El selfie que María Folguera dedica a ABC Cultural
El selfie que María Folguera dedica a ABC Cultural - M. F.
Darán Que Hablar

María Folguera: «Para mi generación, cobrar de forma razonable por un trabajo artístico es raro y emocionante»

Nacida en Madrid en 1984 y con un pie en la escena, su última novela, «Los primeros días de Pompeya», es un ejercicio literario de enorme talento sobre la bancarrota moral del mundo actual

MadridActualizado:

¿Cuáles son sus intereses como escritora?

Estratos y sedimentos; tanto que me horrorizó la geología cuando tuve que estudiarla y ahora creo que siento nostalgia de esas Ciencias que no supe creer mías. Quiero confesión sobre ficción, relato bajo el ensayo, y vida cotidiana en el esperpento, y catarsis trágica en el hiperrealismo.

¿Y como lectora?

Honestidad, y si para ello hay que pasar por la crudeza, me parece bien. Ironía o sentido del humor, y, al igual que en la escritura, capacidad para atravesar diferentes estratos en un mismo viaje.

¿Sobre qué temas suele escribir?

Tengo una cierta obsesión con la construcción de mitos -por ejemplo, en mi última novela abordo Pompeya como mito de ciudad destruida y paradójicamente inmortal, o Eurovegas como mito local, un nuevo El Dorado-, la representación de la sexualidad, el poder y sus connotaciones, la disección de clase social-género-raza; y en medio de todo ello la búsqueda de una brecha, el misterio, a través de descripciones cotidianas y realistas.

¿Dónde ha publicado hasta el momento?

He publicado mi última novela, «Los primeros días de Pompeya», en Caballo de Troya; mis textos teatrales en Continta Me Tienes, y he participado en antologías de narradores de los 80, en Salto de Página, Lengua de Trapo y hace poco en la revista El Duende. Y mi primera novela, que escribí con dieciséis años y publiqué con dieciocho, en Visor.

¿Con cuáles de sus criaturas se queda?

Si tengo que elegir, con la novela que estoy escribiendo ahora; con «Los primeros días de Pompeya», y con un texto teatral, «Hilo debajo del agua», que publiqué en Ediciones de la Complutense.

Supo que se dedicaría a esto en el momento en que…

Me dedico a ello desde que aprendí a escribir; mi primer cuento se llamaba «La niebe [sic] y Pablo» -ahora que lo pienso, quizá estaba conectando vía telepática con Pablo Escobar, en activo en aquella época-, garabateado en sobres de oficina de mi padre.

¿Cómo se mueve en redes sociales?

Con recelo, adicción y ansiedad por ver proyectadas las posturas de los demás y cuestionarme a mí misma en todo momento: ¿debería «ser» más como este, o como este otro? Anhelo el desparpajo de los demás, la fe en la comunicación de los demás, la ligereza para compartir de los demás. Me siento incapacitada para hablar con soltura en ese formato, angustiada porque se me meten violencias inesperadas en el ojo y a la vez no puedo dejar de asomarme.

¿Qué perfiles tiene?

Facebook, Linkedin, y una cuenta de Twitter por ahí que no he usado nunca.

¿Cuenta con un blog personal?

Tengo un blog, Folguera, en tea-tron.com, donde escribo esporádicamente sobre hechos escénicos o estéticos que me asaltan, y una sección mensual en latribu.info, llamada «Parece que hay un incendio», que estrené hace unos meses.

¿Qué otras actividades relacionadas con la literatura practica?

Cuando puedo, me apunto a talleres literarios impartidos por escritores que admiro. Disfruté mucho del último, impartido por Natalia Carrero, sobre «Leer la casa», organizado por Kalimera Estudio. También colaboro con circustalk.com, donde escribo sobre circo contemporáneo.

¿Forma parte de algún colectivo/asociación/club?

Colaboro con La tribu, imprescindible plataforma de intercambio de conocimiento sobre literatura y feminismo. Y fuera del ámbito literario, como gestora cultural, soy socia de Madpac, Asociación de Profesionales de Circo de Madrid.

¿En qué está trabajando justamente ahora?

Una novela, con injerencias de ensayo -o panfleto político, no sé- y algún destello autobiográfico. Para crear a la protagonista me inspiro en mí misma, como sucede en «Los primeros días de Pompeya», pero en ambos casos es solo un punto de partida que moldeo a mi antojo y hago caminar por territorios ficticios. Reaparecen tipologías de personaje y conflictos; ante la posibilidad de repetirme, me acojo todo el rato a Houellebecq o Woody Allen, pienso que se puede contar una y otra vez lo mismo de manera gozosa, para una y para los demás. Sobre la inseguridad y la desesperanza laboral; sobre el infantilismo crónico de una mente castrada, y la inevitable negociación con el poder cuando una quiere dedicarse al arte pero también subsistir.

¿Cuáles son sus referentes?

La lectura de Elena Fortún me marcó durante mi infancia -y la reciente edición de su «Oculto sendero» también-, y en la adolescencia leí con fascinación a Truman Capote. Después, a través de António Lobo Antunes, Angélica Liddell, Bernard Marie Koltès o Elfriede Jelinek descubrí hasta dónde se podía hacer sudar la palabra, y bombear la mente de una lectora. Últimamente he sentido sana envidia, deseo de aprender de la maestría de Selva Almada, Pascal Quignard, Benito Pérez Galdós o Vivian Gornick.

¿A qué otros colegas de generación (o no) destacaría?

Aunque en rigor no son colegas de generación, he tenido la fortuna de compartir espacios con ellas: admiro la exuberante lucidez de «Clavícula» o «Daniela Astor y la caja negra» de Marta Sanz, y de «Piel del lobo» de Lara Moreno. Tengo devoción por la labor editora de Nuria Capdevila-Argüelles en torno a Elena Fortún y otras autoras modernas, porque nos ayuda a esclarecer la importancia de su autoría debilitada y casi perdida. De mi generación, sigo con atención la trayectoria literaria de Sabina Urraca, Carmen G. de la Cueva, Sergio del Molino -aunque «oficialmente» tampoco es de mi generación, como Lara Moreno-, Cristina Morales o Aixa de la Cruz, por citar solo unos cuantos... Y dentro de la pasión malsana que me producen las redes sociales, para mí los estados de Facebook de Sergio C. Fanjul son un oasis de buena palabra.

¿Qué es lo que aporta a un ámbito tan saturado como el literario?

Lentitud. Una obsesión sostenida en los años, que intento desarrollar con pasión y coherencia. Aunque cada día tengo que convencerme a mí misma de que esa lentitud, ese «trabajar a fuego lento» es bueno, ansiosa ante los éxitos, colaboraciones y anuncios de proyectos de mis compañeros.

¿Qué es lo más raro que ha tenido que hacer como escritor para sobrevivir?

Como miembro de mi generación, para mí lo verdaderamente raro y emocionante, por poco habitual, es cobrar de forma razonable por un trabajo artístico.