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ARTE

Münster: monstruosidades de arte público

El «Grand Tour» artístico se completa este 2017, como cada diez años, con el proyecto escultórico de Münster. Esto es lo que trae esta edición

«Burn the Formwork», pieza de Oscar Tuazon
«Burn the Formwork», pieza de Oscar Tuazon - Henning Rogge

La roulotte de Michael Asher vuelve a encontrar aparcamiento en Münster; esa suerte de ready-made, aparentemente nómada, convierte en ritualizada la interrogación que lanzara hace 40 años Kaspar König sobre la posibilidad de sacar la escultura de sus lugares «habituales». Justamente un año después de la primera edición del Skulptur Projekte, Rosalind Krauss escribía «La escultura en el campo expandido» (1978), donde analizaba las relaciones que se establecían con el paisaje y la arquitectura, siendo cruciales obras como Spiral Jetty, de Smithson. El minimalismo y el land-art son comportamientos que hemos heredado despojados de contornos críticos. Hito Steyerl, invitada a la quinta edición del festival, ha sugerido que el spam será nuestro legado.

En el verano de 2007, Hans-Peter Fedelmann «intervino» en los váteres públicos de la plaza de la catedral, colocando unas lámparas de una cursilada sublime que podrían animar tanto a los que habían sufrido un apretón cuanto a los «turistas» del arte. Asistimos a la «apoteosis de la calabaza» (el año de los honores urbi et orbe a la Fuente duchampiana, dotada de poderes hipnóticos más que de connotaciones escatológicas) en esta nueva apertura del «mítico» proyecto de arte público. En la anterior convocatoria se habló mucho del Grand Tour (coinciden cada diez años Münster, Documenta, Venecia y Basilea), convocando el aura de la melancolía cuasi-romántica en el tiempo del «todo incluido». Hay que tener tiempo, dinero y más moral que el Alcoyano para afrontar tal sobredosis de arte contemporáneo, pero, sobre todo, tenemos que «abandonar toda esperanza» porque la cosa puede ser muy decepcionante.

Tras la ceremonia penosa de la estética «pánfila» que ha perpetrado Christine Macel en Venecia (basta entrar al espacio donde Olafur Eliasson plantea el bricolaje-buen-rollista como remedio a los males del mundo) y con la retro-horterada megalómana de Hirst, es seguro que los proyectos de Münster resplandecerán como si fueran el colmo de la sensatez aunque estén atravesados por la «impertinencia».

Kaspar König, su director artístico, señaló que sentía escepticismo cuando se trata el concepto de escultura pública desde un punto de vista oficial: «Son pocas las obras que funcionan de verdad. En Münster hay algunas. Son muy discretas, no perturban, parece que duermen». Aunque el juego homofónico es facilón, hay que reconocer que en Münster han aparecido algunos «monsters». Entre las propuestas de 2007 destacaban el vídeo The Head, de Narkevicius, con los desmanes ideológicos de la monumentalidad, mientras que, con sorna, Guillaume Bijl encontraba en una excavación restos históricos de la ciudad, sin que faltara hasta un zoológico montado por Mike Kelley. Parece como si las «presuntas esculturas» tuvieran más afán exhibicionista del que predicaba el teórico.

La estética relacional es cosa del pasado y, 50 años después de La sociedad del espectáculo, las insumisiones son «exvotos» de la museología crítica. El mal de archivo ha causado estragos. Cuando Gonzalez-Foerster presentó su «miniaturización» de la historia del Projekt Münster, firmó el acta notarial de la «tematización» de un arte público que, incluso cuando intenta ser vandálico, es inercia.

Britta Peters y Marianne Wagner, comisarias de 2017, han expandido el alcance geográfico de los proyectos (algo casi obligatorio en el bienalismo ubicuo, que necesita «friccionar» o ficcionar con Atenas, Kabul o Marl) y plantean como principal innovación algo tan tradicionalmente postmoderno como introducir lo performativo. Los «peregrinos del arte contemporáneo» podrán hacerse un tatuaje en el establecimiento que ha montado Michael Smith. Pero no serán solamente imágenes grabadas en la piel lo que revele Münster, que pretende meditar sobre las relaciones entre lo «digital» y el capital.

Desde el verano de 2016 han publicado tres revistas dedicadas a Out of Body, Out of Time y Out of Place como si estuvieran acercándose al definitivo Out of Joint. Artistas como Jeremy Deller, Pierre Huyghe, Lara Favaretto, Alexandra Pirici, Oscar Tuazon, Gregor Schneider o el clásico en esta plaza Thomas Schütte (su banal «columna cereza» desafía la teoría del «arte discreto»), despliegan sus intervenciones allí donde ya dejaron su huella Beuys, Oldenburg, Long, Serra o Trockel. En Münster pretenden activar el espacio público cuando la «opinión» no es otra cosa que el vértigo hiperactivo de los que estamos atrapados en la lógica de la conexión 24/7. Sacando partido del delirio tuitero de Trump, bauticemos una nueva tendencia: la del «arte covfefe». Es momento de disfrutar del malentendido. El medio es el masaje y la escultura, cualquier cosa.

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