El escritor estadounidense Jeffrey Eugenides
El escritor estadounidense Jeffrey Eugenides - MARTE VISSER
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Jeffrey Eugenides: «Llevo tanto tiempo escribiendo que mi propia vida casi no parece mía»

Veinticinco años después de triunfar en todo el mundo con «Las vírgenes suicidas», su primera novela, el autor estadounidense regresa con una colección de relatos elaborados a lo largo de las últimas tres décadas

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Todo escritor tiene detrás una historia, que puede ser parecida a las que cuenta. O puede no tener nada que ver. En el caso de Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960), su entrega a la narrativa le ha llevado a no saber ya muy bien dónde termina su vida y comienza su imaginación. No obstante, decidió que sería escritor a los quince años. Más de cuatro décadas después, es un autor de culto, aunque sólo haya escrito tres novelas («Las vírgenes suicidas», «Middlesex» y «La trama nupcial»), o quizás por eso. Desde su trono de «rock star» literario, reconoce que sigue poniéndose «muy nervioso» con su trabajo y que, a menudo, se queda «bloqueado». Es entonces cuando escribe relatos como los que ha reunido en «Denuncia inmediata» (Anagrama), que estos días se publica en España.

Annie Proulx dice que es más difícil escribir relatos que novelas. ¿Está de acuerdo?

Sí. Creo que el relato corto es la forma literaria más difícil.

¿Por qué?

Todo tiene que estar en el lugar exacto. No hay sitio para el error. Necesitas mucho control técnico, tienes que saber expresar cosas rápido y en poco tiempo tienes que crear el conflicto, los personajes, la narrativa y la resolución. Es como un cubo de Rubik al que sigues jugando para ver si logras poner los colores en el lado correcto.

El relato que más me conmovió fue el primero.

Está basado en la historia de mi madre. Es la parte que menos conozco de su vida, su larga amistad con una mujer más joven. Como muchos hijos de padres que padecen Alzheimer o demencia, empecé a escribir el relato desde el punto de vista de un niño. Pero pensé que había demasiadas historias así, por lo que intenté escribirla de manera diferente. Al centrarme en esa amistad, logré la distancia que necesitaba.

¿Hasta qué punto son autobiográficos estos relatos?

No lo sé. Tengo opiniones encontradas con respecto a los elementos autobiográficos. Necesitas cierta conexión con tu vida para escribir y lograr que una historia parezca creíble y real. Pero, a menudo, la autobiografía es una especie de tiranía, acaba con la imaginación y limita tu relato sólo a lo que te pasa. Llevo tanto tiempo escribiendo que mi propia vida casi no parece mía; es sólo un cajón de sastre de materiales que uso cuando los necesito para escribir otras historias.

En el relato que evoca la historia de su madre, las protagonistas mantienen esa amistad, en parte, gracias a una novela. Siempre he pensado que nuestro libro favorito dice mucho de quiénes somos.

No sé si tengo un solo libro que esté relacionado con mi vida... Lo primero que me viene a la cabeza es la obra de Philip Roth. Siempre he sentido una importante conexión con su obra. Era un chico muy estudioso que se convirtió en escritor teniendo padres emigrantes, sin formación. Vivía en una ciudad que también atravesaba dificultades; la suya es Nueva York y la mía Detroit.

Hablando de Detroit y de dificultades, hay un tema especialmente presente en los relatos de este libro: la crisis.

Las dificultades económicas de mis personajes son algo que he vivido yo personalmente o a través de mi familia.

¿Y qué me dice del relato titulado «Magno experimento?

Vivía en Chicago durante el Gobierno de George W. Bush, durante el boom económico, cuando el mercado bursátil era alcista y la gente ganaba mucho dinero. No podía entender cómo yo estaba ganando tanto dinero siendo escritor, no empresario. Sentía que el dinero corría a raudales y no sabía por qué. Intuía que se estaba produciendo una burbuja económica. Eso me hizo pensar cómo es la vida de la gente que se dedica a cosas con las que no se gana dinero, en este caso un poeta. Además, entonces estaba leyendo La democracia en América, de Tocqueville, y comparaba su visión de mi país con el EE.UU. de Bush. El relato intenta responder a cómo va el experimento de EE.UU.

¿Y qué pensaría Tocqueville del Gobierno de Trump?

No lo sé. Leyendo a Tocqueville aprendí que las condiciones en las que empezó EE.UU. dependían de lo que él llamaba la «igualdad de condiciones». La mayoría de esos primeros estadounidenses tenía el mismo dinero, el mismo nivel educativo. Eso es fundamental en una democracia, porque significa que la gente no se enemista por las clases o el poder económico. Ahora, la desigualdad es más grande que nunca. A Tocqueville le asombrarían las diferencias en ese aspecto.

García Márquez decía que la única obligación que tiene el escritor es escribir bien. Si es así, ¿qué me dice del compromiso social de la literatura contemporánea?

Siempre he estado de acuerdo con esa opinión de García Márquez. Era periodista y aprendió mucho del periodismo para escribir ficción. Si describes el mundo con precisión, si estás atento a lo que la gente piensa, lo que dice y cuáles son las condiciones de su vida, necesariamente vas a abordar las condiciones sociales y políticas. No creo que la ficción sea el lugar adecuado para plantear un debate político. Si quieres hacer eso, tienes los ensayos, las páginas de opinión o el activismo. Pero la idea, cada vez más generalizada, de que los artistas solo son útiles promoviendo un programa social me parece incorrecta. La razón principal es que la literatura intenta atraer e interesar a la gente. Cuando escribes una novela, se apodera de ti, entras en su mundo y tienes experiencias profundas. Cuando eso desaparece, cuando se convierte en un mero vehículo para la opinión política, es un ejercicio diferente. ¿Quién quiere leer una novela de 400 o 500 páginas si su argumento se resume en dos?

Después de crecer en una ciudad como Detroit, que representa la decadencia del sueño americano, ¿qué piensa cuando echa la vista atrás?

Nacer en una ciudad próspera y crecer mientras sufre una enorme despoblación y problemas económicos es una experiencia profunda. Detroit se derrumbaba, se descomponía, la gente se mudaba, el índice de criminalidad subía, había mucha tensión racial, hubo disturbios en 1967. Crecí en medio de una gran tensión racial y muchos apuros económicos. Fue una visión muy parecida a lo que ha pasado con el Medio Oeste estadounidense: el declive del poder industrial de la región, la disminución de su influencia. Eso ha llevado a cosas que se pueden ver hoy. El resultado de las últimas elecciones fue distinto sólo por un puñado de estados del Medio Oeste, que yo conozco muy bien por haber crecido allí. Sé quién es la gente que cambió su voto, que no votó por Hillary y antes había votado por Obama, sé qué tipo de personas son. Eso me da una visión directa de esa parte del país, de las dificultades que han existido desde hace décadas y que han llevado a la gente a una miseria política extrema y a la infelicidad.