Azorín, visto por el artista Javi Al Cuadrado
Azorín, visto por el artista Javi Al Cuadrado
LIBROS

Lecciones de Azorín

En el 50 aniversario de la muerte de José Martínez Ruiz, Azorín (Monóvar, Alicante, 1873-Madrid, 1967), recordamos al escritor del lenguaje preciso, de los paisajes del alma, de la pasión por España

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Actualmente, creo, muy pocos leen a Azorín. No es un caso aislado: casi nadie, en España, lee a los clásicos, si no es por estricta obligación pedagógica. La etiqueta de academicismo es un manto demasiado pesado para que los nuevos lectores los prefieran a la última fruslería. Por eso, en muy pocas librerías españolas sigue habiendo un fondo apreciable de autores clásicos. Así nos va...

De poco sirvió la llamada de atención de Mario Vargas Llosa al elegir como tema de su discurso de ingreso en la Real Academia Española, el 15 de enero de 1996, «Las discretas ficciones de Azorín»: «Uno de los más elegantes artesanos de nuestra lengua y el creador de un género en el que se alían la fantasía y la observación, la crónica de viaje y la crítica literaria, el diario íntimo y el reportaje periodístico, para producir, condensada como la luz en una piedra preciosa, una obra de consumada orfebrería artística».

Además del disfrute por la belleza literaria, ¿qué puede aportar Azorín a un lector actual? Por lo menos, cinco cosas.

1. EL ESTILO

Para un lector actual, Azorín es, ante todo, un maestro de estilo (así lo definía José María Martínez Cachero). Se trata de una de las aportaciones indiscutibles de los escritores del Noventayocho: la superación de la retórica (Castelar, como referencia) que amenazaba a los prosistas decimonónicos. A partir de Azorín (la precisión) y Valle-Inclán (la musicalidad), la prosa española cambia de signo. (Ortega vendrá luego a corroborarlo, con su seductora brillantez).

¿Qué cualidades posee el estilo de Azorín? Ante todo, la claridad, el orden: frases cortas, separadas por puntos. Dentro de cada frase, la secuencia lógica: sujeto, verbo, predicado. Es decir, algo que parece sencillo pero que no lo es. Ahora mismo, cuando leo artículos (¡hasta en ABC!) con párrafos inacabables, de muchas líneas, que nos hacen perder el resuello y la ilación de las ideas, me acuerdo de Azorín.

Este estilo azoriniano tiene un valor pedagógico clarísimo. Un genio literario (Cervantes, Quevedo, García Márquez) puede escribir párrafos tan largos como desee. El común de los mortales (los «media cuchara», decía, con gracia, Fernán Caballero) debemos pensar en los lectores, respetando el orden y la lógica. Es una lección que vale para todo el que tenga que redactar un texto: estudiantes, abogados, empresarios, periodistas…

Dice Azorín: «Hay en todo momento una palabra, la palabra precisa, ésa y no otra»

Se cuida mucho Azorín de elegir las palabras adecuadas. No es un afán de purismo o de epatar al personal (la prosa sonajero, que dice Juan Marsé, que nos embeleca: algo tan hispánico) sino de buscar la exactitud. Coincide con escritores tan grandes como Stendhal o Maupassant, con su ideal de «le mot juste». Lo define Azorín, en «El escritor». «Hay en todo momento -cuando estamos frente a las cuartillas- una palabra, la palabra precisa, ésa y no otra». Y lo compara bellamente con un pescador, que lanza al mar su caña pero sólo busca, en cada momento, un único pez…

2. EL PAISAJE

A Azorín también se debe otra de las aportaciones fundamentales del Noventayocho: el redescubrimiento del paisaje español. (Véanse, por ejemplo, sus libros «Castilla» y «El paisaje de España visto por los españoles»). Antes de este grupo de escritores, se solía cantar, en nuestra literatura, los paisajes más pintorescos: las montañas de Cantabria, los verdes prados de Asturias… Azorín nos enseña a valorar bellezas menos llamativas: ante todo, la sobriedad del paisaje castellano. Sus líneas rectas («¡en Castilla no hay curvas!», clamará luego Ortega) conducen nuestra mirada hacia el cielo; la llanura manchega nos lleva a revivir «El Quijote»; la sobriedad de Ávila, al anhelo místico de Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Porque el paisaje de Azorín no es una postal pintoresca o una fotografía de calendario sino algo interior, un estado de ánimo: «paisajes del alma», como define Unamuno. Algo que viene de Petrarca («solo e pensoso i più deserti campi…») y que llega hasta el impresionismo y Virginia Woolf.

3. ESPAÑA

Como todo gran escritor, Azorín no sólo describe: abre nuestros ojos, nos enseña a mirar. Igual que los grandes pintores (la catedral de Rouen de Monet, el Támesis de Turner) y los grandes cineastas (la Inglaterra shakespiriana de Orson Welles, el Manhattan de Woody Allen).

A comienzos del siglo XX, los poetas modernistas buscan los adornos exóticos: cisnes, pavos reales, «chinoiseries», jardines renacentistas, jóvenes de larga cabellera rubia… Una síntesis de elementos, que añaden refinamiento a las «fiestas galantes». Azorín, en cambio, se concentra en España y analiza minuciosamente todas las realidades nacionales. Nos enseña a mirar con amor a España (algo, por desgracia, tan contrario a la moda actual): pueblos y ciudades, rutas, ventas, casas modestas, aperos de labranza, cacharros de cocina… Toda una cultura tradicional que la televisión, la llamada globalización y el papanatismo ignorante han sepultado en el olvido. También por eso conviene volver a leer a Azorín.

4. PRIMORES DE LO VULGAR.

Acertó Ortega al definir a los jóvenes del Noventayocho: «Si una ametralladora escribiera, tuviera una opinión, se parecería mucho a la de los personajes de Baroja; Azorín, en cambio nos deleita con «primores de lo vulgar». Para lograr una literatura valiosa, no hace falta elevarse a los «grandes temas» o utilizar un estilo pomposo, retórico. Cualquier elemento de la realidad cotidiana puede dar lugar a una obra de arte. (La poesía contemporánea continuará por ese camino: Salinas cantará a las «Underwood girls», las teclas de la máquina de escribir; Dámaso Alonso, a «los mosquitos, los puñeteros mosquitos»; Rafael Morales, al cubo de la basura…). Para el escritor, la realidad -decía Virginia Woolf- es sólo un trampolín para saltar más lejos.

No solo describe, abre nuestros ojos, nos enseña a mirar. como los grandes pintores

Cuando el joven Maupassant pidió consejo a Flaubert, éste se limitó a señalarle un armario lleno de cachivaches y pedirle que lo describiera. En la misma línea, Azorín, de chico, tomaba un cuaderno, se sentaba sobre una piedra, en medio del campo, e intentaba describir lo que veía.

Para que esta manera de escribir no conduzca a un realismo superficial y aburrido, hacen falta dos cosas: aguda sensibilidad y dominio del lenguaje. En las dos es maestro Azorín: al reflejar lo que ve, sus pinceladas impresionistas alcanzan -dice Federico Jiménez Losantos- el temblor lírico de un haiku.

5. «VIVIR ES VER VOLVER»

El tiempo es central en Azorín, como en la gran literatura contemporánea. («Ser y tiempo», tituló Heidegger su obra). Con una importante peculiaridad: todo cambia y todo se repite. La contradicción es sólo aparente: pasan las modas, los trajes, las costumbres; permanece lo que es propio del ser humano, en todas las épocas: el dolor, la necesidad de consuelo.

Así lo proclama Azorín, en el prólogo de «La Voluntad»: «La multitud acongojada, eternamente ansiosa, acudía (…) a implorar consuelo y piedad, como hoy…».

Lo mismo dice en el capítulo «Una ciudad y un balcón», de «Castilla»: «¡Eternidad, insondable eternidad del dolor! Progresará maravillosamente la especie humana (…) siempre habrá un hombre con la cabeza, meditadora y triste, reclinada en la mano. No le podrán quitar el dolorido sentir…».

Este aparente relato ha culminado en una cita de Garcilaso. Así es la crítica literaria de Azorín: sin erudición, con enorme sensibilidad, siente (y nos hace sentir) a los clásicos como seres vivos, que prolongan hasta nosotros su biografía. «Calixto y Melibea se casaron» -dice- pero su hija, Melisa, ve venir un halcón y a un joven, que le dice palabras de amor. En el «Quijote», el admirable Caballero del Verde Gabán tiene un hijo que se aburre, en casa, y ha de salir a correr su propia aventura...

«Vivir -nos dice Azorín- es ver volver». Como las nubes: siempre iguales, siempre distintas.

Lenguaje preciso, paisajes del alma, pasión por España, sensibilidad para lo aparentemente pequeño, conciencia de la temporalidad… Son algunas de las muchas lecciones que nos sigue ofreciendo el maestro Azorín a los cincuenta años de su muerte.