ARTE

Navia, tras las huellas de Cervantes, ahora en Barcelona

El fotógrafo José Manuel Navia ha seguido los pasos del escritor del «Quijote». Una serie y un libro nos sumergen en un recorrido de imágenes que acerca el mito a pie de calle. El trabajo queda condensado en una muestra en Arts Santa Mónica

Una de las fotografías de Navia de «Miguel de Cervantes o el deseo de vivir»
Una de las fotografías de Navia de «Miguel de Cervantes o el deseo de vivir»

José Manuel Navia (Madrid, 1957) ha materializado en un libro de fotografías (Ediciones Anómalas) y en un proyecto expositivo «Miguel de Cervantes o el deseo de vivir», el recorrido vital que realizó Cervantes por la Península Ibérica y el Mar Mediterráneo hasta Grecia. El fotógrafo ha seguido los pasos del escritor para sumergirse en un recorrido de imágenes que nos acerque el mito a pie de calle.

A través del lenguaje sensual de la fotografía, del uso de las atmósferas de los paisajes difusos, la expresividad de los rostros, la viveza de los colores o la elocuencia de los contrastes nocturnos, el espectador queda absorto por una suerte de encantamiento visual. Navia quiere embaucarnos, que nos dejemos llevar con él por aquellos escenarios por los que transitó Cervantes, mirar por sus ojos y caminar con nuestras zapatillas del siglo XXI. Sin embargo, la pretensión de ir al encuentro del gran escritor recorriendo los espacios que habitó agudiza más, si cabe, la sensación de ausencia.

Entre la veracidad histórica y la verdad perceptiva

Viajar tiene un cierto carácter chamánico. La lejanía del ambiente habitual invita a desprenderse de la carga de la apariencia. El entorno desconocido relaja las formas y la rigidez de las convenciones sociales. Igual que el chamán se desprende del cuerpo para sus viajes a través del inconsciente, al cambiar de territorio físico el cuerpo se vuelve más liviano, el espíritu se libera y es capaz de descubrir la existencia de otras facetas de la personalidad. ¿Sería esta la libertad que sentía Cervantes en sus viajes? ¿Sería la insumisión ante lo reglado lo que le llevó a incluir lugares comunes y personajes vulgares en las andanzas de Don Quijote? Por primera vez, gente corriente es elevada a nivel artístico por la pluma de un autor. Es por eso por lo que los lugares ordinarios y las personas del pueblo son protagonistas imprescindibles de las imágenes que Navia ha querido fotografiar para recrear la mirada de Cervantes.

Las imágenes se vuelven más efectivas cuando por ellas circula la noción de las analogías, cuando sugieren e incitan a indagar en el juego de las relaciones
Una vez abandonado su papel documental, la fotografía se encuentra en ese terreno que discurre entre la veracidad histórica y la verdad perceptiva. Ese es un espacio muy fructífero donde Navia se mueve cómodamente. Es evidente que la distancia en el tiempo convierte en tarea absurda reproducir los lugares tal cual fueron en el siglo XVI, pero las imágenes se vuelven más efectivas cuando por ellas circula la noción de las analogías, cuando sugieren e incitan a indagar en el juego de las relaciones. Los hechos que llegan mediante el testimonio escrito se entremezclan con las imágenes y confluyen en similitudes simbólicas, tanto más evocadoras en cuanto designan territorios mentales no transitados.

«Grecia. Golfo de Corintio»
«Grecia. Golfo de Corintio»

Este trabajo no comete el error de Don Quijote, quien se toma al pie de la letra las epopeyas caballerescas y vive según su código, sino que Navia se sacude la responsabilidad por lo riguroso y se sumerge en un periplo perfectamente planificado dispuesto a saltárselo tanto como sea necesario. Se acerca así a una dimensión histórica del personaje absolutamente subjetiva, conformando un relato espacial en el tiempo presente, persiguiendo la huella de la persona corriente que fue don Miguel, desprovista de la personalidad del escritor que es. Es posible que los lugares se impregnen de la vivencia de quien(es) lo habita(ron), pero de lo que no cabe duda es que las ciudades, los paisajes, las personas y los acontecimientos imprimen marcas, incluso heridas, en los individuos; vestigios de experiencias que podemos rastrear en las obras que los artistas realizan, esas huellas de arte y vida, de talento y generosidad, que se van acumulando como estratos arqueológicos a un conocimiento que se expande.

Lo que necesariamente no fue

Se necesitaría en nuestro idioma una palabra como la voz inglesa «story», para diferenciarla de «History». Pero de esto ya se ha encargado Navia a lo largo de su trayectoria profesional y en este trabajo en particular, sobre «el deseo de vivir» de Cervantes. Ha trasladado a imágenes una ficción, un relato falso que se aproxime más a lo que pudo haber sido y que necesariamente no fue. Ha fotografiado esas calles y personas con las que se habría encontrado Cervantes de haber hecho el viaje hoy y como probablemente lo hubiera descrito en sus novelas. Si ya la fotografía ha quedado desprovista de su poder testimonial, entonces, además de no servir para conocer la verdad, ¿estaría poniendo límites a la imaginación cuando se lee una narración, ya sea histórica o ficcional? Sin embargo, aquí no hay engaño, el espectador es consciente del ejercicio de ilusionismo, de la función teatral que ensaya relacionar los textos con las imágenes; el resultado se manifiesta revelador, ya que se amplía la capacidad referencial, incrementa el volumen significativo porque añade datos que dotan de contexto visual.

La pretensión de ir al encuentro del gran escritor recorriendo los espacios que habitó agudiza más, si cabe, la sensación de ausencia
A Navia se le mezclan las palabras con las imágenes. Para él, literatura y fotografía viven enredadas la una en la otra, incapacitándole para saber cuál de los dos es el lenguaje más rico y con la alerta de no caer en lo obvio o grandilocuente. Leer las fotografías supone una experiencia cognitiva, de captación de información; ante todo, de reconocimiento. Pero en un mundo saturado de imágenes, acostumbrados a recibir, mirar, reenviar, leer, interpretar, catalogar… miles de imágenes y asimilarlas con un simple pestañeo, se corre el riesgo de relegar el discurso relacional en el fondo del disco duro y automatizar su efectividad reduciéndolo al estereotipo: La Mancha y sus llanuras solitarias, las mujeres musulmanas con sus atavíos, los niños jugando en el solar o la espectacular y violenta representación de las tradiciones; lo otro pintoresco, reconocible y fascinante, pero alejado y encerrado en la vitrina del museo. Sin embargo, tanto Cervantes como Navia se detienen en lo diferente para darle voz, para sacarlo de la categoría que lo clasifica y relega a la última fila: ambos hacen a lo desigual protagonista de su obra sin pretensión de burla ni disolución de la identidad. Le conceden el lugar que ocupa y lo dignifican.

Queda patente con más fuerza, después de observar el periplo de una vida tan intensa y una obra tan revolucionaria, el vacío de la ausencia, el hueco inmenso que Navia se obstina en fotografiar, prestando sus ojos al espectador para que recomponga la «invisibilidad profunda de lo que se ve y que es su esencia», en palabras de Foucault.

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