una de las pinturas del artista de origen nipón
una de las pinturas del artista de origen nipón
ARTE

Mitsuo Miura, una buena nueva

La concesión de un premio es una excusa perfecta para volver a la obra de Mitsuo Miura en la Casa de la Moneda, artista de origen japonés que trabaja en España y que no se ha prodigado mucho

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En 1966 llegaba a España un joven japonés estudiante de arte dispuesto a iniciar otro viaje más largo aún: un itinerario empírico y vital. Después continuaría sus estudios de Bellas Artes, que había empezado en Tokio, en la madrileña Escuela de San Fernando. A partir de entonces su trayectoria artística y personal iba a quedar ya para siempre indisolublemente ligada a nuestro país. Un país que, aunque en aquel momento empezaba a despertar de un largo y oscuro letargo social, económico y cultural, distaba aún mucho de ofrecer luminosas posibilidades de crecimiento y expresión a todos los jóvenes artistas interesados en un arte más orientado a las nuevas estrategias conceptuales y menos a un informalismo, todavía imperante, pero que ya daba señales de una evidente pérdida de energía creadora.

Otros rumbos posibles

Así las cosas, Mitsuo Miura (Iwate, 1946) empezaría a relacionarse con estas corrientes de renovación artística que ya no tenían en su punto de mira ni al expresionismo abstracto americano ni tampoco a la pintura matérica e informalista europea, sino que apuntaban muy claramente a las nuevas mecánicas minimalistas y conceptuales. Ello le llevaría a vincularse a otros artistas, algunos de ellos también recién llegados a España, como Eva Lootz o Adolfo Schlosser, o a otros nombres que igualmente empezaban a destacar en nuestro Planeta Arte, como Miguel Ángel Campano, Manolo Quejido o Nacho Criado. Iban a ser años de búsqueda y desarrollo que le conducirían a conocer además de Madrid otros espacios en los que vivir y experimentar a partes iguales. Estoy pensando en sus estancias en Cuenca, Bustarviejo o la almeriense Playa de los Genoveses, lugares fundamentales y referenciales en la evolución y en la total percepción de su obra.

Mitsuo Miura ha sido siempre una figura muy singular dentro del panorama artístico español, aportando una visión personal y colorista de determinadas estrategias plásticas relacionadas con la abstracción geométrica y el minimalismo, además de -lo que ha sido una de sus principales señas de identidad-, una peculiar mirada al concepto de naturaleza y paisaje, profundamente enraizada en su propia cultura oriental, pero que ha sabido inteligentemente combinar con la moderna tradición paisajista occidental. De hecho, en más de una ocasión él mismo ha manifestado «yo pinto paisajes».

Atípico en el contexto

No resulta precisamente fácil mirar y admirar las obras de este artista tan atípico dentro de nuestro contexto patrio. Recuerdo en este sentido sus exposiciones en la galería Evelyn Botella (2011), en el Centro de Arte de Alcobendas (2012) y en el Palacio de Cristal del Retiro (2013), y no mucho más. Por ello, esta muestra, Memorias imaginadas, recientemente inaugurada en el Museo Casa de la Moneda como consecuencia directa de la concesión el pasado año del Premio Tomás Francisco Prieto de Medallística, supone una buena nueva: la buena noticia de tener otra oportunidad de ver sus trabajos. El propio título es un guiño cómplice que da pistas sobre sus intenciones creativas. Como el propio Miura señalaba no hace mucho desde estas mismas páginas: «Toda mi obra nace de reflexionar sobre la memoria y sobre nuestra forma de visualizar».

De esta forma, la exposición, según palabras de su comisario, Óscar Alonso Molina, «está planteada como una suerte de mirada retrospectiva transversal, donde el artista reflexiona sobre su propio recorrido de manera panorámica, volviendo ya indisoluble el tiempo vivido con el trabajo realizado». Un proyecto que, entre otras cosas, permite comprobar la versatilidad y pluralidad de sus recursos que le han llevado a expresarse desde territorios tan diversos como la pintura, la escultura, el dibujo, las instalaciones, la foto o la obra gráfica (campo en el que también realizó una interesante incursión como galerista y editor en Gingko, entre 1989 y 1998).

Esta propuesta se estructura en cuatro espacios diferenciados que posibilitan la presentación de algunos de sus trabajos más referenciales de los últimos años. Mi favorita es la primera sala que despliega a modo de documentos algunos de sus principales temas e intereses.

Pero no quiero dejar de mencionar la tercera estancia en la que el espectador se encuentra con un espacio -aparentemente- frío y desnudo, sólo habitado por una serie de plásticos -aparentemente- transparentes e inmaculados… Les dejo que descubran los sutiles secretos de este lugar, tan zen y tan «físico» al mismo tiempo. Un elocuente ejemplo de las memorias imag(en)inadas de este excelente artista.