Fotograma de «Llega la noche»
Fotograma de «Llega la noche»
CINE

«Llega de noche», regiones impenetrables

Más allá de los sustos fáciles, cierta corriente actual del cine de terror bucea en los miedos que se esconden en las familias, en los grupos cerrados o en la enfermedad. Es el caso de la recientemente estrenada «Llega de noche»

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Jean-Paul Sartre decía que «el infierno son los otros» y Arthur Rimbaud decía que «yo soy otro». Entre esos dos paradigmas nos solemos mover cuando nos entran ganas de entender si algo nos amenaza social e individualmente, como si no hubiese más alternativas. Aunque en asuntos cinematográficos hemos navegado mucho tiempo por las aguas de «lo otro & Co.», es hora de reconocer que ahora la tendencia es vernos a nosotros mismos como nuestros peores enemigos, con matices. No se trata de vernos como si fuésemos malos o defectuosos por naturaleza sino de ver cómo a veces desarrollamos malos hábitos e incontables defectos para defendernos de nuestra naturaleza, quizás porque intuimos hasta qué punto «esa naturaleza» no nos pertenece en absoluto.

«Llega de noche» (2017, Trey Edward Shults) es una película de terror sin zombis, monstruos, ni transformaciones. Después de que una plaga haya devastado el mundo, una familia sobrevive en mitad de los bosques gracias a las implacables reglas que impone el padre y su falta de sentimentalismos para deshacerse de cualquiera de los miembros si enferman. Su orden tribal se transforma en desorden social cuando otra familia se les une, estableciendo diálogos allí donde antes había silencios, despertando fantasías adormecidas y convirtiendo los sueños en pesadillas.

Fines del mundo

Las imágenes parecen salidas de un episodio de «The Twilight Zone» dirigido por Carl Theodor Dreyer o Andréi Tarkovski, viciadas por una fuerza invisible que al principio sólo podemos intuir pero que poco a poco desmonta la tramoya tras todo retrato de grupo, para poner de relieve nuestras enormes diferencias al responder a los miedos y deseos que nos hacen avanzar y retroceder, relacionarnos o aislarnos, vivir o sobrevivir. Ni siquiera el fin del mundo nos vuelve iguales, viene a decirnos la película; cada uno experimenta su particular fin del mundo. Unos están dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de sobrevivir, aislándose hasta enloquecer; y otros están más preocupados por vivir de una manera digna, confiados ante los demás aunque así su vulnerabilidad sea mayor.

Los patriarcas hacen cada vez más la vista gorda si ven a sus hijos bailar al son de «Sex, Drugs and Rock & Roll», seguramente porque la familia –social, tribal y cinematográficamente– es un ejército en retirada, lleno de bajas: de padres sin hijos, hijos sin padres, divorcios, traumas y problemas económicos. Sólo están unidas las familias de asesinos, ladrones o caníbales, entre cuyos estatutos la democracia, la empatía y la tolerancia no cuentan, por eso tienen menos problemas. Matan, roban o devoran a sus víctimas sin motivos personales, siguiendo atávicas consignas, dejándose llevar por esos instintos primitivos que hasta hace poco se reprimían en sociedad pero que ahora mucha gente desata en las redes sociales, tras la máscara de su identidad digital.

El cine de terror muestra lo excluyente y lo excluido, la vida en familia y fuera de ello

En mitad del actual proceso de reconfiguración de la familia, que es también un proceso de reconfiguración antropológica y social, están resurgiendo los sectarismos, los activismos y los terrorismos que nacieron en la década de los sesenta con la contracultura. Continuamos necesitando al grupo pese a nuestra deriva individualista, para no acabar convirtiéndonos en monstruos perfectos a merced de la tecnología, cuyas inestables prótesis identitarias no bastan para satisfacer nuestra insaciable necesidad de consuelo.

Solos quedamos a merced de procesos alienantes de consecuencias insospechadas, como el asesinato de dos policías en la terrorífica película iraní «El cazador» (2010, Rafi Pitts) o como en cualquier película donde se aborde el terrorismo y el contraterrorismo en la actualidad, temas que únicamente el Batman de Christopher Nolan, el policía corrupto de «No habrá paz para los malvados» (2011, Enrique Urbizu) o los servicios secretos de las series «24» o «Homeland» son capaces de combatir de una forma eficaz, porque no necesitan entender lo que piensan los terroristas y se conforman con descubrir cómo piensan, para así anticiparse a sus actos.

Liberadas y ajenas

Estas modalidades familiares, que tanto se parecen a las sectas, ideologías y bandas terroristas de los sesenta y los setenta, ya no son internacionales ni se abren con facilidad para acoger a nuevos miembros, en un babel de idiomas, voces y disidencias asamblearias. Su regreso a cierto primitivismo organizativo, sin móviles ni ordenadores, lejos de ir en su perjuicio les ayuda a ser menos fáciles de desarticular. Los patriarcas mueren y enseguida son sustituidos; las misiones se abortan y enseguida se fijan otros objetivos. Basta con tener como hilo conductor las palabras de un texto sagrado o las consignas escritas de un líder carismático para que la guerra continúe, en una versión mucho más distópica que «Fahrenheit 451» sobre el futuro de los libros, de los textos, de la palabra escrita.

Varias películas recientes, de una valentía inusual, colocan al espectador ante el mismo paisaje incomprensible que anunció Michelangelo Antonioni en los años sesenta, cuando rodaba historias sobre mujeres volatilizándose de pronto y sin explicación, o sobre el final de una relación amorosa codificado en una serie de signos tan contemporáneos como indescifrables. «Martha Marcy May Marlene» (2012, Sean Durkin), «The Duke of Burgundy» (2014, Peter Strickland), «She’s Lost Control» (2015, Anja Marquardt) y «Queen of Earth» (2016, Alex Ross Perry) no responden a los parámetros más obvios del cine terror –demasiado racionales hasta para explicar el Más Allá– y en ellas flota el misterio y la ambigüedad que suele rechazar el género, en connivencia con nuestro temor social a enfrentarnos a lo incomprensible. Sus protagonistas son mujeres que acaban de huir de una secta, ensayan extrañas prácticas de dominación, son víctimas de trabajos donde la psicología se confunde con la prostitución, o se reponen de crisis emocionales gracias al apoyo de amistades peligrosas.

Ni siquiera el fin del mundo nos hace iguales, nos dice «Llega de noche», cada uno vive su particular fin del mundo

Todas esas protagonistas, a quienes ya no podemos llamar esposas, madres, amantes o amigas, son la versión contemporánea de Monica Vitti, Liv Ullmann, Jeanne Moreau, Anna Karina o Catherine Deneuve. Mujeres a las que en distintos grados podría considerarse enfermas como Julianne Moore en «Safe» (1995, Todd Haynes), pero no por desajustes físicos o psíquicos sino por su grado de intolerancia hacia el siglo y el milenio en marcha, hacia nuestro estilo de vida. Sienten frío cuando hace calor, lloran por chistes y ríen ante la tragedia, en un ensayo de algo subversivo que –al mismo tiempo que las convierte en víctimas– las transforma en una especie de heroínas. Aunque aparezcan tuteladas por sus hermanas, por líderes, por órdenes jerárquicos o psiquiatras, nada ni nadie las controla: ni los afectos, ni los impulsos biológicos, ni la economía... Han conseguido liberarse sin necesidad de superpoderes, gracias a enfermedades que sólo requieren nuestra atención, no nuestros remedios. Ya no son nuestras aunque sigan con nosotros.

El cine de terror en general muestra lo excluyente y lo excluido, la vida en familia y fuera de ella. Una de las películas de miedo más perversas que se han estrenado últimamente es «Déjame salir» (2017, Jordan Peele), sobre un afroamericano de visita en casa de su novia blanca, para conocer a sus padres antirracistas y para descubrir que en el fondo todos queremos adoptar a un pobre en Navidad o a un negrito en nuestras familias, porque –como los uniformes y los diamantes– lucen mucho en sociedad. Así tratados, como mercancía sensible de ser adquirida y mimada por familias de coleccionistas que pretenden quedarse con su cuerpo anulando antes su conciencia, los negros parecen muertos vivientes en un mundo blanco y confortable, donde las miradas de los espectadores delatan lo que las imágenes reprimen.