ciclista que enlazase las principales ciudades del país. «La necesidad de grandes historias concibió el Tour», comenta Ander Izagirre (San Sebastián, 1976), autor de Plomo en los bolsillos (Libros del K. O.), donde -según reza el subtítulo- cuenta las «malandanzas, fanfarronadas, traiciones, alegrías, hazañas y sorpresas del Tour de Francia». «Los periodistas se aliaron con los fabricantes de bicicletas y lo crearon como herramienta de marketing, para vender más ejemplares. Una carrera con sus aventuras imposibles, tramas y subtramas, paisajes y paisanajes, crónicas cargadas de epítetos...».

Tal vez alguien debería inventar una nueva epopeya homérica para acabar con la crisis de la prensa...

Bueno, la realidad ofrece suficientes argumentos como para no tener que forzarla. Debería bastarnos para vender periódicos.

Pero el relato de largo aliento ha sido sustituido por mensajes de 140 caracteres, y el deporte heroico por el deporte negocio.

Hoy en día no soportamos la idea de la espera o de la contemplación, y mucho menos que al final no pase nada. Se abandonan los blogs mientras los tuits ganan la partida. Queremos suspense inmediato. Ocurre lo mismo con las películas: son como videoclips con una música frenética. Y, a pesar de ello, creo que es necesario cultivar la paciencia del lector o del espectador. Las pruebas ciclistas se mecen poco a poco, cuidan la dimensión del tiempo. Este año, por primera vez en la historia, se van a televisar íntegramente todas las etapas del Tour, algo que antes solo se hacía con las de montaña. Veremos cómo resulta el experimento.

«He sufrido penurias; he pasado sed, frío y sueño; he llorado...», declaró Garin, el ganador del primer Tour. «He llegado muy lejos en el dolor», confesó Indurain. ¿Es esa capacidad agonística lo que nos seduce del ciclismo?

Impresiona que alguien se someta de forma voluntaria a esta tortura. Llegar tan lejos en el dolor supone coquetear con la parte oscura de uno mismo, jugar peligrosamente en el filo, algo que tiene una indudable profundidad literaria.

Maurice Garin era un humilde deshollinador. Hoy los héroes del deporte son jóvenes multimillonarios y algunos de ellos tienen problemas con Hacienda. ¿Son figuras menos literarias?

El ciclismo era una aventura bruta, por eso nos gustan tanto las historias de los pioneros. Además, la distancia las ha engrandecido todavía más. Pero la añoranza es tramposa. Ahora también hay grandes relatos. ¿De Messi y de Cristiano Ronaldo? No lo sé. Habría que juzgarlo dentro de medio siglo, cuando se verán de otra manera.

El francés Aucouturier lanzó el primer ataque de la historia del Tour. Se cuenta que recurría al vino tinto para soportar el esfuerzo. Una clase de «ayuda» que nada tiene que ver con la que se estila en la actualidad. ¿Es el dopaje el principal enemigo del mito?

Es la falta de credibilidad. Al asumir que el Tour es una narración, si no te crees el final tienes un problema. No todo son vidas de santos, se trata de una competición, y antaño los corredores tomaban vino mezclado con coca de Perú y no había norma que lo prohibiera. La leyenda negra forma parte de la historia, y en 1967 se escribió su primer capítulo cuando el inglés Tom Simpson murió en la ascensión al Mont Ventoux víctima del calor y la ingesta de anfetaminas y alcohol.

En 1910, Desgrange dio otra vuelta de tuerca al incluir en el trazado cuatro grandes puertos de los Pirineos: Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque. Octave Lapize, vencedor de aquella edición, se bajó en la cumbre del Aubisque, tiró la bicicleta y gritó a los organizadores: «¡Asesinos!». A pesar de su «instinto criminal», la carrera se repite cada año desde hace más un siglo.

El escenario es tremendo, y más en aquellos años de pistas sin asfaltar y parajes frecuentados por osos. Piense en el mejor estadio construido por el hombre y compárelo con las grandes montañas de los Pirineos y de los Alpes. No hay color. Y en 1910 aquello era como salirse del mundo. El título de mi libro, Plomo en los bolsillos, hace referencia al testimonio de Henri Pélissier (campeón del Tour de 1923) recogido por el periodista Albert Londres, del diario Le Petit Parisien, en su famoso artículo «Los forzados de la ruta» [«Usted no nos ha visto cuando llegamos a la ducha. Una vez que nos hemos quitado el barro, estamos blancos como sudarios. La diarrea nos deja vacíos. Nos desmayamos en el agua. Cuando nos acostamos, empezamos a temblar con el baile de San Vito y no podemos dormir (...). Hacemos el esfuerzo que no permitiríamos a una mula. Aceptamos el tormento, pero no queremos vejaciones. Un día nos colocarán plomo en los bolsillos alegando que Dios hizo al hombre demasiado ligero»]. Aunque la frase también hace referencia al truco que utilizaba Jean Robic para bajar más rápido: cargarse el maillot de plomo. Parece que los ciclistas piensan: «nos lo ponen muy difícil, pero nosotros vamos más allá». Aventurarse en esa cresta es fascinante.

¿Qué ciclista, por encima de todos, merece que su historia sea contada?

Si tuviera que elegir uno sería Roger Walkowiak (ciclista francés ganador del Tour de 1956 y fallecido en febrero de 2017 a los 89 años). Obtuvo una renta de más de media hora tras una escapada en una etapa llana que le dio una ventaja suficiente para resistir en la general. La suya fue una historia muy inquietante, una auténtica tragedia griega: fue repudiado por la prensa, que consideró decepcionante el triunfo de un corredor de tercera. Su nombre pasó al argot ciclista como un sinónimo denigrante: ganar una etapa o un Tour «a lo Walkowiak». La gloria acabó en estigma y le amargó la vida. Después de un silencio de cuarenta años, con lágrimas en los ojos deseó no haber ganado nunca aquel Tour.

Su última incursión en la literatura, Potosí (Libros del K. O.) supone un giro radical.

Bolivia merecía un libro que fuera más allá del relato tradicional de los mineros explotados. Esos mineros están en el penúltimo escalón social, pero todavía hay un último escalón, el de sus mujeres e hijos, víctimas de una violencia atroz. Tratas de empatizar con esos hombres y te das cuenta de que son el terror para su entorno. Eso no estaba contado.