Míriam Iscla, en un momento de «Mujer no reeducable»
Míriam Iscla, en un momento de «Mujer no reeducable»
TEATRO

«Mujer no reeducable», una enemiga del Estado

Dirigida por Lluís Pasqual en el Teatro Español hasta el 26 de febrero, Míriam Iscla se transfigura en Anna Politkóvskaya

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«Los enemigos del Estado se dividen en dos categorías: aquellos a los que se puede hacer entrar en razón y los incorregibles, es decir, no reeducables. El Estado, pues, ha de utilizar todos los medios a su alcance para eliminarlos» (circular interna de 2005 dictada por Vladislav Surkov, miembro del gabinete de la presidencia rusa). La periodista Anna Politkóvskaya sufrió en 2004 un misterioso envenenamiento que a punto estuvo de acabar con su vida; pero no cejó en sus investigaciones y continuó con sus reportajes sobre Chechenia. El 7 de octubre de 2006 fue asesinada a tiros en el ascensor del edificio donde vivía. Era, desde luego, alguien incorregible, según los parámetros fijados por Surkov. Como la poeta Marina Tsvetáyeva, otra rusa «incorregible», a quien Anna Politkóvskaya admiraba y dedicó una tesis.

El autor italiano Stefano Massini (Florencia, 1975), actual director artístico del Piccolo Teatro de Milán, escribió en 2007 una pieza sobre esta periodista ejemplar, tenaz y rigurosa. La tituló precisamente «Mujer no reeducable» y en ella trenza con notable instinto dramático el teatro documento, la confesión íntima y la denuncia. Es la propia Anna quien nos habla, próxima, precisa, sin una concesión al melodrama. Sabemos que va a morir y ella cuenta algunos de los momentos vividos en el curso de su trabajo, su particular viaje al corazón de las tinieblas. Relata las acciones inhumanas de las tropas rusas y las réplicas suicidas y feroces de los rebeldes chechenos; detalla sus entrevistas con militares y guerrilleros, el acoso y la tortura que sufrió en sus propias carnes.

No hay en absoluto regusto por la truculencia, sino constatación del horror

Momentos impactantes: la descripción de la cabeza de un guerrillero colgada de un gancho y chorreando sangre; las palabras de un voluntario ruso de 19 años que debe matar tres chechenos al día; la asunción de que está sentenciada cuando uno de sus hijos le comunica por teléfono que una vecina parecida a ella ha sido asesinada junto a su casa… Diversas voces y algunas imágenes apoyan el discurso de la periodista. No hay en absoluto regusto por la truculencia, solo constatación del horror.

Valentía

Lluís Pasqual dirige el envite con transparente maestría, sin trampa ni cartón. Una mesa de trabajo, un atril, una silla y una pequeña pantalla son los únicos elementos de un espacio escénico por el que la protagonista se mueve de forma natural al hilo de su discurso, que el público sigue con él ánimo en vilo. Míriam Iscla la encarna admirablemente, sin maquillaje; unas gafas y alguna canas la perfilan. Dibuja a Politkóvskaya con voz cálida, persuasiva, con la justa ira sustentada por la verdad latiendo al fondo de cada inflexión y cada gesto, la presencia firme y serena. Una composición de impresionante limpieza y dificultad que revela una profunda complicidad con el director. Una función que tiene tanto de teatro político como de lección de periodismo.

La actriz habla con pasión de «este texto especial y estremecedor. Me he documentado y ha sido inevitable mimetizarme con un personaje tan valiente y humano, que detalla la tremenda corrupción que hay en todas las guerras. Lluís Pasqual te hace entender el sentido profundo de cada gesto y cada elemento. Viajar juntos por la vida de Anna es una experiencia intensa y dura, pero también magnífica».