Miguel Ángel Hernández
Miguel Ángel Hernández
LIBROS

Miguel Ángel Hernández, contar y entender la vida

Un trágico suceso recorre «El dolor de los demás», novela donde su autor no solo busca la verdad de unos hechos sino también de la literatura misma

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Ha hecho mucho daño a la comprensión de la literatura la categoría crítica de la autoficción, con la que esta novela nada tiene que ver. El daño principal es que la pantalla de esa categoría está ocultando, tras la niebla de un concepto facilón, que la mejor literatura que esta escribiéndose en España por parte de una generación de autores tiene que ver con un límite que siempre está ahí: la necesidad de contar la vida, y quizá de entenderla mientras se hace. La necesidad de conocerse.

En ese ámbito escritural del yo que no necesita de la ficción para ser novela, se inscriben algunos de los mejores libros que he leído en los últimos años. Citare dos con los que la novela de Miguel Ángel Hernández comunica: Lo que a nadie le importa de Sergio del Molino y Ordesa de Manuel Vilas. Hay en ellos la comunicación de una necesidad, la escritura como ámbito donde se dirime la búsqueda de una identidad que se origina en el ámbito familiar, muchas veces cuando el padre o la madre ha muerto o, como en el caso de M. Á. Hernández, cuando un suceso del pasado necesita ser contado para entenderse, y quizá aceptarse. Son libros de pérdida y de ganancia. Casi siempre de salvación de una memoria que tiene la necesidad de decir para que exista.

Apuntaba Torrente Ballester que la literatura confiere al mundo los desenlaces de que este carece. De ahí su necesidad, porque solo la literatura puede resolver las nieblas de tu pasado o los vacíos que debe un sujeto rellenar. En esta novela hay un momento liminar, sucede al final de la sección IV, titulada «Performance», cuando el narrador percibe la inutilidad de la novela para decir la vida, porque las palabras son una derrota, una representación, una performance, tras la que el artista duda de su verdad, por su impostura. Ese límite impone a la literatura su frontera. Ocurre desde que Platón lo perfiló. Pero el otro límite es el silencio, ilusionarse con que la vida es algo que no necesita de la narración o de la palabra para existir, que la memoria puede llegar a ser aunque no se diga, o que la historia es algo que puede sobrevivir sin relato.

Asesinato brutal

Estas reflexiones nacen de la singularidad de una novela formidable que tiene distintos planos de lectura. Uno primero, que es el más llamativo, es la necesidad de contar un hecho con el que comienza y nunca abandona: el mejor amigo del autor se tiró por un barranco después de asesinar brutalmente a su propia hermana. Ocurrió hace veinte años. Siempre estuvo ahí, pero no estaba, era la sombra que quería permanecer en tiniebla. Mejor olvidarlo. Cuando tal cosa no es posible, cuando un autor tiene la necesidad de iluminar, nace una novela, a la que el lector asiste desde el proceso de su misma escritura. Sus dudas, miedos, dificultades, la reflexión sobre lo posible e imposible del contar, la de saber o no hacerlo.

Este es el segundo plano. Hernández es uno de los novelistas más reflexivos. Es profesor de teoría del Arte y piensa que casi nada sea inocente. El artificio cervantino, que quizá le ha llegado por la vía de Cercas, ha sido dominante en el plano de la estructura narrativa: es una novela cuya escritura está haciéndose mientras el lector la lee. Pero hay otro plano: la quête, la búsqueda de la verdad termina siendo otra cosa distinta a la que originó la novela. La pregunta sobre aquel crimen lleva al narrador a encontrarse con la historia de sus huidas, de su profunda incomunicación con un mundo, el de la huerta, al que pertenece y del que se ha enajenado. Para respirar, para vivir. Es un nudo de conflicto entre dos culturas, la del pasado y la del presente, que atraviesa como una daga los sentimientos de no pertenencia intelectual y, sin embargo, la necesidad de salvación afectiva.

Como ocurrió con Edipo, la indagación del crimen es una búsqueda de uno mismo, de su propia infancia compartida con el asesino Nicolás, y finalmente, cuando la novela da el giro hacia su salvación, la de la Rosi, la víctima que había quedado subalterna, sin lenguaje. Hay además otro plano, narrado muy eficazmente en segunda persona, en el que la niñez desde la memoria del narrador es vista en flashes indagatorios, profundamente lúcidos. En esta gran novela triunfa la literatura, porque sabe ir más allá de la ficción y urge a la palabra la restauración de la verdad no dicha. No conocida sin ella.