LIBROS

Karl Ove Knausgård de la A a la Z

El escritor noruego no deja indiferente a nadie. Conocido por «Mi lucha», monumental novela autobiográfica de seis tomos, esta radiografía deconstruye sus complejidades y tormentos

Knausgard en un retrato de 2009 realizado en Malmö, Suecia
Knausgard en un retrato de 2009 realizado en Malmö, Suecia

La lluvia es siempre una promesa de cambio, y el quinto tomo del monumental proyecto Mi lucha, llamado precisamente Tiene que llover, está lleno de las promesas que se hace un chico de veinte años -temeroso, ingenuo, tímido -que llega a Bergen para ser escritor. Se llama Karl Ove y está extrañamente contento. Lo de extrañamente viene porque él no es, digamos, alguien que se maneje bien en la euforia, pero ha sido admitido en la Academia de Escritores y eso es más de lo que cualquier jovencito de su edad puede esperar: «Me recorrió una oleada de felicidad. Era la lluvia, eran las luces, era la gran ciudad. Era yo mismo, sería escritor, una estrella, una luz para los demás».

El deseo de escribir es la brújula que guía a Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968) a lo largo de las páginas de este penúltimo tomo, uno de los más brillantes, intensos y reveladores -recuerda al segundo, Un hombre enamorado- en el que nos adentramos en su vida de adulto y de nuevo nos convertimos en voyeurs incapaces de apartar la mirada de ese particular peep show en el que se va desnudando y en el que todo -la literatura, la vida, el amor- parece estar a punto de llegar.

De la A a la Z: (partiendo de Tiene que llover y otras consideraciones generales)

Academia de Escritura: Haber sido aceptado en la Academia de Escritura probaba que Karl Ove Knausgård tenía talento, ahora quedaba lo más difícil: demostrarlo. La Academia es aquí una promesa de cambio, la posibilidad de mudar la piel de chico ingenuo y que aparezca el escritor.

Bergen: «Los catorce años que viví en Bergen, de 1988 a 2002, concluyeron ya hace mucho, no queda ni rastro de ellos, salvo episodios que tal vez recuerden algunas personas, un flash en una cabeza por aquí, un flash en otra cabeza por allá, y, claro está, todo lo que mi memoria conserva de aquella época. Pero es sorprendentemente poco». Las relucientes calles de la segunda ciudad más grande de Noruega dan para 700 páginas, lo que no viene a ser poco.

Cerveza: Bebe -cervezas y vino- hasta perder el control. El alcohol lo convierte en otra persona y a menudo en un monstruo.

Dolor: En escena aterradora, Karl Ove se encierra en el baño y se hunde un cristal en la mejilla hasta hacerse un corte profundo: «Había placer en el dolor». No soporta que la chica con la que está saliendo, Tonje, hable con su hermano y parezca pasárselo mejor que con él.

Escribir: Es lo único que desea y, sin embargo, «yo no era escritor. No tenía lo que tenían los escritores (…). Lo más probable era que John Fosse tuviera razón, seguramente mi talento estaba en escribir sobre literatura, no en escribir literatura en sí».

Fracaso: A ese sueño, al de escribir, lo atenaza el fantasma del fracaso. «¿Estaría yo allí con cuarenta años, contando a los jóvenes estudiantes que aparecían y desaparecían en las sustituciones que en realidad tendría que haber sido escritor? ¿Te apetece leer un relato mío? Fue rechazado por la editorial, pero solo porque son tan jodidamente convencionales que no se atreven a jugarse el tipo por alguien que arriesga todo».

Geir: poco dado a las efusividades, Geir es su mejor amigo, el Jan Vidar de la edad adulta.

El quinto tomo, «Tiene que llover», recoge las promesas de un joven que oposita para ser escritor
Humillación: «Cada mañana sentía en mi cuerpo la humillación, con ella empezaba el día, y aunque se iba desvaneciendo conforme las rutinas me iban colocando en un mundo diferente, el verdadero, la sensación de ser humillado y rebajado estaba siempre presente, y hacía falta muy poco para que se inflamara de nuevo y me quemara el interior, abrasando todo mi jodido yo».

Isla: Los fiordos y las islas son constantes geográficas de Mi lucha. Pero también en un nivel íntimo, él se siente una isla frente a la muerte: «Nosotros mismos éramos islas de vida».

Jamás: «Jamás lo conseguiría». Escribir, amar, ser feliz. El joven Knausgård tiene sobre todo un enemigo y es él mismo y sus auto-sabotajes.

Kinstugi: El arte del Kintsugi no aparece en ninguno de los cinco tomos publicados. Y sin embargo, esta práctica japonesa que repara fracturas de la cerámica con resina resume la obra de Knausgård. Los grandes defectos son las más grandes virtudes. La cicatriz se convierte en una ocasión para enfrentarnos al mundo.

Linda: al empezar a escribir Mi lucha decidió no hacer concesiones y contar toda la verdad, aunque doliera y afectara a otros. Uno de los personajes que sale peor parado es su mujer y madre de sus tres hijos, Linda, también escritora, de la que actualmente se está separando.

Llorar: Cuando descubre que su hermano está saliendo con la chica que le gusta, cuando, completamente ebrio, le tira un vaso a la cara a su hermano que está a punto de dejarlo ciego, cuando le es infiel a su novia, cuando muere su padre. Nadie llora con la intensidad con que lo hace Knausgård.

Máquinas de Kafka: Así se llama el grupo de música que forma con Yngve, su hermano, y en el que Karl Ove toca la batería.

Nueva York: A su paso por la ciudad de Nueva York para la promoción de Mi lucha, el Wall Street Journal lo comparó con Brad Pitt. «Separados al nacer», decían los titulares. Extraña comparación.

Orejas: «Tienes unas orejas increíblemente bonitas», le dice como declaración de amor a Tonje, la que sería su novia.

Padre: La ausencia del padre es uno de los grandes temas. En Tiene que llover, éste se negará a ir a la boda de Karl Ove con su primera mujer, Tonje, por mucho que su hijo se lo implore al otro lado del teléfono. «Me tenía atrapado de alguna manera, y no me soltó nunca».

Quiero, te: Leyendo sus libros, se tiene la sensación de que nunca dice las cosas en el momento que debería. O es pronto o se ha hecho demasiado tarde: «-Te quiero -dije. Ella se quedó rígida y me miró casi asustada. Se dio la vuelta, quitó la tapa de la otra cacerola y pinchó con una pequeña aguja una patata que se movía en el agua burbujeante. El vapor subía a chorros».

Risa: No se siente cómodo en la felicidad y el sexo, es como si únicamente fuera el dolor el que le permitiera ser él mismo. «En aquella época me molestaban sobre todo dos cosas. Una era que me corría enseguida, a menudo antes de que hubiese ocurrido nada, la otra era que no me reía nunca».

Selfie: Un periodista del The Guardian definió Mi lucha como un «selfie gigante».

Tonje: Tonje Aursland, su primera mujer, cuyo noviazgo se cuenta aquí, realizó un documental radiofónico acerca de la dificultad de haberse convertido en un personaje de Mi lucha.

Ulises: «Sobre el concepto de intertextualidad con una mención especial a Ulises, de James Joyce» es el trabajo de fin de curso de Karl Ove.

Vergüenza: cuando entrega sus primeros poemas, que no están a la altura. Al no recordar lo que hizo la noche anterior. «¡Qué vergüenza!».

Wood, James: «Incluso cuando me aburría, me interesaba», escribió este crítico del New Yorker. Una paradoja que, sin embargo, se ha repetido en muchas otras reseñas.

X: En la ecuación Knausgård, en estas 3.600 páginas hay una X enorme siempre irresuelta que lanza destellos ahí donde miremos. Creemos conocerlo como si fuera nuestro amigo y, sin embargo, ahí sigue, absolutamente fuera de nuestro alcance.

Yngve: el hermano mayor. Protector y menos atormentado que Karl Ove. Sensible, un amante de la música que recoge a su hermano del suelo de interminables borracheras.

Z: La muerte del padre, el primer tomo de Mi lucha, empieza así: «La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede». Habrá que esperar un año para leer la última frase y será entonces momento de buscar el dibujo escondido tras estas 3.600 páginas. Por eso, la Z aquí no es un final sino un inicio.

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