LIBROS

Karl May, un alemán en el Oeste

Espuela de Plata comienza a recuperar «Winnetou», la serie más famosa de Karl May (1842-1912), uno de los autores germanos más populares de todos los tiempos

Karl May ataviado como su personaje Old Shatterhand en una imagen de 1896
Karl May ataviado como su personaje Old Shatterhand en una imagen de 1896

Al poco tiempo de nacer, Karl May se quedó ciego, y no recuperó la vista hasta los cinco años. Hemos de imaginar que en ese período de tiempo se formó en él un poderoso mundo interior alimentado por los relatos de su padre y de su abuelo, relatos que no contenían imágenes sino sólo palabras, sensaciones, emociones. Otro dato relevante de su biografía es que antes de conocer el éxito como escritor May se dedicaba al crimen. Nada terrible, por cierto, pequeños robos, timos, fraudes, aunque lo suficiente como para enviarle varias veces a la cárcel. En la de Zwickau se pasó nada menos que cuatro años. Gracias a su buena conducta consiguió el puesto de encargado de la biblioteca de la prisión y se pasaba el día leyendo.

Fue allí donde decidió hacerse novelista y donde elaboró una lista de todos los libros que pensaba escribir en el futuro, el «Repetorium C. May», un documento impresionante que se puede consultar en una página en alemán llamada «Karl May wiki» y que incluye 137 títulos distribuidos en diferentes series, sagas y colecciones. Los títulos son vagos y generales y, por lo que alcanza mi alemán, parecen predecir novelas sentimentales o melodramas. En realidad el éxito lo obtendría escribiendo sobre lugares en los que jamás había estado: el oeste americano y el extremo oriente. Y fue un éxito verdaderamente sonado, ya que Karl May es uno de los escritores más populares y leídos de la lengua alemana.

Vivir aventuras

Recuerdo la gran editorial Molino, que publicaba la mitad de los libros que nos gustaban (la otra mitad los publicaba Juventud), las novelas de Julio Verne, Salgari, Richmal Crompton, Enyd Blyton, los Tres Investigadores (presentados por Alfred Hitchcock) y también las de Karl May. Recuerdo haber leído con pasión y devoción las novelas de Old Shatterhand, el aventurero de fuerza increíble, y su amigo, el joven jefe apache Winnetou, y recuerdo también otras novelas que se desarrollaban en el oeste, las de Fenimore Cooper, las de Mayne-Reid, las del gran J. F. Curwood y mis favoritas, las de Zane Grey. Sí, son lecturas de antaño, cuando el mundo era distinto y nosotros éramos distintos también. No cabe duda de que, por mucho que les duela a los alemanes, Karl May no es Verne, ni Curwood, ni Salgari, ni mucho menos Jack London, pero hecha esta salvedad, hemos de decir que la fascinación de antaño continúa.

«El cazador de las llanuras» describe la llegada del protagonista (Karl May escribía siempre en primera persona) al oeste, un joven alemán con una sólida formación literaria que quiere vivir aventuras para luego escribirlas, y «El hacha de guerra» -también recién publicada por Espuela de Plata-, el encuentro con Winnetou, el joven apache, y con su bellísima hermana. Son novelas escritas con desenvoltura y convicción, no exentas de humor, llenas de aventuras y de datos interesantes que Karl May habría encontrado cuando se documentaba para escribirlas. Hay cacerías de bisontes, una épica lucha con un oso gris de las montañas, la aparición sigilosa y solemne de los indios, historias de aprendizaje, traición y amistad.

Karl May nos demuestra que es posible disfrazarse, que es posible inventar lo que no se conoce y hacerlo pasar por real

Pero esto ¿puede hacerse? ¿Es posible escribir sobre una realidad que no se conoce en absoluto y que no se ha vivido? Este es precisamente el tema de «El cazador de las llanuras». El joven alemán protagonista es, de acuerdo con el dictamen unánime, un «greenhorn», es decir, un novato sin experiencia, y sin embargo este «greenhorn» sabe cómo disparar a un bisonte, cómo seguir un rastro a través de la maleza y cómo predecir la actuación de los indios mucho mejor que los más curtidos «westmen» (una palabra, por cierto, que los diccionarios de inglés desconocen por completo). ¿Cómo es esto posible? El joven alemán contesta todas las veces lo mismo: «Lo sé porque lo he leído en un libro». En efecto, por el sencillo procedimiento de leer libros en Alemania se ha convertido en un experto de la vida salvaje en el oeste americano.

Sin imágenes

La idea es fantástica, pero refleja exactamente lo que está haciendo Karl May como novelista. «El cazador de las llanuras» termina con una conversación entre Shatterhand y el viejo y experimentado Hawkes que parece un curso de teoría de la literatura. Hawkes opina que todos esos que escriben sobre el oeste jamás habrán pisado el oeste, y que los que viven el oeste jamás se pondrían a escribir libros. El que lo vive no puede ni sabe contarlo, y el que lo cuenta no puede vivirlo.

Y sin embargo, ahí está el propio Karl May para demostrarnos lo contrario: que es posible disfrazarse, que es posible inventar lo que no se conoce y hacerlo pasar por real. En su carrera como delincuente se especializó en los disfraces: se disfrazaba de policía o de médico para realizar sus pequeños timos. En la presente edición podemos ver una foto del autor disfrazado de Old Shatterhand. Pero ¿acaso es esto la literatura, un arte del disfraz y de la imitación? He hablado de que hasta los cinco años May fue ciego. Estos son libros ciegos y carentes de imágenes. Nada que ver con el esplendor visual y sensorial de Zane Grey, con sus laderas de flores y sus circos de roca. Del paisaje se dice vagamente que había un río, un camino, unos matorrales. Y a pesar de todo funciona. ¿Cómo es posible?

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