El «Normandie» en Nueva York
El «Normandie» en Nueva York
EXPOSICIÓN

Lujo y glamur en la edad de oro de los viajes transoceánicos

El V&A Museum de Londres estrena «Ocean Liners: Speed and Style», una muestra con 250 objetos de míticos barcos como el «Titanic», el «Queen Mary» o el «Normandie»

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El océano se llenó de gigantescos palacios flotantes, símbolos del poder político, del emprendimiento humano, de la modernidad y el diseño, de la distinción social. La tentación llegaba a través de coloridos afiches, una promesa de glamur, lujo y aventura, pero también de los cascos de acero que provocaban admiración con su fastuosa arquitectura en los astilleros de media Europa. Ninguna otra forma de transporte fue tan romántica y emocionante. Los transatlánticos dieron forma al mundo de muchas maneras (llevando a miles de emigrantes a sus nuevas vidas o tropas a la guerra, sirviendo a imperios, contribuyendo al empuje industrial), y protagonizaron tragedias legendarias como las del «Titanic» o el «Lusitania», víctimas de un iceberg y de los torpedos de un submarino alemán, respectivamente.

Uno de los carteles de la muestra
Uno de los carteles de la muestra

El Victoria & Albert Museum de Londres acaba de inaugurar la muestra Ocean Liners: Speed and Style, que reúne más de 250 objetos -cuadros, esculturas, maquetas, paneles, muebles, textiles, fotografías, carteles, vajillas y cuberterías, cartas de menú, juguetes de una playroom infantil, ornamentos de capillas y sinagogas, frascos de perfume y otros elementos de la venta a bordo, joyas y películas- de la edad de oro de los viajes transoceánicos, que se desarrolló desde mediados del siglo XIX hasta la década de 1960, cuando la aviación comercial dio un giro a la historia.

Piezas nunca vistas

Es evidente el músculo del V&A a la hora de montar estas exposiciones. Recordemos aquí una extraordinaria, la que dedicó a David Bowie -hace un año recaló en el Museu del Disseny de Barcelona-. Ocean Liners presenta piezas nunca vistas en Europa (y juntadas por primera vez) de transatlánticos que fueron emblema de la rivalidad entre naciones. El pulso no solo se dio en las trincheras: también en la exploración de los lugares ignotos del planeta y en la construcción de estos buques. Eran un prodigio técnico y de diseño de interiores. A partir de 1880 grandes hoteles como el Ritz dejaron su impronta en los salones y servicios para los pasajeros de primera clase. Con el cambio de siglo triunfaron la decoración y los materiales exóticos que evocaban las rutas coloniales, al tiempo que el art déco marcó un estilo suntuoso y elegante.

Maletas de los duques de Windsor
Maletas de los duques de Windsor

Desde 1910 no podía faltar la grande descente, una espectacular escalera donde las damas de la alta sociedad lucían sus mejores galas antes de entrar al comedor (recuerden a Leonardo Di Caprio recibiendo a Kate Winslet a pie de escalinata en Titanic, el oscarizado filme de James Cameron). Cecil Beaton, modisto y fotógrafo de la realeza y de las celebridades de Hollywood, viajó en el «Queen Mary» en 1936 y descubrió con disgusto que no había grande descente y, por lo tanto, no podía disfrutar del ritual. «Cuando construyen un barco, y más un transatlántico de lujo, los ingleses no ponen cuidado en la consideración de sus mujeres», dijo.

Gloria y tragedia

Si hubiera que poner un pero a esta magnífica muestra sería el olvido de los otros pasajeros, los de las clases bajas, cuyos motivos para viajar eran muy diferentes. Sin duda los comisarios querían destacar el boato por encima de cualquier consideración.

No les faltan argumentos. Por ejemplo, la tiara de diamantes y perlas de Cartier que lució Lady Marguerite, esposa de Sir Hugh Montagu Allan -propietario de una compañía canadiense de barcos de vapor-, en el trágico viaje del «Lusitania» (dos hijas perecieron en el hundimiento, el 7 de mayo de 1915, que se cobró un total de 1.198 vidas). O el espléndido vestido rojo que Bernadette Arnal, esposa de un socio de la firma Worms&Cie, llevó en el viaje inaugural del «Normandie» en 1935. O las maletas de los duques de Windsor, clientes habituales de los transatláticos. O un panel de madera ricamente tallado de un salón del «Titanic», metáfora de la gloria y tragedia de estos colosos de los mares.