LIBROS

Luis Usoz, historia de un heterodoxo español

Una exposición en la Biblioteca Nacional y una biografía arrojan luz sobre Luis Usoz, del que ni siquiera se conserva retrato alguno: intelectual del siglo XIX injustamente olvidado

Detalle del retrato de doña María Sandalia del Acebal, esposa de Luis Usoz, obra de José de Madrazo, 1820
Detalle del retrato de doña María Sandalia del Acebal, esposa de Luis Usoz, obra de José de Madrazo, 1820

Luis de Usoz y Río nació en 1805 en la capital de la provincia de Charcas (hoy la ciudad boliviana de Sucre), hijo de una mujer letrada que había traducido obras del francés antes de partir a América y de un magistrado que fue Oidor Decano de la Audiencia. A consecuencia de las primeras revueltas independentistas y de la descomposición del régimen borbónico, fue acusado de tendencias indigenistas y desterrado. Los Usoz vagaron por el Alto Perú durante más de un lustro hasta que, en 1816 y después de la muerte de la agotada madre, consiguieron regresar a España.

Poco sobrevivió el padre de familia y Luis de Usoz y sus hermanos se criaron con un tío paterno que gozaba de una desahogada posición en la Corte de Fernando VII. Recibió una exquisita educación en los mejores colegios de Madrid y se apasionó con la filología, el griego y el hebreo. Completó su formación en la prestigiosa universidad de Bolonia y en 1834, tras regresar a Madrid, entró a formar parte de los círculos intelectuales en los que irrumpía el romanticismo. Fue redactor de «El Español» y miembro fundador del Ateneo; pertenece a ese grupo de eruditos y bibliófilos, con Estébanez Calderón, Gayangos y Gallardo, que supo valorar y aprovechar el inmenso patrimonio bibliográfico que llegaba fruto de las desamortizaciones.

Textos sagrados

Hacia 1836 cayó en sus manos la «Apología de la Doctrina Cristiana», de Robert Barclay, tratado de la doctrina cuáquera, y entró en contacto con un personaje peculiar, George Borrow, viajero infatigable por España y agente de la Sociedad Bíblica británica, al que ayudó, aconsejó y sacó de más de un apuro. Usoz seguía considerándose católico, aunque anticlerical, y su obsesión era acceder a los textos sagrados para preparar una versión definitiva de la Biblia, así como redactar una historia del protestantismo español que nunca llegó a abordar. En 1837 se casó con María Sandalia del Acebal, viuda y acaudalada, lo que le eximió de preocupaciones materiales. De gira por Europa, en Londres, conoció por mediación de Borrow al cuáquero Benjamin B. Wiffen, con quien trabajó estrechamente desde entonces. A su regreso, emprendió a su costa y con la eficaz ayuda de Wiffen la búsqueda de libros prohibidos. En su correspondencia, que se conserva en la Wiffen Spanish Collection de Oxford, se detalla la odisea para introducirlos en España. Agentes que recorrían librerías y bibliotecas de medio mundo, diplomáticos e ingenieros de ferrocarril ingleses que servían de correos, funcionarios de aduanas comprados, hasta recibió una obra camuflada hoja a hoja en un periódico. Se fue aislando de su entorno y sus contemporáneos le describen solitario y cabizbajo, con largo gabán y sombrero calado. Gallangos escribe a Estébanez Calderón en 1842 que se ha encontrado con Usoz en San Sebastián «hecho un herejote».

Clandestino

Con su imponente biblioteca de más de diez mil volúmenes, que contiene propaganda protestante y opúsculos luteranos, Usoz puso en marcha su gran obra, la «Colección de Reformistas Antiguos Españoles», en la que editó a autores españoles prohibidos u olvidados, especialmente a Juan de Valdés. Veinte volúmenes exquisitamente anotados que se imprimían por lo general de forma clandestina, sin nombres ni pie de impresor (Ignacio Ramón Baroja, tío abuelo del novelista, fue uno de ellos). Usoz falleció en 1865. Aunque desconfiaba del destino que podrían correr sus libros en España, dejó la decisión a su esposa. En 1873, tras la proclamación de la República, que planteaba la libertad religiosa, María Sandalia donó la colección a la Biblioteca Nacional. Las autoridades republicanas la acogieron con entusiasmo y ordenaron que permaneciera unida, con signatura propia (U/…) y en una sala especial presidida por el retrato de María Sandalia.

Sus contemporáneos le describen solitario y cabizbajo, con largo gabán y sombrero calado

Descollaba por entonces un ambicioso polígrafo llamado a convertirse en el alma de la Biblioteca Nacional, Marcelino Menéndez Pelayo, que vio el cielo -o el infierno- abierto. En 1879, confesó a un amigo: «Estoy sacando todo el jugo a la librería de Usoz», y en efecto la exprimió a fondo para su obra monumental, la «Historia de los heterodoxos españoles», sin la que no habría sido posible. Lejos de reconocer la deuda intelectual y garante de la ortodoxia católica, califica a Usoz de «fanático» al que los libros teológicos del siglo XVI habían producido el mismo efecto que los de caballerías en don Quijote. Tras el saqueo y condena de don Marcelino, cuya estatua sedente preside la entrada de la Nacional, Usoz cayó en el olvido. No fue hasta 1973 cuando el cuáquero Domingo Ricart se propuso rescatarle y escribió una primera aproximación biográfica en la que acusaba a la Biblioteca Nacional de ocultar parte del legado. En su reciente biografía («El discreto heterodoxo», Almuzara, 2016) Manuel Serrano traza un vivo retrato del erudito, pero reitera las tesis sobre el ocultamiento.

Exhumación

Cerca de 45 años ha tardado la Biblioteca Nacional en responder a Ricart. En la exposición («La librería secreta de Luis Usoz, 1805-1865»), la comisaria, Marta Vizcaíno, exhuma los documentos que demuestran que nunca ingresó el epistolario de Usoz y que no hubo expurgo ni catálogo escondido. Tampoco retrato alguno de María Sandalia para presidir una sala en la que, para mayor inri, cayó una bomba franquista durante la Guerra Civil, afortunadamente sin consecuencias porque los libros estaban protegidos. España, donde prendieron los heterodoxos tanto o más que en el resto de Europa, debe a Usoz la recuperación de un capítulo de su historia. La conmemoración del quinto centenario de la Reforma parece la ocasión propicia para que deje de vagar por los pasillos de la Biblioteca Nacional el fantasma de Usoz. Y el de María Sandalia.

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