Sala de Alcalá 31, en la que se disponen las obras de la serie «Canon», de Mateo Maté
Sala de Alcalá 31, en la que se disponen las obras de la serie «Canon», de Mateo Maté - I. Permuy
ARTE

Mateo Maté: El «lifting» como una de las feas artes

El artista madrileño arremete en «Canon» (Sala Alcalá 31) contra la dictadura de los ideales de belleza que durante siglos la Historia del Arte se ha encargado de reproducir

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Lo primero, toca decir que esta no es una «exposición» de Mateo Maté (Madrid, 1964), al menos en el sentido tradicional. La sucesión de obras colgadas de las paredes del cubo blanco se convierten en este Canon en un proyecto unificado y coherente en el que las piezas, las paredes, y hasta la noción de cubo blanco se ensamblan y se dan la réplica para formar una obra-de-obras a la vez única y legible a niveles que van de lo rotundo a lo complejo.

La Sala Alcalá 31 es, en realidad, lo contrario de un cubo blanco. Fue un banco en su día, y su arquitectura habla de imposición y poder. Lo que sí son blancas son sus molduras y perifollos al gusto ecléctico de la época, y el primer acierto de Maté se aprecia en su intervención del espacio. En lugar de ignorarlo, dialoga y da la réplica a ese blanco inmaculado (pero lleno de sombras) con el blanco también lleno de matices de su nueva serie de esculturas clásicas en yeso, recién salidas de su colaboración con el taller de vaciados de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Clásicas y blancas sólo al primer golpe de ojo, porque pronto nos damos cuenta de que también han sido intervenidas: mediante «cirugías» muy sutiles (la simple adición y sustracción de algunos centímetros de escayola), el significado y los valores que transmiten cambian radicalmente.

Los «grandes ‘hits’»

Maté ha seleccionado los «grandes hits» de la iconografía occidental: Apolos, Venus, Hércules y Espinarios reproducidos en masa ya desde la Antigüedad clásica, muy presentes en la memoria colectiva y enterrados en el ideal colectivo de lo que debe considerarse bello, deseable, canónico: obras de arte que fueron también vehículos de poder e imposiciones tan interiorizadas por nuestra cultura que hoy, adaptándose y mutando al ritmo de los tiempos y los lenguajes, perviven en el bombardeo masivo de imágenes publicitarias, cinematográficas, instagrameables.

Aquí se trata de hacer visible esa coerción invisible. Es famoso aquello que decía Pascal de la nariz de Cleopatra, y viene a la memoria cuando un leve achatamiento de la exquisita (pero no inocente) nariz de la Venus de Canova basta para que la escultura y su mensaje racial, cultural e histórico cambie: ha llegado la hora en que los supremacistas que andan ahora haciendo de matones y que defienden los compartimentos estancos entre razas (una noción que lleva décadas obsoleta para cualquier etnólogo fiable) se callen la boca de una buena vez.

La acompañan una Venus de Médicis de buen año que se ha pasado bastante con el néctar y la ambrosía; un Apolo al que ha bastado una pequeña operación genital para que se haga evidente cuánto de femenino hay en el ideal de la masculinidad pura y sacrosanta; un Discóbolo con arrugas de expresión y entradas muy marcadas, una Venus de Milo y un Doríforo que intercambian sus troncos...

En la era de los filtros de fábrica y el Photoshop por defecto, Maté vuelve al trabajo manual precisamente para consumar una especie de estrategia photoshopeadora a la inversa. Cuestiona obsesiones culturales y dogmas estéticos con pericia manual, con agudeza y un humor seco y reflexivo que corta más que el bisturí de los mejores liftings firmados por Pitanguy. Una evolución natural y coherente de algunos asuntos constantes en su trabajo. A saber: cómo la Historia del Arte y sus imágenes pueden acabar siendo la capa de azúcar que haga tragar las píldoras amargas que el discurso hegemónico tiene interés en camuflar.

Puro camuflaje

Precisamente el camuflaje aparecía en sus Paisajes uniformados, donde los cuadros del Impresionismo más amables resultaban ser un banco de datos para el diseño cromático de los uniformes militares de los países más variopintos. Y en Reliquias de artista ya descuartizaba otro canon de perfección supuesta/impuesta, ese Hombre de Vitrubio leonardesco que es en realidad un animal mitológico en el que seguimos creyendo como si fuera el Coco.

Otra marca de la Casa Maté, los cordones delimitadores que guían (e imponen) las colas y el recorrido de cualquier museo, a la vez invisibles e ineludibles, unen y separan las piezas en la sala, conformando un laberinto que sirve de emblema a las elecciones e indecisiones que impone el Canon sacrosanto y cada vez más globalizado.

El poder aspira a la invisibilidad, y su actitud sibilina sólo puede sacarse a la luz con las armas de la inteligencia, la astucia, la capacidad asociativa poética e inesperada y la contundencia visual que cortocircuite por un segundo al menos el sistema. Lo anterior podría ser un buen listado de las cualidades que despliega Maté desde hace ya mucho. Aquí le sirven para recordar que ese Poder obliga a mil microdecisiones diarias para elegir y a descartar modelos de vida, aunque a veces ni siquiera nos demos cuenta de que estamos eligiendo.