Isabel Muñoz, en la sede de «La antropología de los sentimientos»
Isabel Muñoz, en la sede de «La antropología de los sentimientos» - JOSÉ RAMÓN LADRA
ARTE

Isabel Muñoz: «El sufrimiento no se puede medir, tampoco con una imagen»

En 2016, Isabel Muñoz se alzaba con el Premio Nacional de Fotografía. Su actual muestra en Tabacalera, «La antropología de los sentimientos», es un repaso a los méritos de su trayectoria

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Tres años ha estado trabajando Isabel Muñoz (Barcelona, 1951) en esta muestra de Tabacalera que no quiere que leamos como una retrospectiva. Tres años, en los que se cruzó el Premio Nacional de Fotografía y en los que ha comenzado a volcarse en el audiovisual. En el fondo, para ella, La antropología de los sentimientos es un compendio de sus obsesiones; de su necesidad y deseo por responder a las preguntas eternas (¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?... A la que añade una tercera: ¿Qué le dejaremos a las generaciones venideras?); y una oportunidad para descubrir facetas de esta fotógrafa que alguna vez pasamos por alto o descuidamos.

¿Qué es aquello de usted que aún no conocíamos?

Lo que más me ha emocionado de trabajar con estos comisarios es que han visto cosas que van más allá de lo que estaba contenido en una imagen o serie. Cuesta explicarlo... Cuando tú hablas del otro, siempre estás allí. Quizás lo que potencia la selección es rescatar ese «yo», esos «mis sentimientos», que están en mis lecturas de los otros. Han sido muy valientes.

¿Qué ocurre cuando uno se enfrenta a todo su corpus?

Que constata que es muy obsesiva. Pero para mí, esto ha sido un gran tsunami creativo porque también me ha permitido avanzar, descubrir las posibilidades de las fórmulas audiovisuales, conocer que es lo que hay más allá de una impresión bidimensional.

Las obsesiones no cambian. Quizás sí la manera de enfrentarse a ellas.

Desde luego, está la experiencia. Pero no es sólo eso. Tú vas cambiando. Y me gusta que así sea. Todo ello se refleja en la obra. Sin embargo, he de admitir que no estoy segura de nada, y sí preparada para cualquier cosa. Después de años defendiendo lo analógico, descubro lo digital, como te puede pasar que cambies en el discurso. Por ejemplo, yo nunca pensé hacer naturaleza, porque siempre pensé que ésta es tan mágica que yo no aportaría nada nuevo.

Suelo preguntar a los premios nacionales si su galardón sirvió para algo. En su caso, sí.

Sirve, sí. A mí, para ir más allá de lo que era yo antes del premio. Y me ha sorprendido descubrir su importancia. Es una explosión creativa muy grande: no sólo ayuda a pensar en el pasado, sino que es un gran regalo que te dan para seguir.

Hay quienes piensan que un Premio Nacional tendría que venir aparejado de una gran exposición, y en el Museo Reina Sofía. Usted la tiene aquí. ¿Está contenta?

¿Yo? Desde luego. Primero porque este espacio es maravilloso. Hace dos años se había pensado como Centro Nacional de Fotografía, en un país que lo pide a gritos. Hay generaciones que están desapareciendo, y con ellas, su obra. Pero además es que hay otras más jóvenes que necesitan un lugar para dar voz a lo que hacen. El espacio es importante, pero más aún el poder contar. Es lo que le digo a todo el mundo: «Cuando te den esa oportunidad para hablar, aprovéchala». Soy el mejor ejemplo, que me di a conocer en el Mes de la Foto en París, en una galería de muebles horrible, pero nunca sabes quién la va a ver.

Como lo ha mencionado, le pregunto ahora: ¿Qué sensación le produce saber que esta será una de las últimas expos de este lugar antes de que se convierta en otra cosa?

¿Sabes qué pasa? Que yo soy muy positiva, y hasta que no vea eso, no me lo creeré. Me gustaría que esto fuera el futuro Centro Nacional de Fotografía, y que siguiera gestionado por las personas que llevan luchando por este espacio años. Claro que es importante que se muestre la colección Cisneros. Pero en Madrid hay tantos edificios, que se podría elegir otro para ella.

«Pese a la experiencia, he de admitir que no estoy segura de nada, y sí preparada para cualquier cosa»

Prefiere apuntar que su fotografía no es antropológica, pero en ella está siempre presente el ser humano...

Prefiero que cada uno defina lo mío tal y como lo perciba. No me importa que se diga que es antropológica porque, en el fondo, la antropología es una curiosidad por saber más de nosotros, y eso está en mi trabajo. De hecho, si tuviera que hacer una carrera ahora, estudiaría antropología y sociología.

¿Es el fotógrafo un «voyeur» por naturaleza?

Depende de lo que a ti te diga la palabra voyeur.

Defínamela usted.

Si es una persona que disfruta mirando, no lo diría de un fotógrafo. Éste necesita mirar, pero, en mi opinión, el suyo no es un acto en solitario. Ese acto existe porque hay un otro que lo termina. Si ese otro no existe, para mí no hay un interés por fotografiar. Y voy más allá: si supiera en algún momento que la voz que intento modular con lo que hago no sirviera para nada, dejaría de hacer fotos. Yo necesito ver para luego compartir.

¿Se esconde tras la cámara o se «empodera» gracias a ella?

La de empoderar es una palabra que no me gusta nada...

¡Yo la odio también!

La rechazo porque rechazo el poder, que es oscuro y destroza. Sí que es cierto que el acto de fotografiar se nutre de una energía especial que lo mismo la cámara capta, y que se relaciona con lo que vive el que es objeto de la foto. Me pasó incluso con los primates: ¿Sabes lo que es enfrentarse a una niña que ha trabajado toda la noche en un burdel, y que cuando se planta delante de tu cámara sabe que algo trasciende en el acto fotográfico y saca de no sabes dónde esa dignidad que todos tenemos? La cámara genera una relación especial. Por eso no quiero que sea un filtro: en lugar de dejarme alcanzar ese momento lo entorpecería.

Seguro que le han preguntado muchas veces que por qué el blanco y negro. Yo le preguntaré si sueña usted en color.

Es curioso, porque normalmente soñamos en blanco y negro, pero todos tenemos recuerdos de sueños en los que los colores eran muy potentes. Así es como yo uso el b/n y el color, que empiezo a emplear por dos cuestiones: una, porque voy buscando sensaciones más oníricas, y otra, porque cuando quiero dar voz, el b/n crea intemporalidad y distancia, justo lo opuesto.

Declara que persigue la imperfección. Cualquiera lo diría ante los resultados que le proporciona la platinotipia....

La técnica de los platinos me permite que nunca dos copias sean iguales. Y el hecho de que el proceso sea muy manual y artesanal, potencia las diferencias. Esa es la imperfección a la que me refiero. Por otro lado, nunca sabes si vas a poder repetir una foto porque los colores no serán los mismos.

Audrey Hoareau define la suya como «fotografía paliativa». Ese es un adjetivo, en este caso, muy bonito.

Maravilloso... Mucho de lo que ves aquí es mi forma de «curar» o «curarme» cuando vuelvo de ciertas realidades que forman ya parte de mí para siempre. El corazón vuelve seco y necesita de esos paliativos.

«Si supiera en algún momento que la voz que intento modular con lo que hago no sirve para algo, dejaría de hacer fotos»

«No basta con recoger con la cámara el cielo, la belleza: también hay que retratar el infierno». ¿Cómo se consigue eso con una estética como la suya?

Cuando yo conozco «un infierno», lo primero que me planteo es cómo se lo voy a contar a los demás. Es decir: ¿Cómo se entra en la oscuridad? Yo lo intento actuando como lo hago para vivir. Cuando estamos metidos en un hoyo, buscamos una luz. La diferencia es que esa luz, yo la transformo en imágenes.

¿Se puede decir que cuanto más bella una imagen más oscura su historia?

Yo no me atrevería a decir eso. Quiero que cada historia se transmita tal cual es. El sufrimiento, gracias a Dios, no se puede medir. Tampoco con una imagen. Somos seres humanos y cada uno sentimos de una forma. Y lo que para ti es un gran dolor, no es percibido igual por otro.

Le dejo la pregunta más difícil para el final: aquella en la que me tiene que definir qué es el cuerpo para usted.

Es complicado. Son muchas cosas. Es un libro de lo que somos, de lo que han sido nuestros antepasados, gracias a la genética. Lo que ocurre es que muchas veces estamos acostumbrados más a mirarlo que a verlo. Si nos diéramos ese tiempo repararíamos en que no cuenta la misma historia en cada uno de nosotros.