Krystian Lupa
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TEATRO

Krystian Lupa: «Nunca me ha gustado demasiado Shakespeare»

El gran director de escena polaco ha pasado fugazmente por Madrid mientras prepara en Varsovia su aproximación a «El proceso» de su admirado Franz Kafka

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Krystian Lupa (Jastrzebie Zdroj, 1943) es un polaco alto y enteco, un punto desgarbado. El senatorial empaque de su pelo y barba canosos no logra ocultar una chispa de travesura infantil que baila en sus ojos y aletea en el flequillo desordenado que gasta. Está enredado en un montaje de «El proceso» de su admirado Kafka que estrenará el 15 de noviembre, un proyecto en el que se han confabulado cuatro teatros de Varsovia para que salga adelante después de que Lupa lo paralizara hace más de un año por la defenestración «política» de Krzystof Mieszkowski –el idioma polaco no ahorra en consonantes– al frente del Teatro Polski de Wroclaw. Como por esto pagos hiciera Albert Boadella con el «Molt Honorable» Pujol, Lupa compara a Jarosław Kaczyński, presidente del partido Ley y Justicia (PiS en sus siglas polacas), actualmente en el poder en Polonia, con el dictadorzuelo Ubú construido por Alfred Jarry sobre los mimbres de Macbeth.

Su paso por Madrid hace unos días fue visto y no visto. Inauguró en la Facultad de Filología de la Complutense el Congreso de la Plataforma TEAMAD y poco después voló a Varsovia. Pese a las prisas, este respetadísimo y aplaudido mundialmente director teatral sacó tiempo para contestar a unas preguntas de ABC Cultural.

-¿Por qué después de iniciar estudios de Física, Bellas Artes y Cine se decantó por el teatro?

-Por casualidad. Yo era un niño con muchísima imaginación, que daba prioridad a la fantasía sobre la realidad. Ningún país me gustaba, así que me inventé mi propio país, su historia y su idioma, e incluso dibujé su territorio. Cuando terminé el instituto quise estudiar Bellas Artes, aunque mi padre se opuso, por eso me decidí por la Física, que era mi segunda opción. Pero como cuando se me obligaba a hacer algo, aunque me gustara, dejaba de gustarme, pasé sucesivamente por Bellas Artes y Cine. Estudiaba el primer curso en la Escuela de Cine de Lodz y me sentí poderosamente atraído por el teatro. Hice algún montaje universitario y en seguida sentí que el trabajo con los actores, donde hay que crear algo de una forma más lenta que en el cine, era para mí mucho más satisfactorio. Diría que ese recorrido lo hice a ciegas, como si fuera siguiendo el rastro de un perfume a través de varias estancias y en cada una de ellas encontrara la puerta que me llevaba a la siguiente.

«Mi trabajo con los actores me fascina. Vendría a ser el de una comadrona»

-Se dice que su relación con los actores es bastante especial.

-Me gusta ver cómo interactúan y su energía se libera como en una sesión de espiritismo hasta llegar a la conclusión de que podemos comenzar a entrar en contacto con la realidad. Detesto partir de algo fijo, establecer una especie de partitura, porque de ese proceso sale un teatro formalizado que no tiene vida. Quiero que los actores exploren sus paisajes interiores en una suerte de monólogo y asuman lo que perciben del exterior sin haberlo digerido. Es fascinante cuando se ponen a trabajar en esa sesión de espiritismo hasta lograr acceder al misterio que hipnotiza y fascina al espectador. Tienen que interpretar los subtextos, lo que no está a la vista, llegar al magma de los personajes. Mi trabajo vendría a ser el de una comadrona para los actores. Un actor bien afinado interpreta con todo su ser humano.

-Ha dirigido muchos espectáculos a partir de novelas, sobre todo de Thomas Bernhard, ¿no encuentra material dramático que le interese?

-Hay muchas piezas teatrales que pueden ser calificadas de obras maestras, y nada tengo contra ellas. Pero me gustan las novelas porque no tienen la huella del teatro, es decir, ese propósito implícito de ser representadas, y eso hace que el autor tenga un horizonte más amplio que abre muchas posibilidades. Por otra parte, me atraen los textos que en teoría no se pueden llevar a escena, es un reto demostrar que sí es posible hacerlo. En las novelas de Bernhard hay cosas imposibles de trasladar a un escenario, personajes descritos a través del monólogo interior; hay que trabajar como un detective para averiguar lo que dicen en realidad detrás de ese antifaz de palabras.

«Era un niño con muchísima imaginación, que daba prioridad a la fantasía sobre la realidad. Ningún país me gustaba, así que me inventé el mío propio»

-¿Por eso nunca ha montado un shakespeare?

-La verdad es nunca me ha gustado demasiado Shakespeare, aunque por supuesto creo es una gran personalidad del teatro universal. He visto muchos montajes de sus obras que me han llegado muy hondo, me parece que es un gran genio del teatro dramático si consideramos teatro dramático esa tradición que surge de la antigüedad, es una especie de Sófocles del nuevo drama. Pero, por otra parte, considero que se ha representado a Shakespeare tantas veces que yo no estoy obligado a hacerlo. Si un día se me ocurriera que hay algo que todos los que han montado obras de Shakespeare no han visto y yo sí, entonces lo haría.

-Una curiosidad, ¿sigue vinculado al país imaginario de su infancia porque continúa sin gustarle ninguno?

-Si en Polonia continúan pasando las cosas que están ocurriendo, es probable que en el futuro tenga que volcarme en ese país de mi imaginación cuyo nombre es Yuzkunia y cuya capital se llama Yelo, unos nombres inventados, porque de niño imaginé también su lengua y durante mucho tiempo estuve subyugado dibujando sus mapas. Estas fantasías me ocuparon durante todo el periodo del instituto y luego en la universidad. Ahora son las puertas que me llevan a distintas cosas. Incluso hoy tengo sueños en los que ando por las calles de Yelo.