Joaquín Achúcarro
Joaquín Achúcarro - R. M. GUALS
MÚSICA

Joaquín Achúcarro: «La música tiene parte de deporte»

El mayor pianista vivo de España acaba de ingresar, a sus 86 años, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando con la energía y el entusiasmo de los viejos tiempos

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De colgar las botas no quiere oír hablar. Joaquín Achúcarro piensa ya en su gira japonesa de 2019, donde tocará (¡con 87 años!) el Segundo de Rachmaninov y los dos conciertos de Ravel. Dotado de una longevidad prodigiosa al igual que su admirado Arthur Rubinstein, Achúcarro es una de las grandes figuras del piano español. Hace unos días, ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, culminando una trayectoria que ante le había hecho merecedor del Premio Nacional de Música y de la Medalla de oro al mérito en Bellas Artes.

El año pasado, tocó en Madrid los dos conciertos de Ravel en una única sesión: una proeza incluso para un pianista de treinta años. ¿Cómo mantiene el tono?

He procurado durante toda mi vida hacer ejercicio suave. Siempre hago un corto paseo en bici: unos ocho, diez, doce kilómetros. También he nadado bastante. No sé si es por eso por lo que he aguantado hasta ahora.

La música es un ejercicio intelectual, pero también físico.

¡Y cómo de físico! Para tocar el Segundo de Bartók, los dos conciertos de Ravel o el Tercero de Rachmaninov, hace falta verdadera potencia física. Es la que yo llamo la parte deportiva del arte musical. Fabricar una interpretación es también establecer una secuencia de movimientos musculares que, aplicados al teclado, producen unos sonidos que conmueven a quien los está oyendo. Hay que encontrar esta secuencia.

¿Cómo se consigue cuando las fuerzas menguan?

Intentas hacer de otra manera lo que antes no te costaba. Encuentras la manera de descargar la energía con el menor gasto.

Pianistas como Arrau o Rubinstein vivieron a partir de los setenta una segunda juventud.

Es que a lo largo de los años se afina muchísimo la percepción de la pequeñas variaciones sonoras y temporales, por ejemplo el rubato. La gente cree que uno aprende las notas y luego les pone la expresión. No. Para poner la expresión hace falta encontrar una técnica.

¿Qué busca Joaquín Achúcarro en el piano?

Busco transmitir energía, poesía, intimidad. También transmitir lo que la partitura pide: alegría, tristeza, melancolía... En casos como Chopin o Beethoven, el universo emocional y energético es tan enorme que uno puede pasarse toda la vida con ellos.

«Con el piano busco transmitir energía, poesía, intimidad. También los sentimientos que la partitura pide»

¿Su compositor para la isla desierta?

Mire. Con el paso del tiempo he descubierto que singularizar es un error. Cada compositor es el más importante. Todos están expresando lo mismo. Lo que hay en el hombre sigue siendo lo mismo, son las mismas emociones. Me interesa abarcar la totalidad del arte. Ahora mismo, me llevaría a la isla desierta el programa que voy a tocar la próxima semana en Jaén: las variaciones de Brahms, unas obras de Chopin, unos preludios de Rachmaninov, el Gaspard de la nuit de Ravel, unos preludios de Debussy. Pero igualmente podría llevarme la Quinta de Beethoven, una sinfonía de Mozart, el cuarteto de Debussy, La muerte y la doncella de Schubert...

¡Usted a la isla desierta se lo llevaría todo!

Todo lo que quepa en mi cabeza.

Mientras, no deja de estudiar piezas nuevas.

A mi edad, no debería estar estudiando cosas nuevas, pero sigo haciéndolo. Ahora mismo estoy preparando un preludio de Chopin. Dura poco menos de un minuto; se descubrió en 1918. Y lo estudio como lo hacía de joven: con el mismo método y el mismo entusiasmo.

¿Es para un concierto o para disco?

Un disco. En los próximos meses grabaré un monográfico dedicado a Chopin. Estarán los Preludios op. 28, el op. 45 y el preludio que le comento, además de la Barcarola y unos nocturnos.

La mayoría de sus grabaciones se concentra en la última etapa. ¿Fue decisión suya o producto de las circunstancias?

Cuando grabas algo, tu deber es hacerlo lo mejor posible. Y lo mejor posible no puede ser estudiando la pieza un mes y tocándola después trozo a trozo. Hay que interiorizar la obra, su mensaje poético y emocional. Y esto sigue la evolución de los años de carrera. Después de haber tocado cuarenta o cincuenta veces la Fantasía de Schumann, entonces sí está uno dispuesto a grabarla. Un disco es el testimonio de lo que has podido hacer con una determinada obra. Lo ofreces con humildad: a algunos les gustará más, a otros menos. Pero solo puedes hacerlo después de haber convivido con una obra mucho tiempo.

Debutó con trece años.

Aquello fue accidental. Era el cincuentenario de la Filarmónica de Bilbao. Mi tío abuelo había tocado el Concierto nº 20 de Mozart el día de la inauguración. Cincuenta años después, ya no tocaba. Al presidente de la Filarmónica se le ocurrió que lo tocara yo, su nieto. Quizá ese fue el momento en que se vio que tenía una especie de talento para abordar esta profesión, que es terriblemente difícil. Pero antes tuve que terminar el bachiller. Después fui a Madrid, al conservatorio. El principio de mi carrera fue la victoria en el Concurso de Liverpool. Tenía veinticinco años. Allí es donde la bola de nieve empezó a rodar.

Vaya si ha rodado.

Sí. Y que no se pare.

Por lo que veo, no se plantea dejarlo.

Sé que ocurrirá. Antes o después tendré que dejar de tocar el piano. Pero no me lo planteo. Mientras las fuerzas aguanten, sigo haciendo lo que tengo que hacer lo mejor que puedo.

¿Le costó quitarse de encima la etiqueta de pianista español?

Al principio rechacé ofertas importantes de tocar repertorio español precisamente para que no me pusiesen el cartel de pianista español. No me gustaba que me encasillasen. Quería seguir tocando Rachmaninov, Beethoven, Brahms. Viéndolo a posteriori, creo que fue una estupidez de mi parte.

«Un disco es el testimonio de lo que has podido hacer con una obra después de haber convivido muchos años con ella»

De todos modos, nunca ha desatendido el repertorio español.

Entiendo que es responsabilidad de un pianista español tocar música española. Además, es un repertorio magnífico. En mis recitales, procuro poner algo español en la segunda parte. Como decía Rubinstein, el recital es un menú. Está el plato principal, antes el antipasto, en medio los entremeses y después el postre. Tiene que haber de todo, en su justa proporción.

Grabó las «Noches» de Falla con la Filarmónica de Berlín y Simon Rattle en el podio.

Estoy muy contento de haberlo hecho. La noche anterior a la grabación, Rattle y yo estuvimos tres horas viendo la partitura. Los dos solos. Creamos un plan de ataque y al día siguiente todo salió fantástico.

¿Con qué compararía un concierto?

Con la pastilla de aspirina. Es un objeto tan pequeño, pero en él cristalizan años de pensamiento, investigación, búsqueda y métodos para conseguirlo. Ocurre también con la orquesta. Cada violín representa el trabajo de un lutier que ha puesto su alma en hacer bien su trabajo, y después vienen las horas que cada músico ha dedicado al estudio de su instrumento. Cada pieza, por su parte, encierra la inspiración de un compositor y, para producirla, ha hecho falta desde la corrección de las pruebas hasta la impresión de las hojas. Y luego vienen la preparación del solista, la incógnita de si saldrá bien o mal, de cómo será la acústica de la sala (yo soy terriblemente sensible a las acústicas secas). Todo este pensamiento humano confluye en el concierto. Es fantástico lo que hay detrás de cada acto que nos parece de lo más simple.