Matías Candeira, autor de «Fiebre»
Matías Candeira, autor de «Fiebre» - BLANCA DÍAZ
Darán Que Hablar

Matías Candeira: «El mundo literario es un ente amorfo que sufre incontinencia urinaria»

Después de tres libros de relatos y una nouvelle ilustrada, acaba de aterrizar en librerías «Fiebre», la última obra de este joven autor madrileño, que en su día fue pescadero y que, sin duda, ya está dando mucho de lo que hablar

MADRIDActualizado:

- ¿Cuáles son sus intereses como escritor?

- Como me hubiera gustado ser poeta, creo mucho en el lenguaje como esa herramienta que nos permite acceder a sitios inimaginables. Para mí es (expresión archiconocida) un «instrumento de transformación». Por eso mismo me interesan las historias que provoquen vértigo de algún tipo. La mayor parte de las veces, un vértigo más poético que narrativo. Incómodo en la percepción, en la materialidad temblorosa que el escritor pone ante los ojos de su lector. Un vértigo del desagrado, de la paranoia y de lo que se desvía de eso que llamamos «lo normal».

- ¿Y como lector?

- Todos los meses practico la envidia y trato de leer ese libro que me hubiera gustado hacer a mí. El último, «El comensal», de Gabriela Ybarra.

- ¿Sobre qué temas suele escribir?

- El padre, pues no hay más que mil. La copia y el original; porque me gusta lo que se reescribe y cambia en cada versión. El humor negro. ¿Verdad que al patíbulo estaría bien llevar calzoncillos limpios? La fantasía y la otredad. Me gusta pensar en mundos que no están en éste. El cuerpo y lo siniestro, ya que en nosotros hay ciertos monstruos muy particulares, y es fenomenal saber precisamente dónde están (o cómo encontrarlos). La muerte, porque temo la mía y la de los que amo. El duelo, porque quiero saber cómo enfrentarme a él cuando me bese la nuca.

-¿Dónde ha publicado hasta el momento?

- Dejando fuera antologías colectivas, hasta ahora he publicado tres libros de relatos: «La soledad de los ventrílocuos» (Tropo), «Antes de las jirafas» (Páginas de espuma), «Todo irá bien» (Salto de página). También una nouvelle ilustrada, «La segunda vida» (Aristas Martínez). Hace unos días llegó a las librerías una novela gruesa, «Fiebre», en la editorial Candaya. Es un sello con un catálogo de primera. Siempre he tenido editores magníficos, en todos mis libros.

- ¿Con cuáles de sus «criaturas» se queda?

- Me quedo con «Fiebre» porque es la más reciente y la que se encuentra más cercana a mi sentir. Es una historia asfixiante sobre la figura del padre, el duelo por los muertos y la ficción, y si acaso ésta pudiera ser un refugio para consolarnos. He procurado que fuera, sin mucho disimulo, una novela poética, y con un estilo potente, musical, de tono alto, lo bastante siniestra como para mantener el interés. Tiene además un protagonista que me gusta mucho. Será porque mide dos metros.

- Supo que se dedicaría a esto desde el momento en que…

- Desde que me pegaban en el colegio y decidí que tenía que buscarme un refugio, aunque fuese espiritual.

- ¿Cómo se mueve en redes sociales?

- Uso Twitter (menos) y Facebook, un perfil a medio camino entre lo profesional y lo sarcástico. También manejo Instagram para colgar fotos estúpidas de monumentos, atardeceres y platos de la dieta mediterránea. Y para poner mis dibujos. Mis planes maléficos para volver a ser un niño son saciados a conciencia.

- ¿Cuenta con un blog personal?

- He tenido blogs, pero el tiempo que hay que dedicarles es infinitamente superior al que estoy dispuesto a sacrificar.

- ¿Qué otras actividades relacionadas con la literatura practica?

- Sobrevivo con talleres de escritura, charlas, bolos, encargos y cría de especies parecidas.

- ¿Forma parte de algún colectivo/asociación/club?

- No tengo tiempo para reuniones vecinales. Además, me da miedo la gente que hace calceta o queda para correr y sudar, todos juntos.

- ¿En qué está trabajando justamente ahora?

- Ahora mismo estoy pensando a fondo en qué escribiré el año que viene; o si, tal y como está el panorama, me dedicaré con entusiasmo a la cría de velocirraptores. También planeo darle los últimos toques a un libro de relatos, que ya tiene editor. Así no tengo que mandarle una cabeza de caballo a nadie.

- ¿Cuáles son sus referentes?

- Es una pregunta muy difícil. Últimamente no hago más que releer a James Salter, a Charles Simic y a Mark Strand. A esa gente yo le pongo velas.

- ¿Y a qué otros colegas de generación (o no) destacaría?

- Mi profesor de filosofía del instituto solía decirnos que sólo Dios sería capaz de conseguir el diez, así que, para joder, voy a dar once nombres de mi generación, o próximos, que tienen al menos un libro que me hubiera gustado escribir a mí. Jon Bilbao («Padres, hijos y primates»), Samantha Schewblin («Distancia de rescate»), Celso Castro («El afinador de habitaciones»), Sara Mesa («Cuatro por cuatro»), Víctor Balcells («Aprenderé a rezar para lograrlo»), Juan Gómez Bárcena («El cielo de Lima»), Aixa de la Cruz («Modelos animales»), Esther García Llovet («Submáquina»), Cristina García Morales («Malas palabras»), Elvira Navarro («La trabajadora») y Juan Soto Ivars («Siberia»).

- ¿Qué es lo que aporta de nuevo a un ámbito tan saturado como el literario?

- Entiendo que sería inmodesto (y bastante estúpido) pensar en uno mismo como el que pretende anunciarle al mundo literario que ha descubierto la Cocacola o el molinillo; sobre todo cuando la literatura no participa actualmente en ningún debate social de importancia y, de un tiempo a esta parte, ha sido relegada a la vitrina de los trastos y los samovares polvorientos. No considero que aporte novedad alguna. Tampoco estoy muy seguro de que quiera ser relevante en los términos en los que el mercado o la academia piden, quieren, cualquiera que sea el verbo y el pobre mortal que los entienda. Opino lo que un amigo escritor: «Ponerse la mano en el pecho sale muy caro». Yo mismo trabajo muy despacio. Cada vez que consigo terminar un libro, choco de frente con la inercia (agotadora) de eso llamado «el mundo literario»; un ente amorfo que sufre incontinencia urinaria, la de un señor muy mayor; y donde los libros aparecen y desaparecen de las mesas sin que medie mayor escándalo. Creo que la única canica de verdad que puedo ofrecer (si alguien tiene interés en acercarse a mi obra) es que me mantengo firme a un estilo y a unas obsesiones –y sobre todo, a un lenguaje– que considero personales y propios. Son pretensiones que me mantienen más vivo. Para mí es el único propósito de esta profesión: sobrevivir en lo espiritual y, de paso, hacer unos pocos amigos.

- ¿Qué es lo más raro que ha tenido que hacer como escritor para sobrevivir?

- Mucho tiempo atrás fui pescadero en un gran supermercado. Me quedé en los huesos de cargar cajas de hielo y sostener merluzas. Luego empecé a hincharme a ganar premios literarios irrelevantes. Después publiqué en lugares serios y descubrí (aunque ya lo iba sospechando) que la literatura no daba para comprarse un pijama gordito. En sí, cada paso de esa cadena de cosas me ha parecido siempre rara y fortuita. Si me remonto a mis inicios, temblorosos e inocentes, tengo que decir que se aprende mucho hablando con las gambas de la pescadería. Ellas me transmitieron la humildad, y algunos secretos de cierto interés para gobernar el alma humana y ennoblecer las sobremesas.