Leonard Cohen dedicó su discurso a García Lorca al recibir en 2011 el Premio Príncipe de Asturias
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LIBROS

Leonard Cohen: esperando a Suzanne

El 7 de noviembre se cumplía un año del fallecimiento de Leonard Cohen. Ahora se reeditan en España sus dos novelas de juventud con prólogo de Ray Loriga. Alta literatura

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«Todo lo que escribo incluye guitarras; incluso las novelas», advirtió alguna vez el canadiense errante Leonard Cohen. Pero no nos engañemos: a diferencia de Jim «The Doors» Morrison, Bob Dylan, John «The Beatles» Lennon, Patti Smith, Ray «The Kinks» Davies, Nick Cave, Pete «The Who» Townshend o Morrissey (quienes vieron en el verse entre portadas como a un prestigiante objeto de deseo para quien ya lo tiene todo, después de haberse consagrado en el vinilo y sobre los escenarios), Cohen recién se animó al rasgueo de cuerdas después de comprender que el papel y la tinta de poemas y novelas no serían suficiente para pagar cuentas y mantenerse elegante. «La desesperación es la madre de la poesía», diagnosticó recordando todo aquello, tantos años después, ya consagrado como el maestro indiscutido del «folk noir y ladies’ man» siempre listo para lo que se necesite.

Así, antes de Suzanne y Juana de Arco y Marianne y la Reina Victoria y Nancy y Alexandra y Janis y las hospitalarias Hermanas de la Misericordia y la Dama del Invierno y la Esposa del Gitano, y tantas otras chicas en letra y música, Cohen (1934-2016) ya era escritor, reconocido rimador, y «bon-vivant» en la bohemia universitaria de Montreal. Pronto, su ciudad natal le quedó chica y zarpó rumbo a la isla griega de Hydra donde compró una casa (que hoy es sitio de peregrinación), y allí se sentó a escribir dos novelas que no son caprichos de estrella «nova» sino luminosos agujeros negros: «El juego favorito» (1963) y «Hermosos perdedores» (1966) con el decisivo poemario «Flores para Hitler» (1964) entre una y otra.

La sombra de James Joyce

Sobre ambas novelas flota la influencia decisiva de James Joyce en sus dos polaridades. En la primera de ellas, es el Joyce de «Dublineses» y de «Retrato del artista adolescente» -con destellos del Philip Roth de «Goodbye, Columbus» y de Salinger- el que apadrina este sensible y autobiográfico «bildungsroman» en fragmentos. Debut que acaba siendo una ejemplar primera novela publicada (aunque no la primera escrita; hay noticias de numerosos manuscritos anteriores) girando alrededor de la figura del muy sexual desde su infancia Lawrence Breavman -delfín de acomodada familia del barrio residencial de Westmount- intentando ya entonces hipnotizar y desnudar a la empleada doméstica de la casa. Y ella es apenas la primera de varias hembras idealizadas cuando no ideales hasta alcanzar la cima de la definitiva Shell. También, digámoslo, hay un emotivo retrato de amistad masculina con el hermano de sangre y armas Krantz. Y, en uno de los mejores episodios del libro, un prodigioso niño de campamento yasesino de mosquitos -el eufórico y trágico Martin Stark- que deslumbra a Breavman, así como la evocación epifánica y redentora de la nieve de la infancia. «Cohen comprendió entonces que la autobiografía podía ser el más ficticio de los géneros», apuntó Sylvie Simmons en«Soy tu hombre», su biografía de Cohen. No fue el primero ni el único, claro.

Antes de sus canciones, era escritor, reconocido rimador y «bon vivant» en la bohemia

Joyce retorna en «Hermosos perdedores», pero ya es el Joyce de «Ulises» y «Finnegans Wake» invocando el sacro espectro de la santa y mohawk canadiense Kateri «Catherine» Tekakwitha hechizando y trazando desde el siglo XVII el triángulo amoroso de un folklorista canadiense sin nombre, su esposa aborigen y suicida Edith (aplastada por elevador descendente), y su mejor amigo, F, miembro del Parlamento de Quebec y líder del movimiento separatista. Los tres están obsesionados por «ser otra gente» y por ellos reza ésta más plegaria desesperada que novela que ya empieza a sonar como a una canción por venir llamada «Famous Blue Raincoat». Y, sí, hay mucho sexo oral y anal y masturbatorio (y la ambición de alcanzar el orgasmo mediante la lectura de prosa porno pero sin ningún tipo de contacto físico), y muchas drogas anfetamínicas y cambio de persona narradora y punto de vista y coqueteos con el realismo mágico y largas parrafadas experimentales y ganas de vanguardia y, ah, jabones de composición nazi y un legendario «vibrador danés» con vida propia o algo así.

Pastillas de colores

También aparece Kant. La novela que continúa los jadeos de Henry Miller y anticipa los de Harold Brodkey -y que Cohen escribió a toda velocidad, con Ray Charles sonando al fondo, ensombrecido por la certeza de «ser un fracaso y prometiendo matarme en el preciso momento en que dejase de cubrir las páginas de negro», y practicando ayuno excepción hecha de pastillas de muchos colores- fue considerada muy escandalosa en su momento por sus muy sudadas escenas de demasiadas camas. Su editor se preguntó si «valdrá la pena pasar el resto de mi vida en la cárcel por tu culpa, Leonard», muchas librerías se negaron a venderla, algún crítico la catalogó como «lo más degenerado jamás escrito», otro la definió como «un Almuerzo desnudo inteligente», y acabó siendo considerada «libro canadiense del año». Hoy es entendida como de culto y canónica y pilar del modernismo canadiense. Cohen prefirió sentirla como «el Bhagavad-Gita de 1965». También es una feroz sátira / celebración de los excesos de los años sesenta.

Experimental y maldito

Puestas ahora una junto a otra -releídas en perspectiva- puede pensarse que Cohen metió en ellas todo lo que le interesaba contar dentro del formato novelístico. Ambas funcionando -presentando lo tradicional y picaresco con lo experimental y maldito- como Yin y Yang, como Cara y Cruz, como Alfa y Omega. Los extremos in extremis. Y misión cumplida.

Luego, ya se sabe: Cohen se las arregló para vencer una timidez patológica en público, se colgó a una guitarra, y en 1967 salió al ruedo con su primer y ya fundamental álbum («Songs of Leonard Cohen»), donde volvían sus mujeres y musas que te daban la bienvenida sólo para que tú pudieses despedirte de ellas. Después subió a lo más alto de su« Tower of Song» y allí vivió y desde allí cantó hasta hace un año y para siempre.

«Hallelujah».