Foto de la colección Motelay, de la muestra «Transiciones, en el Círculo de Bellas Artes
Foto de la colección Motelay, de la muestra «Transiciones, en el Círculo de Bellas Artes
LIBROS

Imágenes familiares, historias universales

A veces un cómic sirve para contar la historia de una familia que es, también, la historia de un país. Otras, las viñetas cuentan una juventud, un barrio, un exilio. Incluso un crimen. El universo de la novela gráfica es infinito

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Muy familiares nos resultan buena parte de los cómics que más se verán en esta Feria del Libro. Y no, eso no quiere decir que nos parezcan cosas ya vistas; sigue habiendo quienes arriesgan mucho y sorprenden formalmente, e incluso los clásicos que se ciñen a su estilo se guardan sus vueltas de tuerca. Lo de la familiaridad va más bien por lo que cuentan.

Algunos de estos cómics nos resultan familiares porque nos identificamos con ellos. Generalmente con los desconciertos cotidianos de sus autores. Buen ejemplo es «La profecía del armadillo» (Reservoir Books), del italiano Zerocalcare, que ya ha sido un gran éxito en su país y puede repetir en el nuestro gracias a su narración (que consigue ser a la vez descacharrante y melancólica) de la vida en un barrio de la periferia, con sus amistades a trompicones, su trabajo precario y sus neurosis, simbolizadas en un armadillo de dos metros que siempre acompaña al protagonista.

Pero para repetir el éxito tendrá la dura competencia de varios títulos españoles que tienen en común –aparte de la temática cotidiana– un estilo muy colorido: «¡Mujer!», de Los Bravú (Fulgencio Pimentel), «Gran bola de helado», de Conxita Herrero (Apa-Apa), y el nostálgico «Heavy 1986», de Miguel B. Núñez (Sapristi).

De Canadá a Japón

Eso sí, lo de contar tu vida en formato breve no es algo nuevo en cómic. Lo demuestra una de las novedades más recientes y más llamativas: «Un verano en las dunas» (Fulgencio Pimentel), que recoge por primera vez en un solo tomo dos de las primeras historias publicadas por el canadiense Seth, a comienzos de los años 90, en su revista de cómic «Palookaville». Un Seth de juventud, pero tan elegante, brillante e inaguantable (pero con encanto) como siempre.

Puestos a contar su vida, los hay que encuentran más interesante contar sus viajes. Es, por ejemplo, lo que han hecho Miguel Gallardo en «Turista accidental» (Astiberri) e Igort con sus «Cuadernos japoneses» (Salamandra Graphic).

Otros son «familiares» porque hablan de familias. Y, a veces, con la historia de una familia se puede llegar a contar la de todo un país. Es lo que sucede con «El ala rota» (Norma), en el que Antonio Altarriba –una vez más complementado perfectamente por los dibujos de Kim– concluye la labor comenzada en el magistral «El arte de volar». Si entonces narraba, a través de la biografía de su padre, el exilio tras la Guerra Civil y las indignidades del posterior regreso, esta nueva novela gráfica sigue a su madre para contar un doble exilio interior, previo incluso a la guerra: el sufrido por ser pobre y el sufrido por ser mujer.

Hay quienes le echan fantasía a las familias, ya sea para contar la muerte de una hija o la enfermedad del padre

Y tan bien como Altarriba y Kim retratan España, retrata Zeina Abirached el Líbano en «El piano oriental» (Salamandra Graphic), sobre los desvelos de su bisabuelo por construir un instrumento que –igual que intentó hacer su país– conjugue Oriente y Occidente: un piano que sea capaz de tocar los cuartos de tono de las melodías árabes.

Hay, en cambio, quienes le echan fantasía a las familias. Jali emplea en «Malaria» (Astiberri) el lenguaje de los cuentos para filtrar la angustia de unos padres tras la muerte de su hija y Marion Fayolle usa alegorías poéticas para contar cómo se enfrenta una familia a la enfermedad del padre («La ternura de las piedras»; Nórdica). El tema de la enfermedad también es recurrente, por cierto: «Que no, que no me muero», de María Hernández Martí y Javi de Castro (Modernito Books); «Diagnósticos», de Diego Agrimbau y Lucas Varela (La Cúpula)...

Narradores y poetas

Pero no se confundan, entre tantas vidas contadas también hay hueco para la ficción. Para las adaptaciones como la que Sebastiano y Lorenzo Toma hacen –casi igualando la sobrecogedora poesía del original– de la película «El cielo sobre Berlín» (Libros del Zorro Rojo), de Wim Wenders. Para el género policiaco de Xulia Vicente y Núria TamaritDuerme pueblo»; La Cúpula) y Juan Díaz CanalesComo viaja el agua»; Astiberri). Para crear un héroe de acción español y delirante, como hacen Santiago García y Luis Bustos en los dos tomos de «¡García!» (Astiberri). O para simplemente delirar, como Kaz en «Sidetrack City» (Autsaider Cómics).

Finalmente, hay quienes cuentan historias sobre los contadores de historias. Sobre Paul Celan, como hace Fidel Martínez Nadal en «Fuga de la muerte» (De Ponent); sobre la poeta inglesa Natalie Clifford BarneyEpigrafías», de Carla Berrocal; Libros de Autoengaño), o sobre la plana mayor de la literatura francesa («La Comedia Literaria», Catherine Meurisse; Impedimenta).