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La máquina en busca de sentido

«Nier: Automata» propone una lenta deconstrucción del entramado filosófico humano a partir de un acercamiento formal sumergido en la postmodernidad. Una mirada valiente y creativa al absurdo de la existencia

Los androides y la reflexión filosófica se combinan en «Nier: Automata»
Los androides y la reflexión filosófica se combinan en «Nier: Automata»

Los videojuegos, como obras eminentemente colaborativas, suelen resistir el advenimiento de creativos con ínfulas de «auteur». Aunque su presencia en el escenario independiente sí es más prevalente, desde los entes corporativos se vuelca todo el reconocimiento en la marca registrada. Aun así, de vez en cuando el sello estilístico del director es tan singular que se ganan el calificativo. Es el caso de Yoko Taro, un excéntrico director japonés que en esta ocasión ha podido contar con un estudio como Platinum Games, capaz de estar a la altura de su inigualable ambición.

El escenario principal del juego se desarrolla en un futuro lejano donde la humanidad ha abandonado la Tierra, tras una invasión alienígena, para guarecerse en la luna. Una división de androides militarizados combate contra las formas de vida artificiales que los invasores han utilizado para colonizar el planeta en una guerra de baja intensidad que ha durado siglos. Sin embargo, cuando las máquinas usurpadoras empiezan a reproducir comportamientos humanos, los androides se ven obligados a replantearse la naturaleza de su propia realidad.

Lo que dejamos atrás

A pesar de que la premisa argumental pueda resultar manida, es tan solo el punto de partida desde el que Taro comienza a desgajar el armazón teleológico de los personajes protagonistas. En los primeros compases de la trama se revela que los alienígenas llevan miles de años muertos en sus bases subterráneas, y a partir de ahí comienzan las sospechas de que la presencia de los humanos en la luna no es más que una elaborada treta. Como obra postapocalíptica, «Nier: Automata» no se centra en el devenir de la civilización, sino en lo que sucede con las cosas que dejamos atrás milenios después de nuestra propia extinción. Una interpretación surgida del animismo oriental sobre objetos desprovistos de todo significado en un mundo abandonado.

La narrativa está profundamente enraizada en el compendio filosófico de los últimos siglos. Más allá de que muchos de los jefes finales o personajes de la trama lleven el nombre de célebre figuras (De Beauvoir, Engels, Hegel, Kierkegaard…), los temas que debaten los personajes germinan del existencialismo clásico hacia el hedonismo, la teodicea, la ontología o la sociología –desde la esclavitud de los roles de género a la toma de conciencia de clase como catalizador del cambio social o propósito existencial–. Es un relato con múltiples niveles de lectura, cuyas implicaciones últimas a menudo se esconden en las profundidades más recónditas de su universo material.

Para los jugadores más inquisitivos, «Nier: Automata» reserva una faceta metafísica reveladora y desafiante
La obra de Yoko Taro y Platinum Games aprovecha el medio interactivo como pocos. Constantemente juega con la perspectiva, pasando de las dos a las tres dimensiones con fluidez instantánea, cambiando sobre la marcha de géneros y de esquemas de controly manteniendo incólume el elemento de sorpresa. Todas las mecánicas están cuidadosamente diseñadas para reforzar los puntos temáticos de la obra, desde el inusual sistema de guardado a las obtusas funcionalidades «online», pasando por las penalizaciones por la muerte.

Ni siquiera la definición clásica de final se aplica en este contexto. Uno de los mayores errores que el jugador puede cometer es abandonar la obra con la aparición de los títulos de crédito. Lo que el programa considera final «A» es tan solo la peripecia más superficial, el primer tercio de la aventura, que ofrece una conclusión tan aparente como falsa. Son necesarios dos recorridos más, controlando a dos personajes adicionales, para experimentar el relato completo.

Más allá del final

Es como si Taro hubiera desarrollado una elaborada metáfora con la manera en la que el juego se presenta, ofreciendo una experiencia satisfactoria –pero muy limitada– a los jugadores menos inquisitivos, y una faceta metafísica tan reveladora como desafiante en sus consecuencias. Solo tras la conclusión del psicodélico final «E», una implosión de la cuarta pared absolutamente demoledora que deja a propios y extraños completamente atónitos, es cuando se puede considerar haber experimentado la totalidad abstracta del mensaje.

El juego es una «rara avis» por la fusión de lo que se puede considerar alta cultura con una presentación «kitsch» que no rehúye los tópicos fetichistas del «anime» japonés. Las limitaciones técnicas y presupuestarias también le pasan factura, y se podría haber agilizado el ritmo de la trama recortando algunas de las secciones de combate. Pero, en líneas generales, «Nier: Automata» es un derroche de creatividad que explota las fortalezas del medio para considerar su densa temática filosófica. Por todos sus triunfos y aciertos, quizá el más importante es que, lejos de quedarse en un nuevo ejemplo de «angst» existencial, la obra de Taro se atreve a proponer respuestas convincentes e inspiradoras a los grandes problemas que plantea. Simple y llanamente, es uno de los juegos más importantes en un año repleto de títulos innovadores y sobresalientes.

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