Manuel Galiana
Manuel Galiana - De San Bernando
TEATRO

Manuel Galiana: «Valle-Inclán le sacaría mucho jugo a Puigdemont»

Al cumplir cincuenta años en los escenarios, el actor mantiene intacta la ilusión. Lo demuestra en cada nuevo trabajo -ahora en «Nostalgia del agua»-, y en Estudio 2, sala donde también prepara a futuros actores

Actualizado:

Como «un consumado tejedor de sueños» califica Ernesto Caballero a Manuel Galiana (Madrid, 1941). El veterano y querido actor -poseedor del Premio Nacional de Teatro y de la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, entre otros galardones-, interpreta a una de las criaturas ideadas por el dramaturgo y director del Centro Dramático Nacional (CDN) en «Nostalgia del agua», bella pieza de raigambre simbolista que recrea el encuentro en la orilla de un pantano entre un huraño pescador y una misteriosa dama, a quien encarna Marta Belaustegui. A ellos les acompaña la violinista Natalia Fernández en un montaje del Teatro del duende, con impecable dirección a cargo de Jesús G. Salgado. En cartel hasta el 3 de diciembre en la Sala Arapiles 16 de Madrid, espacio impulsado por la Universidad Internacional de La Rioja-UNIR.

-¿Qué le interesó más de esta obra?

-Al leerla me pareció difícil, pero fantástica. Pone al espectador ante el pantano de nuestra conciencia, donde se guardan recuerdos, muchas veces dolorosos, pero un día las aguas se remueven. Además, ya había trabajado con Salgado, que siempre arriesga, y, en este caso, un aliciente fundamental fue compartir escenario con Marta Belaustegui, a la que conocí de jovencita y me impresionó mucho como actriz.

-Su personaje confiesa que sus aficiones son dormir y pescar. ¿Cuáles son los suyas?

-No tengo. Mi vida entera es la interpretación, el teatro. Lo demás, por supuesto, está ahí y disfruto de un paseo, de la lectura... Pero nada es comparable al hormigueo, la emoción, que produce ser otro, meterse en la piel de variados otros. Es lo que más me atrae de mi profesión.

«"Nostalgia del agua" pone al espectador ante el pantano de nuestra conciencia, donde se guardan recuerdos, muchas veces dolorosos»

-¿Cuándo empezó ese hormigueo?

-Desde que tengo uso de razón me reconozco imaginando personajes, inventando historias, que contaba a mis amigos, e incluso a mí mismo para dormirme. Dormía con el arco y las flechas de Robin de los bosques. Y me pasaba horas y horas en un cine que había cerca de mi casa. Veía las sesiones dobles dos veces. Hasta tenía que avisarme el acomodador: «Manolito, que han venido a buscarte. Tienes que cenar». También iba con mis padres a funciones de teatro infantil. Después asistí al estreno de «Enrique IV», de Pirandello, dirigido por José Tamayo y con el gran Carlos Lemos como protagonista, en un Teatro Español abarrotado. Y me dije: «Yo tengo que estar en ese escenario en una noche así». Les anuncié a mis padres: «Quiero ser artista».

-¿Cómo reaccionaron? ¿No le advirtieron de que era una profesión dura e inestable?

-La verdad es que reaccionaron muy bien. Me habían visto trabajar en algunas obras en el Instituto y en mi casa había aprecio por la cultura, había libros y mis padres eran lectores habituales. Y había amor por el teatro. Me avisaron de las dificultades que entrañaba y que iba a encontrarme, igual que hizo mi profesor Antonio Ayora, pero tenían confianza en mí.

«De niño, contaba historias a mis amigos. Y también a mí mismo»

-Precisamente para conseguir su deseo aprovechó muy bien el Aula de Teatro del madrileño Instituto San Isidro...

-Le debo mucho a su artífice, mi profesor de Literatura Antonio Ayora. Era maravilloso, muy especial. Ha dejado una huella inmensa en nuestra escena. A él se refiere Fernando Fernán Gómez en sus memorias «El tiempo amarillo». En el Aula estaban Emilio Gutiérrez Caba y José Carabias. Ayora nos inculcaba pasión y esfuerzo. En esa época leí una reflexión de Goethe, que fue decisiva para mí, en la que señalaba que desearía que el escenario tuviera la anchura de una cuerda floja para que nadie que no estuviera preparado pudiese atraversarlo.

De izquierda a derecha, Marta Belaustegui, Natalia Fernández y Manuel Galiana en un momento de «Nostalgia del agua»
De izquierda a derecha, Marta Belaustegui, Natalia Fernández y Manuel Galiana en un momento de «Nostalgia del agua»

-Debutó profesionalmente en la escena de la mano de Alejandro Casona...

-Estaba de meritorio y me enteré de que buscaban un actor para «La casa de los siete balcones». Armándome de valor, era más bien timidillo, le pedí a Casona que me hiciera una prueba y accedió. Encerrados en un camerino, representamos una escena en la que él me daba la réplica. En un momento dado, mi personaje tenía que gritar y lo hice a pleno pulmón. La gente no sabía qué ocurría. Y Casona, muy en su papel de autor y director, sentenció: «No pasa nada. Ha nacido un actor y son los gritos del parto». La función fue un éxito y la noche del estreno el primer aplauso fue para un mutis que hice. ¡Imagínese lo que significó para un chaval que empezaba! Aunque no me quedé contento, y acabé pateando el traje. Los actores nunca estamos completamente satisfechos. Sabes que siempre se puede dar más.

-¿Se le ha quedado algún personaje en el tintero?

-Un día le comenté a Chicho Ibáñez Serrador que me gustaría interpretar a Hamlet. Y me respondió: «Pero si Hamlet lo hace todo el mundo». De joven piensas en algunos personajes y quieres interpretar a todos, pero con el paso del tiempo te das cuenta que de haces los que estaba de Dios que hicieras y que a estos has sido tú quien les ha dado vida. ¡Tantos y tantos! Estoy contento con todos los que he encarnado: el Paulino de «¡Ay, Carmela!», de Sanchis Sinisterra, el Pacífico Pérez de «Las guerras de nuestros antepasados», de Miguel Delibes, el gato de «En el oscuro corazón del bosque», de José Luis Alonso de Santos, una obra preciosa, y el Cyrano de Bergerac, creado por Edmond Rostand, que fue como un enorme regalo. Un día al terminar la función se me acercó una madre con su hija. La madre me dijo que la pequeña estaba muy triste porque pensaba que Cyrano se había muerto. La niña me miraba -miraba a Cyrano- emocionada. Cosas así son impagables.

«Me armé de valor, era muy timidillo, y le solicité a Alejandro Casona que me hiciera una prueba»

-¿Se siente desaprovechado por el cine?

-Estudié en la Escuela Oficial de Cinematografía de Madrid, donde obtuve el Premio Extraordinario Fin de Carrera. Pronto empezaron a llegarme trabajos en el teatro y la televisión, enganchaba uno con otro en estos dos medios. Y pensé que sucedería lo mismo con el cine, que empezarían a llamarme, que vendría por sí solo. Quizá no me preocupé demasiado de buscarlo, no sé. He hecho algunas películas, por ejemplo, recuerdo con cariño cuando trabajé con José Luis Garci. No me siento frustrado con mi trayectoria como actor, pero todavía, como un jovencito, espero una oportunidad en el cine.

-Además del teatro, la televisión sí contó mucho con usted...

-Claro, claro. Fue muy importante para mí. En ese medio, me acuerdo especialmente de lo que hice con Chico Ibáñez Serrador en «Historias para no dormir» como «El último reloj», premiado en el festival internacional de Montecarlo. O la serie «Los gozos y las sombras», basada en la novela de Gonzalo Torrente Ballester. Estaba muy bien que se adaptasen grandes novelas de la literatura española, una práctica que debería hoy recuperarse con más asiduidad, pues creo que es una buena fórmula para despertar el interés por nuestras letras.

-¿Cómo surgió la puesta en marcha de la sala Estudio 2-Manuel Galiana?

-Fue muy bonito. Yo daba clase a un grupo de gente, buscaron un local y me dieron una sorpresa: «Aquí tienes las llaves de tu teatro». Es una sala de exhibición y formación de actores, sede la compañía Martes Teatro, que dirijo. Se representan obras para adultos y para niños. En el primer caso, por ejemplo «Baile de huesos», de Elena Belmonte, que retomaré al finalizar «Nostalgia del agua», y, en el segundo, tenemos «La isla del tesoro», que está funcionando muy bien. Es un espectáculo muy interactivo, el niño juega, sube al escenario - ¡lo complicado a veces es bajarlo!- Y, lo que es la vida, la sala se encuentra en la calle Moratines, en el barrio madrileño de Embajadores, donde nací, donde todavía con pantalón corto empecé a contar historias. Estoy muy orgulloso de mi teatrillo.

-¿Se apoya al teatro?

-No lo bastante. Parece que no somos conscientes de la gran potencia teatral que somos. Quizá no haya suficiente comunicación distendida entre las administraciones y la escena. El teatro es muy bueno para la Marca España. ¿Y no es nuestro país puro teatro? Don Ramón María del Valle-Inclán con sus esperpentos sacaría mucho jugo a Puigdemont. Resulta incomprensible tanta irracionalidad. Si has hecho algo ilegal y te advierten«para, para», no puedes quejarte.