Ernesto Agudo
LIBROS

Laurence Rees: «El antisemitismo no fue clave para que Hitler ganase las elecciones»

Ensayos y documentales, posteriormente convertidos en libros, avalan la trayectoria y la audiencia del historiador Laurence Rees. En «El Holocausto», su último trabajo, aborda el odio hacia los judíos en la Europa de principios del siglo XX

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Después de pasar un cuarto de siglo dedicado al estudio del partido nazi, Laurence Rees (Ayr, Reino Unido, 1957) padece la maldición de aquel que es erudito en una época tan controvertida como la que se desarrolló en la primera mitad del siglo XX. «Mi trabajo entra en la vida de la gente para deprimirla», afirma sin ambages a ABC Cultural. No le falta razón al británico, pues las vilezas perpetradas por el «cabo bohemio», como tildó con sorna el presidente Paul von Hindenburg a Adolf Hitler en los años 30, superarán siempre el largometraje más sádico ideado por cualquier cineasta. Quizá por ello expertos como él se esfuerzan en recordar al mundo que, hace poco más de ochenta años, la sociedad aupó democráticamente a un líder perturbado al poder.

En su última obra (El Holocausto. Las voces de las víctimas y los verdugos, Crítica, 2017), resultado de 25 años de investigación y decenas de entrevistas, Rees utiliza precisamente esa animadversión racial como hilo conductor para narrar un viaje delirante: el que llevó a cabo el mismo Hitler. Ese líder que pasó de ser un pintor, que buscaba desesperadamente vender sus lienzos a marchantes de arte judíos, a ponerse una Walther PPK en la sien derecha el 30 de abril de 1945, orgulloso de haber asesinado a seis millones de ellos. Laurence Rees, además, se adentra en la mente de un führer que, antes de abrazar la cancillería del Reich el 30 de enero 1933, tuvo que modular su discurso para que una sociedad que no era racista le otorgase su confianza.

Pilares básicos

Rees se retrotrae hasta el nacionalismo germano más primigenio para explicar las raíces del antisemitismo que Hitler trató de canalizar en su favor. Hasta el ideal «völkisch», en auge en Alemania a finales del siglo XIX. Un «concepto racista de nacionalismo a partir del cual se desarrollan las ideas de una raza dominante, la superioridad de un pueblo y los reclamos especiales de la “raza” germana», según explica el historiador Wolfgang Benz en su extensa obra Alemania, 1815-1945. Laurence Rees por su parte, es partidario de que este movimiento social (basado en la importancia del folclore alemán y en la preponderancia del campesino que trabajaba la tierra de la patria) dejó fuera a los judíos teutones. Estos se afincaban por entonces en las ciudades para «abrir grandes almacenes y crear industrias».

Sobre el «völkisch» se armó poco a poco un antisemitismo que, según afirmó Hitler en Mein Kampf (escrito en 1924), le cautivó desde que era un adolescente que vagabundeaba por las calles de Viena tratando infructuosamente de acceder a la Academia de Bellas Artes. Toda una falacia para Rees, partidario de que el futuro führer forjó su odio a los judíos muchos años después.

-¿Era Hitler antisemita antes de la Gran Guerra?

-Hay muy pocas evidencias contemporáneas que demuestren que era antisemita antes de la Primera Guerra Mundial. Considero que lo que intentó con su libro es lo que hicieron muchos políticos: crear una historia que apoyase sus creencias. Él entendía que, si quería convertirse en un gran hombre, no podía dar la impresión de que había dado tumbos ideológicos a lo largo de su vida.

En cualquier caso, para el cineasta fue «tras la Revolución rusa cuando comenzó a forjar esa fantasía de que los judíos estaban conspirando entre bambalinas».

Los datos avalan la teoría de Rees, pues por entonces el racismo no estaba generalizado en Alemania. Así lo demuestra que en el Reichstag de 1893 apenas hubiera dieciséis representantes electos de grupos antisemitas (lo que suponía un 5% del apoyo popular). De hecho, es necesario avanzar en el calendario hasta 1919 para hallar el primer documento en el que un Hitler ya veterano de la Gran Guerra dio a conocer su odio hacia los judíos. Lo hizo en una carta de un valor histórico increíble dirigida al soldado Adolf Gemlich: «Vive entre nosotros una raza no alemana, una raza extranjera, que ni está dispuesta a sacrificar sus características raciales ni es capaz de hacerlo… y sin embargo posee todos los derechos políticos, al igual que nosotros».

Adolf Hitler, en 1931
Adolf Hitler, en 1931-ABC

Para Laurence Rees es más plausible que el antisemitismo del germano explotara entonces. «Hitler se quedó destrozado, como muchos otros, por la pérdida de la Gran Guerra. No pudo entender la derrota. A partir de entonces buscó motivos y chivos expiatorios. Así fue como comenzó a creer que los judíos estaban conspirando y que eran una fuerza masiva y malvada», concreta.

A su vez, Rees afirma que en esta época Hitler comenzó a dar sus primeros pasos en el mundo de la política de la mano de Dietrich Eckart, su particular cicerone en el Partido Obrero Alemán (futuro Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, o NSDAP) a partir de la década de los 20.

-¿Usó Hitler en los años 20 el antisemitismo para posicionarse políticamente?

-Sí. En 1921, Hitler afirmó que la judía era la cuestión central para la seguridad nacional del momento y que sólo podía ser resuelta mediante la fuerza bruta. Por entonces, creía que su único propósito era lidiar con este problema de una forma o de otra.

Cambio de discurso

En julio de 1921, Hitler ascendió a la cabeza del NSDAP y logró atraer hacia sí a personajes tan populares posteriormente como Heinrich Himmler (futuro jefe de las SS). Un pobre diablo de veintitantos años que, a pesar de no haber combatido en la Gran Guerra, decía querer vengar la derrota de su país. De la mano del «cabo bohemio», el partido vio como su número de asociados aumentaba hasta 55.000 a finales de 1922. Las cifras enardecieron tanto al nuevo líder que el 9 de noviembre de ese mismo año, se dispuso a dar un golpe de Estado con una marcha sobre Múnich similar a la que había aupado al poder en Italia a Mussolini en octubre. Para su desgracia, la policía plantó cara a los revolucionarios abriendo fuego contra ellos cerca de la Feldherrnhalle. La aventura nazi terminó con 16 de sus miembros inertes sobre el pavimento y con Hitler arrestado, juzgado y encarcelado el 1 de abril de 1924.

Adolf Hitler, tras alcanzar el poder en 1933
Adolf Hitler, tras alcanzar el poder en 1933-ABC

En diciembre, el cabecilla salió de prisión y entendió que la fuerza no le ayudaría a tomar el poder. «Si ganarles a votos requiere más tiempo que ganarles a tiros, al menos el resultado estará garantizado por su propia Constitución», llegó a afirmar Hitler. Así fue como radicalizó su discurso antisemita para tratar de alcanzar la cancillería.

Ante la pregunta de si su antisemitismo catapultó a Adolf Hitler hasta el poder, Laurence Rees resume que «la mentalidad antisemita no fue determinante para que ganara las elecciones. En 1928 llevaba siete años siendo el líder del partido y consiguió apenas un 2,6% de los votos. Por entonces no paraba de hablar de los judíos. Con ese discurso el 97% de los alemanes no le apoyó.

Cuatro años después, sin embargo, todo cambió y se convirtió en el jefe del partido más grande del país.

-¿Cómo logró el apoyo del pueblo?

-No lo consiguió gracias al antisemitismo. De hecho, si se estudian sus discursos de aquella época, se puede ver que no hablaba apenas de los judíos. Se limitaba a cargar contra los peligros del bolchevismo, ensalzar la unidad nacional y afirmar que la democracia estaba destruyendo Alemania.

En palabras de Rees, «eso no significa que ocultara que era antisemita, pero simplemente le “bajó el tono” al asunto». Así, en 1930, Hitler afirmó que «no tenemos nada contra los judíos decentes; solo cuando conspiran con el bolchevismo». Ese cambio de tono le permitió conseguir el 37% de los votos en las elecciones generales de 1932 y, tras varias maniobras políticas, ser nombrado canciller. El resto, como se suele decir, es historia y se puede leer en El Holocausto.