Uriarte en la playa de Benidorm
Uriarte en la playa de Benidorm - MIKEL PONCE

Iñaki Uriarte: «A lo mejor tendría que ser más depredador, más agresivo y malo para ser el mejor»

Lo que escribía lo guardaba en un cajón, hasta que unos amigos le animaron a publicarlo. Después vendrían los premios. Hoy el autor es uno de los nombres propios del diarismo español. «Era mucho más feliz cuando escribía para mí», reconoce

MADRIDActualizado:

Iñaki Uriarte, articulista y crítico, apareció en la escena literaria de manera tardía y sin que nadie le esperara. Pero como tal escena no le interesaba, y además se dice tímido y algo asocial, bastante Uriarte hemos tenido la fortuna de leer. Porque leemos su vida directamente, vaya. Hace cinco años, este vasco nacido en Nueva York en 1946 publicó el primero de los tres tomos de sus Diarios (Pepitas de Calabaza), que abarcan de 1999 a 2010, y que tienen su peculiaridad: son las notas que inició una figura desconocida con más de cincuenta años que «no había escrito nunca más de dos folios seguidos».

Anotaciones del día a día, reflexiones, divertidos y melancólicos aforismos propios y ajenos, recuerdos, el registro existencial de más de una década filtrado y conformado por el propio hombre, que reconoce que su criterio para cribar es la coquetería. Para entrevistar a Uriarte, ABC Cultural fue hasta su querido Benidorm. En la elegante y bulliciosa cafetería del hotel Les Dunes Comodoro, en primera línea de playa, charlamos con el autor sobre «sus últimas palabras muy largas».

Afirma ser tímido pero ha hecho públicos sus diarios.

En realidad estaban escritos para mí. Le enseñé lo que hacía a dos amigos y me animaron a publicar. Yo no quería ni loco. Y entró un tercer amigo que conocía a un editor… Me decía lo de la timidez y sí, lo he pasado bastante mal al publicar, era mucho más feliz cuando escribía para mí. Publicar genera una cierta excitación pero también nervios, no me ha gustado mucho la experiencia. De hecho, el diario se acabó. Soy bastante neurótico, no he disfrutado. Empecé a pensar que me iban a leer, que me estaban juzgando, no era una cosa íntima. Lo peor es depender tanto de la opinión de los demás. Me aterra mucho más que me critiquen que el bienestar que me producen los elogios. Dejé de escribir, el diario se autodestruyó. Para mí era como un eje que me ayudó a ordenar mi vida, me entretenía mucho al hacerlo, me divertía al corregirlo. Y eso lo he perdido. Espero recuperarlo, pero con la idea de no publicar más.

¿Qué criterios seguía para cribar?

No sé muy bien, no tengo muy claro ni el criterio de por qué apunto unas cosas y otras no, ni el criterio para eliminar. Para eliminar, creo que es la coquetería. Cuando leo algo que no me gusta, lo quito. No es que me quiera poner de maravilla pero hay veces que no me gusta el tono, por si estoy enfadado o me he metido demasiado con alguien. Escribo de mal humor y corrijo de bueno. Cuando escribo de algo que me tiene cabreado o angustiado, noto que bajo mucho el tono y en seguida me sale siempre una broma. No sé gemir por escrito ni mostrarme enfadado o con dolores. Y no es que intente hacer gracia, no estaba intentando hacer un libro de humor. Pero a veces se me acercan y me dicen: «Cómo me he reído con tal…».

Le resulta desconcertante gustar a la gente joven.

No sé por qué pero al principio me sorprendió muchísimo. Ese abanico enorme de gente para mí es un misterio. Me ha pasado también entre la situación social de las personas, porque ha gustado desde anarquistas hasta a superpijos. Yo no sé.

La transversalidad...

Parece que he escrito un bestseller para todos los gustos. Pero no, hice lo que pude, lo que me salía.

Los diarios como género tienen «una tendencia incorregible a la melancolía». En otro momento apunta: «Continúa la buena racha, casi no escribo».

Desde que se publican, no los leo. Es algo muy neurótico, es una aversión física a releerme. Tampoco me acuerdo muy bien de todo lo que he escrito. Han pasado quince años desde que escribí el primero, soy otro. Es posible que tengan una tendencia a la melancolía. Sí que tienen algo de escribir en un momento de soledad, de cierto dolor. Pero no siempre. Amiel, por decir un paradigma de diario, sí es melancólico. Ahora, ¿Pla es melancólico? No, no lo es. ¿Y Jules Renard? Sí, tiene muchísima gracia pero hay melancolía.

¿Por qué los escribe?

Lo hago para entretenerme, para calmar los nervios… Creo que tienen una dimensión testamentaria, de dejar algo. Los empecé en un momento en que eché la vista atrás y era todo confuso. Le cuento una cosa que vi en internet que me hizo gracia. Pancho Villa tiene un atentado mortal, se está muriendo y no le sale nada. Pasa un periodista por ahí y le pide: «Oiga, escriba que dije algo». Porque a él no se le ocurría nada. Esto tiene un poco de testamentario, unas últimas palabras muy largas. Como yo no tenía a ningún periodista, me puse a ello.

Es casi un apologeta de esta ciudad tan desprestigiada, Benidorm.

Tiene una reputación muy mala pero el agua está limpísima y la playa es magnífica. Los edificios que a la gente le parecen horribles… Ayer me enseñó mi mujer en Facebook una foto de tres playas juntas, la de Waikiki en Hawái, la de Copacabana en Río de Janeiro y la de Benidorm. Son indistinguibles. Pero la resonancia de las otras es maravillosa y esta tiene una resonancia cutre. No es un sitio finolis pero es cosmopolita, es una ciudad enorme llena de gente feliz y relajada. Un lugar curioso.

Dice que la culpa de esa «resonancia cutre» viene de las comedias costumbristas de los sesenta, los chistes a lo Forges y las cámaras de fotos.

Y el cliché. Porque cuando a alguien le envían a hacer un reportaje a Benidorm viene y repite exactamente el cliché, hace las mismas fotos y habla de María Jesús y los pajaritos. Y gente apelotonada, que es mentira. Tú te puedes montar un Benidorm muy pacífico y tranquilo. Me baño en el agua y hay peces. Recuerdo que un amigo me mandó un artículo de Rafael Chirbes en el que hablaba estupendamente de Benidorm y con mucha inteligencia. O la escritora Marta Sanz, que pasó su infancia aquí y cuenta Benidorm sin burlarse. Benidorm es normal. Luego conoces a la gente que ha venido y le ha encantado.

Precisamente en Benidorm le presentaron a Vargas Llosa, del que dice que parece tener el don de la ubicuidad. Me acuerdo que un día salió dos veces en el mismo ABC, porque había estado en el acto de Libres e Iguales y en la inauguración de la temporada del Teatro Real.

Sí, es increíble, creo que todo el mundo ha visto alguna vez a Vargas Llosa. Lo curioso es que me lo encontré en Benidorm. Iba con un amigo y me lo presentó. Es un gran escritor, sin duda. Y su papel de intelectual, aunque yo no esté de acuerdo con sus ideas, lo defiende muy bien, muy articulado, pensado y bien escrito. Es un triunfador. A lo que se hubiera dedicado estaría siempre arriba. Y muy sonriente.

Estuvo en la cárcel en época de Franco y lo peor fue estar tan acompañado.

No fue ninguna etapa penosa, sale mucho en los diarios para los cuatro meses que estuve. Y sí, parece una paradoja, pero lo peor era estar con gente todo el rato. En la celda estábamos tres, con el váter ahí dentro. Los otros dos eran amigos y a uno lo habían cogido conmigo. Yo ya no militaba en nada, nos cogieron con unos panfletos.

En general, es más de estar solo que en manada.

Soy tendente a la soledad pero no lo digo con orgullo. Es un defecto de sociabilidad mío, que me hace aislarme y ver a poca gente. No es que esté solo, a lo mejor tengo mil planes, pero no los haces. Es muy difícil disfrutar de la soledad, en seguida se transforma en aburrimiento o angustia. No quiero echarme flores en ese sentido, de ser autosuficiente, de que como soy tan especial y tan listo no quiero estar con gente. Suelo pensar lo contrario: qué apocado, qué soso, ¿por qué no te entretienen las cosas que a la gente le entretienen? Me echo la culpa, no me envanezco. Aunque también es una suerte saber estar solo y que te guste. Yo puedo hasta cierto punto.

Mayo del 68 le seduce tanto que se marcha a París. ¿Si fuera joven hubiera ido al 15-M?

Me imagino que sí. Me da mucha angustia lo del 15-M porque no lleva a lo que ellos han pensado y probablemente sea devorado por el sistema. Aunque igual mejora un poco el sistema. También es muy probable que hubiera estado tres meses y me hubiera largado. No soy muy de movimientos grupales. Estábamos entonces en quinto de carrera y vivimos eso con pasión. Éramos cinco y decidimos que se había terminado eso de examinarse y acabar la carrera, a tomar viento. No nos examinamos en junio y decidí irme a París en septiembre. Pasó el verano y mis amigos sí se examinaron todos y se engancharon a los trabajos. A la vuelta ya solo hablaban de la empresa en la que trabajaban. Yo no, estaba haciendo supuestamente una tesis y viviendo el post-mayo.

De más mayor parece vivir la política sin apasionamiento. ¿Cómo consiguió abstraerse de lo que se vivía en el País Vasco?

A lo mejor da esa sensación, aunque yo sí discutía de política con todo el mundo, cuando había que discutir. Pero, a la hora de escribir, lo importante realmente en la vida no es eso. La discusión política del momento a los dos años es otra. La practicas, sí. Pero cuando escribes, si quieres dejar algo más tuyo, no lo pones.

«En el paraíso comunista solo ingresé yo», escribe con sorna. Usted apuesta por la vida contemplativa y relajada y abomina del espíritu de sacrificio y del afán de superación.

No tengo ningún respeto por esa ideología del esfuerzo y del trabajo, me di cuenta en cuanto terminé la Universidad. No quería meterme en una empresa con una nómina, me parecía una cosa espantosa. Era otra época. Hablar de esto ahora con la crisis es muy complicado porque antes podías sobrevivir bastante bien con trabajos marginales, no había esa obligación de buscarse un trabajo fijo. A mí me parecía que la mayoría eran explotación pura y dura, y mientras pudiera aguantar… No sé cómo he aguantado toda mi vida. Aquello que describió Marx me fascinaba: por la mañana pescar, por la tarde leer, etcétera. En el paraíso comunista nadie tendría un trabajo de ocho o diez horas fijo, sino que sería variado. Pero lo que había que hacer para llegar a aquello, de revoluciones y de matar, eso ya no… Mi gran objetivo es que nadie me dé órdenes. Solo he trabajado con horario fijo una semana en mi vida, de pinche de cocina en Londres. Me corté un dedo y salí corriendo de allí. Creo que me lo corté a propósito. No gasto mucho; en tabaco, libros... Estamos aquí frente a la playa con una Coca-Cola de dos euros y hablando, a mí me parece un superlujo. Me conformo con poco.

Al terminar la Universidad se propuso no levantarse nunca a las ocho de la mañana y con gran determinación lo va cumpliendo. ¿Cuáles son sus horarios?

Sí, es uno de los grandes triunfos de mi vida. En mi puta vida... Por mucho que haya cambiado, eso sigue manteniéndose. Me levanto tarde y apago la luz a las tres de la mañana. Soy noctámbulo, no sé si es una cuestión de biorritmos. Siempre estudiaba de noche y con las mañanas me llevo bastante mal. Hay gente a la que la hora de la melancolía y de la sombra le entra por la tarde. Y a mí me entra por la mañana al levantarme.

Fue a entrevistar a Savater, que decía que no trabajaba mucho, y cuando le preguntó sus horarios le pareció que era casi un minero.

Él empezó su autobiografía con un «no he trabajado en mi vida». A él le encanta escribir y estudiar, es hiperactivo. Y me contó su horario cotidiano y me quedé asustado, ¡qué es esto! Para él eso será no trabajar, será entretenerse.

No se puede poner en cuestión el valor sagrado del trabajo, que llueven palos…

Claro, es que la mayoría de la gente ha estructurado su vida en función del trabajo, de estar ocho horas en la oficina, que no es lo mejor parece que se puede hacer en esta vida… Tú mismo te sientes mal al decirle, estás como insultándole si le dices que el trabajo no es importante. Y si le quitas el trabajo se pregunta: «¿Qué he hecho yo en mi vida si solo he trabajado?». Pero es que a lo que se hace con gusto yo no le llamo trabajo. Alguien me dijo un día que yo me había perdido los fines de semana. Muy absurdo…

Como animal nocturno también salió mucho de farra. Era por eso de Scott Fitzgerald de que «cuando bebo pasan cosas».

O no pasan, pero algún día pasan. Muy de vez en cuando. Me gustaba, sobre todo cuando era más joven, la relación que tenía la gente con alcohol. Me parecía más real. Luego al dejar de beber me he dado cuenta de que los que beben empiezan a decir tonterías en seguida. Pero creo que había una relación más real con la persona que te encontrabas a las tres de la mañana en un bar que la que podías tener con la que te encontrabas a las doce de la mañana en la Gran Vía.

En un momento dado vuelve a Bilbao muy hundido, sin novia, sin amigos y sin dinero. Y se convierte en crítico literario. ¿Por qué lo dejó?

Lo dejé porque no lo necesitaba para vivir y quería escribir algo en mi tono personal. Me notaba un poco desviado, intentando hacerme el gracioso, forzado. Había leído a Montaigne, a Pla, a Renard... Quería escucharme a mí. Cuando anoté la primera entrada encontré ya el tono. Y luego vas siguiendo, te vas siguiendo a ti mismo, va naciendo un personaje. Va naciendo uno que no eres exactamente tú pero que es tu tono. Le pasa a casi todos los diaristas, que tienen el mismo tono desde el principio hasta el final, se va autoconstruyendo solo. Y que se parece a ti.

Y eso que se suele decir de que la literatura a determinada edad es para cretinos…

Es una boutade. A cierta edad te cansas de leer ficción y apetece leer biografía, diarios. A mí en alguna época me ha pasado, pero sigo leyendo ficción todo el rato. Hace unos meses estaba en la consulta del médico, un poco nervioso, y en el Kindle llevas todo. Para tranquilizarme volví al thriller que estaba leyendo la noche pasada y anoté una cosa: «Yo desperté en la literatura leyendo a Dick Turpin y Sandokán y moriré tiroteado en un barrio de Los Ángeles por un criminal».

Dice que lo primero que hacen los lectores es intentar encontrarse en el libro. Si no se logra, ¿te puede llegar a apasionar la novela?

Te puede parecer bueno, pero no te va a entusiasmar. No sólo donde te ves tú. Hay una frase de Holden Caufield de «El guardian entre el centeno» que dice que los libros que le gustan son aquellos en los que le gustaría ser amigo del autor y llamarle cuando le diera la gana. Esos también te gustan aunque no salgas en el espejo. A mí el que está detrás de la obra es lo que más me interesa. Si te cae bien, aunque no estés de acuerdo en todo, si te gusta la persona, para mí es lo más importante. Aunque por ejemplo luego está Coetzee, que me gustan mucho algunos de sus libros, y no me gustaría conocerle. Ya me estoy contradiciendo. Y como Coetzee hay algunos otros. Salinger mismo, cuando más leo sobre él, más bicho raro me parece.

Montaigne, Borges, Proust, Kafka, Schopenhauer, Sánchez Ferlosio, La Rochefoucold, Cioran, Josep Pla, son los autores que más menciona. ¿Uno es lo que lee?

No lo sé, pero estos autores son fundamentales para mí. No soy una persona muy cultivada, soy un semiculto. He leído en función de lo que me gustaba. Y he leído también muchas cosas que no entendía nada que había que leer porque estaban de moda.

Los «Ensayos» de Montaigne es el libro más importante de su vida. Dice que sin la existencia de ese hombre no se habría atrevido a hacer determinadas cosas.

No sé muy bien a qué me refería cuando escribí eso, pero es verdad que si me dicen que no puedo leer los Ensayos me daría un disgusto tremebundo. Montaigne era un indolente y no pretendía dar sermones a nadie. Lo ponen ahora como ejemplo de ser humano y no era nada ejemplar. Influyó mucho en mis diarios. Era un tío mucho más vivaracho que yo. Puede ser más o menos sensato y muy escéptico.

¿Se siente un alumno aventajado, un discípulo?

Bueno, como que le he entendido la personalidad. Él tampoco pretendía tener discípulos. Si muriese y pudiera ir a ver qué está haciendo la gente, yo iría a ver qué anda haciendo y diciendo Montaigne. Aunque ya le veo, pequeñito y hablando… Diría que le conozco muy bien.

¿Estamos en un periodo de auge diarístico en España?

Si le diera ahora a usted mis diarios y una novela que acabo de escribir, cuando llegase a casa casi seguro que empezaría por los diarios. Pero no se suele hacer. En Francia e Inglaterra sí, hay mucha más tradición. Aquí está eclosionando pero no hay muchos. A lo mejor es un género que se extingue con todo esto de las redes sociales. Me ha sorprendido que los diarios hayan tenido cierto éxito en este momento en el que está todo el mundo contando su vida en internet. Pero hay que distinguir, la esencia del diario es un monólogo. Y en las redes sociales se escribe hacia fuera.

A partir de cierta edad todo es el Far West…

Silban las balas, cae la gente a tu lado. Que nadie se lamente de llevar una vida gris y sin grandes emociones, que espere un poco porque todos llegamos al Far West, donde silban las balas. Si no eres tú se ha muerto el de al lado. Silban las balas. Cumplir años se convierte en una cosa realmente emocionante. Y es para todos. Te vas acostumbrando, pero la primera impresión cuando le pasa algo al de al lado es muy fuerte.

Su sobrina Joana dice que en los diarios usted es «más gracioso y más chulito» que en la realidad.

Estoy de acuerdo, me conoce. Probablemente sea más callado y cenizo. No doy la sensación de gracia que pueda dar en el libro. Hay una frase de Faulkner que dice que la novela es el hermano secreto y oscuro de un escritor. Y unos diarios todavía más. Es un hermano gemelo que en este caso no es más oscuro, es más luminoso. Es mejor que yo.

Eso, en los diarios da la sensación de ser buena gente. ¿Qué diría Joana?

Soy más bueno que malo. A lo mejor es una decadencia, que diría Nietzsche, de ciertos instintos animales. A lo mejor tendría que ser más depredador, más agresivo y más malo para ser el mejor. A lo mejor soy bueno porque soy débil.

Borges, su querido gato, es el gran secundario de los libros.

El pobre está viejito ya, tiene la edad de los diarios. Un gato de quince años ya… Estamos preocupados pero bueno, con inyecciones de cortisona. Ha adelgazado, no come. Le gusta más Bilbao que Benidorm.

Con internet los gatitos se pusieron de moda.

¿Cómo le llaman? El porno para los que no ven porno.

Sigue escribiendo pero no va a publicar.

Me entretienen mucho y lo quiero mantener, a ver si consigo recuperarlo. Pero ya le digo que con la sensación de que me vayan a ver se me estropea un poco el gustazo. Escribo muy poco. Notas a lo mejor más cortas. Pero me gustaría recuperar el espíritu y seguir haciéndolo. Tendría que hacer un truco en la cabeza, pero no lo consigo. Pero creo que sí que puedo volver.

En la última frase del último tomo escribe: «Puedo haber leído veinte mil palabras en un día, pero me voy más contento a la cama si he apuntado en cualquier sitio una mía».

Por eso, por eso… Tengo que seguir, para mí bienestar emocional. Por eso a lo mejor sí sigo escribiendo. Aunque muchas veces lo escrito al día siguiente te parezca una tontería. Pero vas llenando. Es muy entretenido leer en diciembre lo que has apuntado durante el año.

«Como un pájaro en el tendido eléctrico, como un borracho en un coro de medianoche, a mi manera he intentado ser libre», canta Leonard Cohen. ¿Se puede reconocer en estas palabras?

Sí, pero quitándole toda la grandilocuencia que pueda tener eso de ser libre. Hay cantidad de canciones que lo dicen. Estoy orgulloso de haber dicho muchos noes. La libertad tiene mucho que ver con decir no y tengo poco miedo a decirlo. Si no me apetece, no. Aunque tampoco creo mucho en el concepto de libertad…

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«Los diarios o la modernidad»

«Mis defectos se leerán al natural, mis imperfecciones y mi forma genuina en la medida que la reverencia pública me lo ha permitido». Esta pequeña frase, que pudiera parecer banal, tiene el mismo significado en la literatura occidental que los descubrimientos celestes de Copérnico o Kepler en la ciencia. Es una revolución literaria, una metamorfosis semántica: el yo moderno.

La frase citada proviene de los «Ensayos» de Michel de Montaigne; improvisado literato de una Francia en plenas guerras de religión que se debatía entre las viejas leyes medievales y las nuevas ideas renacentistas. Mezcla extraña, insólito aristócrata de origen sefardí según solía recordar Emilio Castelar, planteó imitar la amenidad de Plutarco «pintándose a sí mismo» con sus virtudes y debilidades. Esto creó un género plenamente modernista, el diario personal, que dará autores como La Rochefoucauld y sus «Máximas» (1664) y que avanzada ya la Ilustración llegará al género femenino con el «Diario de juventud» (1785) de Madame de Staël.

El país galo vivirá a lo largo de las siguientes centurias una pugna entre estos diarios cínicos con la emergente literatura romántica, apasionada y ególatra, originada por Jean-Jacques Rousseau y sus «Confesiones». La escritura del suizo influirá fuertemente en autores como Chateaubriand o Victor Hugo, maestros del artificio: «No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos existen». El contraste con una obra tardía de la estirpe de Montaigne, los «Diarios» (1887-1910) de Jules Renard, es total: «No serás nada. Llora, grita, agárrate la cabeza con las dos manos, espera, desespera, reanuda la tarea, empuja la roca. No serás nada».

Europa tendrá en los países cercanos a Francia, más influidos por su literatura, una tradición diarística notable: Samuel Johnson, Ernst Jünger o Virginia Woolf. La costumbre del diario española, débil hasta el siglo XX de seguir el reciente diccionario de Anna Caballé, tiene como primera escala a Melchor Gaspar de Jovellanos: «Nubes; tiempo suave. Entro en los 54 años esta noche. ¡Cómo vuela el tiempo! La vejez encima, y la muerte no puede estar distante». Este pionero en claridad y cinismo fue poco leído, y dejará paso en el XIX a la prosa declamada que domina las memorias de Alcalá-Galiano o Mesonero Romanos. En el siglo XX los escritores hispanos bajo la órbita gala crearán obras de peso como «El cuaderno gris» (1966) de Josep Pla o «La gallina ciega» (1971) de Max Aub. Con la llegada de la Transición, con la reivindicación de un estilo más simple gracias a los periódicos, nuevos diaristas como Juan Bernier, Andrés Trapiello o Iñaki Uriarte dominarán el medio.

Obras sobre la vida «ondulante» que clamaba Pla sobre Montaigne, y que en su temática inconclusa se definen bien por la aguda cita de la sobrina menor del propio Uriarte: «El tío Iñaki no hace nada, pero no tiene tiempo para nada». Por Julio Tovar