Marc Ribot, un par de horas antes de su concierto en la sala Clamores de Madrid
Marc Ribot, un par de horas antes de su concierto en la sala Clamores de Madrid - ISABEL PERMUY
MÚSICA

Marc Ribot: «La distinción entre tocar por dinero y por arte es estúpida»

El infatigable guitarrista que dejó su sello en los discos más importantes de Tom Waits, Elvis Costello, John Zorn o Marianne Faithful, charló con ABC Cultural sobre sus 40 años de carrera

MADRIDActualizado:

Marc Ribot llega a la sala Clamores de Madrid una hora más tarde de lo pactado. Lo hace cargando una enorme maleta gris que arrastra hasta el escenario como puede, como si le acabaran de echar de casa y buscara un sitio en el que resguardarse. La abre y parece que va a sacar de dentro su vida entera. «Dadme unos minutos y empezamos con las fotos», comenta sin saludar. Parece agobiado mientras vuelca el contenido sobre el suelo: un montón de cables enredados, pedales por doquier y decenas de hojas arrugadísimas con las letras escritas que, dos horas más tarde, gritará en su actuación: «Me llamas ilegal, pero trabajas para un criminal» o «Tengo derecho a decir: ¡jódete!».

Resulta difícil imaginarse que el hombre de 63 años que tenemos enfrente, como despistado, sea el mismo músico que, a mediados de los 80, ayudó a Tom Waits a redefinir su sonido en «Rain Dogs» (RCA, 1985). Pero así fue. Su manera alocada de tocar y exprimir la guitarra a base de improvisación, según coinciden muchos críticos, eclipsó a la aportación de Keith Richard en el mismo álbum. «Yo creo que Tom sabía perfectamente hacia dónde quería ir, con esa forma tan cinematográfica que tenía de entender sus canciones. Era como un director de cine que sabe lo que tiene que hacer cada personaje y dónde debe ir cada escena. Y yo lo que hice, simplemente, fue intentar comprender su película y aportar lo que creí que necesitaba», explicará poco después sobre el rumbo que tomó la carrera de Waits hacia la experimentación con aquella colaboración. Sobre cómo se alejó de sus composiciones para piano e introdujo instrumentos tan poco habituales como la marimba, el acordeón o el trombón.

Pero antes de comenzar la entrevista, Ribot deja claro lo importante que es para él su sonido. Empieza a repartir indicaciones sobre cada uno de los detalles del escenario a los empleados del club. Pide que le cambien inmediatamente la disposición de los instrumentos. No quiere la batería en medio, tal y como la han ubicado. En el centro de todo quiere al bajista, Shahzad Ismaily, multiinstrumentista de origen paquistaní que, antes de colaborar con Lou Reed, Laurie Anderson o Bonnie «Prince» Billy, se recorrió medio mundo para aprender la música de diferentes culturas. Desde la India a Turquía, pasando por México, Japón o Indonesia. En la esquina izquierda sitúa al batería, Ches Smith, y a la derecha, él dirigiéndolo todo. «¿Puedes conseguirme un atril?», «¿no ha llegado la conga que había pedido?», «me vendrá bien esa Fender Stratocaster, ¡fantástico!». Y cuando parece que todo se encarrila, se toca el jersey buscando algo. «¡Uy, se me ha olvidado una cosa en la habitación! Tendrás que hacerme las preguntas paseando hacia el hotel. Yo sujetaré la grabadora, no te preocupes». Y echamos a andar: calle Palafox, plaza de Olavide…

–¿Qué tiene de especial para que Tom Waits y otros artistas importantes le quieran en sus discos?

–No sé… supongo que el hecho de que sé escuchar detenidamente la música de los miembros de la banda y asimilar las letras como si fueran mías, hasta comprender exactamente lo que el artista quiere transmitir. El objetivo es conseguir que las canciones en las que después tengo que aportar mi guitarra tengan sentido. A veces eso significa tocar sutilmente dentro de una melodía y otras dinamitarlo todo.

Con esta actitud camaleónica y única a la vez, ora jazzista, ora intérprete de son cubano, ora músico de vanguardia, a Marc Ribot no le ha ido mal. Desde su participación en «Rain Dogs», el compositor no solo se hizo imprescindible en la discografía del famoso cantautor de voz rota («Franks Wild Years», «Mule Variations», «Big Time», «Real Gone»), sino que fue requerido para dejar su sello personal en los discos más importantes de figuras tan dispares como Elvis Costello, Marianne Faithful, Norah Jones, Caetano Veloso, Allen Toussaint, The Loug Lizards, Robert Plant, Solomon Burke, Arto Lindsay, John Zorn, Marisa Monte, The Black Keys, Tricky o, entre otros muchos, Andrés Calamaro.

El músico argentino recuerda a nuestro protagonista llegando en taxi al primer día de estudio, para la grabación de «Alta suciedad» (Warner) en 1997, con siete guitarras encima. Y también cómo en una de las sesiones sacó un destornillador eléctrico para generar diferentes efectos. «Fue una experiencia extraordinaria. Pensaba que tenía una marca registrada impresa en aquellas grabaciones con Tom Waits, pero luego demostró tener una versatilidad muy amplia. Grabó guitarras muy diferentes, entre retro y vanguardistas. Tocó el solo épico de "Crímenes perfectos" y la guitarra jazz de "Donde manda marinero", pero también el noise de "Hay" que hay en el disco de "Honestidad brutal"», explica Calamaro a ABC Cultural.

«Y eso que cuando empecé a tocar era más bien vago y no precisamente un virtuoso. Pero con 12 años me fui de intercambio a México DF y pasé una temporada realmente solitaria. Allí comencé a practicar mucho, no hacía otra cosa. Cuando regresé, mi profesor me dijo: “¡Oh, has debido pasarlo horrible, porque ahora tocas mucho mejor!”», recuerda Ribot entre risas. Ese primer maestro fue nada menos que Frantz Casseus (1915–1993), amigo de la familia y padre de la guitarra clásica haitiana, algunas de cuyas canciones fueron grabadas por Harry Belafonte. «Tengo que decir que en esa época nadie mencionó, jamás, que yo tuviera algún tipo de talento», añade, y seguimos andando por la calle Trafalgar hasta torcer por Eloy Gonzalo.

Al cumplir los 24 –«cuando solo estaba interesado por ganar dinero e impresionar a las chicas»– se mudó a Nueva York. Durante el primer año estuvo dando tumbos, tocando de aquí para allá, hasta que, en 1979, fue descubierto y su vida cambió para siempre. Desde ese momento comenzó una fructífera primera etapa como guitarrista de respetados músicos de jazz, soul y rock and roll, como Chuck Berry, Wilson Pickett, Rufus Thomas, Brother Jack McDuff o la famosa cantante Carla Thomas, la misma que en la década de los 60 prestó su voz a algunos discos de Otis Redding. Pero aquel no parecía su camino. Incluso reconoce no sentirse orgulloso de algunas de las bandas de soul con las que giró en esos años. Quería llevar su música más allá y, en 1984, aceptó la invitación de John Lurie para unirse a la mítica formación de jazz experimental The Lounge Lizards. La misma que el crítico de Jazz Times, Fred Bouchard, describió así: «No es jazz y tampoco es rock, pero tiene una franqueza inocente que trasciende todos los prejuicios estilísticos».

Esa ha sido la batalla de Ribot a lo largo de sus más de cuarenta años de carrera: luchar contra los prejuicios musicales y optar por una senda más ecléctica, experimental y vanguardista. «Desde entonces –continúa tras bajar de su habitación y enfilar el camino de regreso a la sala–, en todas las grabaciones que he hecho con esos artistas jamás he escrito una sola nota. En mayor o menor grado, siempre he improvisado. No importa que fuesen músicos de pop, rock o free jazz; desde Elvis Costello, que me dio total libertad en algunos de sus discos, hasta el álbum que grabé en directo con Caetano Veloso… siempre hay improvisación».

Podría decirse que es un músico con mil caras que siempre suena a él mismo. Tanto en sus colaboraciones, como en sus más de veinte discos propios o en las bandas sonoras que ha firmado para directores como Jim Jarmusch, Martin Scorsese, Spike Jonze, Wim Wenders o Spike Lee. ¿Nunca se ha sentido un mercenario? «Hubo un tiempo en que sí distinguía entre hacer las cosas por dinero y hacerlas por arte, pero lo cierto es que soy músico profesional. Eso significa que toco por dinero, lo que no implica que no ame lo que hago. Cualquiera que piense que hay enormes diferencias entre tocar por dinero y tocar por arte, se equivoca. Es una distinción muy estúpida», asegura este guitarrista infatigable que, tras sorprender con sus últimos proyectos de música cubana (Los Cubanos Postizos) y del sonido Filadelfia de los 70 (The Young Philadelphians), presenta ahora el tercer disco de su «banda de rock»: Ceramic Dog. «Lo es, aunque no sea rock convencional, porque los tres venimos de sitios diferentes. Ellos han tocado en bandas que van desde el jazz hasta el hardcore, pasando por la música improvisada, así que hemos querido incorporar todas esas historias personales a nuestras canciones de rock».

¿Cuál de los dos ha tocado en grupos de harcore? «Chad, ¿has tocado en bandas de hardcore?», le pregunta a su batería nada más entrar en Clamores. «Mmmmm… bueno, no exáctamente», contesta este, perdido entre sus cacharros. Cuando me quiero dar cuenta, Marc Ribot me ha devuelto la grabadora. «¡Qué te cuente, que te cuente!». Y huye despavorido hacia el escenario, sin despedirse, para perderse entre sus cables enredados, sus pedales y sus hojas arrugadas. «¿Ha llegado ya la conga?».

Marc Ribot comenzó a tocar la guitarra con Frantz Casseus a los 10 años
Marc Ribot comenzó a tocar la guitarra con Frantz Casseus a los 10 años - ISABEL PERMUY