La escritora chilena Paulina Flores
La escritora chilena Paulina Flores
CONSTELACIONES

Mujeres y nichos

Muchas mujeres que han decidido ejercer el oficio de la escritura en los últimos tiempos huyen del tópico «literatura femenina»

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Hace unos años se popularizó la frase «edición de nicho», una expresión relacionada con la necesidad de las editoriales independientes de buscar más agresivamente a sus lectores y olvidar la idea de «público en general». La expresión se extendió del continente al contenido, y desde hace algún tiempo se habla de «literatura de nicho». La siguiente declaración del escritor chileno Alberto Fuguet es un buen ejemplo de lo que puede significar: «Mi impresión es que las mujeres no le tienen miedo al tema gay. Hasta les puede parecer sexy. Son madres, son hermanas y son gente menos asustadiza que el hombre heterosexual. Leen literatura gay de manera desprejuiciada y atenta. Siento que los libros más que buscar un nicho deben ser crossover». Literatura gay es, hoy, una expresión tan ambigua y lodosa como literatura femenina, que ha incluido tradicionalmente revistas del corazón y los romances de Barbara Cartland, y cualquier otra cosa cualquier cosa que oliera a «femenino»: Ángeles Mastretta, por ejemplo.

Esta ambigüedad es una de las razones por las cuales las mujeres escritoras llevan buena parte de los últimos cincuenta años (quizás cien) legitimando su lugar en la literatura universal (expresión que todos leemos entrecomillada, espero) mediante la afirmación repetida una y otra vez de que no son mujeres escritoras sino escritores a secas. Tienen razón, por supuesto: no querían (no quieren) ser relegadas a un nicho. Pero creo que en los tiempos que corren insistir en la idea de literatura universal es tan ridículo como afirmar que la poesía que no rima no es poesía. Y creo que cada escritor y cada escritora debe buscar a sus lectores -en un nicho, o en una librería, en un festival, en una conferencia, o a través de los críticos, o de la prensa del corazón… Todo vale.

Así parecen entenderlo muchas mujeres que han decidido ejercer el oficio de la escritura en los últimos tiempos. Tres ejemplos recientes: La corriente, Los peligros de fumar en la cama, y Qué vergüenza, libros que tendríamos que clasificar jubilosamente de literatura femenina, escrita por mujeres y protagonizada por mujeres en universos indiscutiblemente femeninos. A finales del año pasado se estrenó Angosta, la editorial del escritor Héctor Abad, con La corriente, ópera prima de Juliana Restrepo, física de profesión, nacida en Medellín en 1982. En sus cuentos, Restrepo logra recrear convincentemente a las jóvenes de la burguesía antioqueña, adolescentes en fuga de un mundo exasperantemente regulado, gracias en parte a su manejo sobresaliente del lenguaje coloquial: «Al lado de la barra están el Negro y Alejo y la vieja esa grandota que atiende y yonosécuántos rones. La gente nos mira rarísimo, deben pensar que somos dos gringas perdidas en el centro. Yo soy boba, sigo con las aretas de diamantes de mi abuela Raquel, demasiado bling-bling para esta zona». En las antípodas del registro de «las monitas locales», el volumen incluye cuentos como «Cuchitril», que narra el conmovedor encuentro de una mujer de ochenta años con su antiguo amor.

No hay nada de conmovedor en los cuentos de Los peligros de fumar en la cama, originalmente publicado por Emecé en 2009 y reeditado por la colombiana Laguna el año pasado. Es el primer libro de la argentina Mariana Enríquez que leo y me alegra saber que ya tiene una obra sustanciosa: tres novelas, un libro de crónicas, un libro de ensayos y dos libros de cuentos (el último, Las cosas que perdimos en el fuego fue publicado hace poco por Anagrama en España). El cuento que abre el volumen, «El desentierro de la angelita», es un cuento fascinante, económico en recursos (como debe ser los cuentos), sorprendente: y Enríquez mantiene el nivel en los once cuentos siguientes. Utiliza sin ningún temor los recursos clásicos de la literatura de terror, casi siempre con un giro gore, y los mezcla con constantes apelaciones a la repulsión, impidiendo efectivamente que el lector baje la guardia. Pero lo más sobresaliente de la escritura de Enríquez son sus personajes femeninos, contundentes, convincentes, cuyo punto de vista le da a un género difícil una nueva textura, mayor densidad.

La chilena Paulina Flores (1988) es la autora de Qué vergüenza, publicado originalmente por Hueders en Chile y reeditado por Seix Barral en septiembre del año pasado. El primer cuento da título al libro y en él aparecen varias de las características que hacen de este un libro notable: una narradora infantil que nos ofrece un punto de vista francamente inusual; una historia firmemente anclada en lo cotidiano que no resulta gris o predecible; y la inesperada revelación de lo que se esconde tras lo cotidiano, la sutil exposición de lo innombrable. El resultado es que nos vemos obligados a releer los cuentos, y cuando los releemos descubrimos un nuevo ángulo que habíamos pasado por alto. «Laika» y «Talcahuano» son dos buenos ejemplos: en el primer cuento, la historia -una noche estrellada, una conversación intrascendente sobre naves espaciales y perros astronautas- es simultáneamente una historia de amor y una historia de horror. «Talcahuano» es la historia de tres niños que juegan, pero es también la historia de cómo la realidad se entromete en el juego y lo supera.

Estamos ante tres poderosas voces femeninas capaces de crear universos completamente femeninos y sin embargo (en franca contradicción con el lugar común) llenos de aristas, de recovecos insospechados, de grandes y pequeñas revelaciones sobre la naturaleza de los seres humanos. Las tres, además, sobresalen en el dominio de un género difícil, el cuento, con la reputación de ser invendible. Quizás por eso los editores originales son, en los tres casos, editores latinoamericanos independientes. En cualquier caso, Restrepo, Enríquez y Flores son señales de la buena salud de la literatura en el continente.