Montaje de «Houdini. Las leyes del asombro», en la Fundación Telefónica (Madrid)
Montaje de «Houdini. Las leyes del asombro», en la Fundación Telefónica (Madrid)
ARTE

«Houdini. Las leyes del asombro», a espaldas del simulacro

La exposición que la Fundación Telefónica dedica en Madrid al «maestro» Houdini nos permite reflexionar sobre el deseo «de creer» del individuo. Algo que desde el ámbito de la creación se ha tratado de mil y una maneras. Por arte de magia

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El politólogo Robert Kelly está vestido «académicamente» para la ocasión, con cara de «experto» (analizaba para la BBC la destitución de la presidenta de Corea del Sur), cuando irrumpe la cotidianidad familiar: su hija bailando, y, detrás, en el taca-taca, el pequeñajo que no quiere perderse la «fiestuqui» en el despacho patriarcal. Una mujer que creíamos que era la «chica de servicio» irrumpe para deshacer el entuerto, mientras el padre no vuelve la cabeza al desastre. Esa escena, convertida en viral, refleja los deseos chapuceros de eso que alguna vez pretendió ser magia y ahora aparece como machismo «inconsciente», atrincherado bajo esos párpados que pretenderían hacer que todo desapareciera de inmediato.

El mago, advierte Manuel Delgado en su libro «La magia. La realidad encantada» (Ed. Montesinos, 1992), simula porque le exigen que simule. La seducción postmoderna y el «vértigo de los simulacros», convertidos en mantra agotador por Baudrillard, son para el sujeto atrapado en el narcisismo de las pantallas digitales reliquias, discursos inerciales del tiempo del fin de la Historia. Cuando la aceleración es, valga la paradoja, inercial, podemos sentir cierta nostalgia de la eficacia simbólica (Lévi-Strauss) de la magia, como si necesitáramos, más que un héroe, un mago para reconstruir las realidades fragmentadas.

Delgado calificaba al mago como un ingeniero simbólico, «una suerte de fontanero de estructuras averiadas al que la comunidad otorga la capacidad para llevar a cabo la misma labor que le exige: la de aportar continuidad a una realidad que una y otra vez tiende a mostrarse discontinua». Todavía sigue siendo nuestro «irónico» mago-fontanero Duchamp, capaz de hechizar al «sistema arte» con la obviedad de la pedestalización, consiguiendo imponer una «anestesia visual» que tiene algo de escamoteo o truco en el que las naderías usurpan el prodigio anómalo de la magia.

El «reemplazo»

Mauss y Hubert, en «Esbozo de una teoría general de la magia» (1902), señalaron que el arte mágico es la más fácil de las técnicas: «Evita el esfuerzo porque consigue reemplazar la realidad por las imágenes. Hace nada o casi nada, pero cree hacer todo». Consumado el nihilismo, al artista le toca desaparecer, aunque no sea para siempre. En fotos, Juan Muñoz explicaba el truco de su desaparición desde una silla; Bruce Nauman levitaba, sostenido por dos, en su estudio, mientras Marina Abramovic lo hacía entre los pucheros de la vieja cocina de La Laboral de Gijón, o Stelarc conseguía suspender su cuerpo en un ejercicio de resistencia al sufrimiento que tenía algo de iniciación chamánica. Óscar Santillán graba a un chamán que encarna la pasión por el baile de Nietzsche; Fontcuberta despliega milagros en los que un rostro puede aparecer en una loncha de jamón. Mientras Alan Moore, mítico autor de «V de Vendetta», considera que la reinvención del arte como magia es la salida para un mundo atroz, dominado por artistas-capataces como el Jacobo Montes de «Intento de escapada» (Ed. Anagrama, 2013), la lúcida novela de Miguel Ángel Hernández-Navarro.

Houdini se presentaba como el gran «artista de la fuga» que incluso hizo desaparecer a Jenny, una elefanta de más de 1.800 kilos.

Recordemos el comienzo de «F de Fraude», con Orson Welles haciendo desaparecer una moneda, vestido como un mago clásico. El Mago de Oz es un tipo que tras una cortina maneja todo lo que nos tenía fascinados. Freud advierte en «Tótem y tabú» que los motivos que impulsan al ejercicio de la magia no son otra cosa que los deseos humanos. Y, tal vez, uno de los impulsos más intensos que tenemos es el de «escapar», liberarnos de lo que nos atenaza.

El Anonadador de América

Houdini se presentaba como el gran «artista de la fuga» que incluso hizo desaparecer a Jenny, una elefanta de más de 1.800 kilos. El mago encarnaba el drama de la claustrofobia y, ante la mirada atónita del público, se comportaba como un «delincuente», quitándose las esposas, explicando, de acuerdo con el título de uno de sus libros, «La manera correcta de hacer el mal». Sus espectáculos eran para el público una peculiar forma de evasión en la que aplaudían a un hombre que huía por dinero. El mago que se tortura y encierra nos promete una liberación que, en realidad, nunca se produce. Adam Phillips subraya en su apasionante «La caja de Houdini. Sobre el arte de la fuga» (Anagrama, 2003), que lo que vendía era la magia del no-progreso, deslizando el mensaje de que es posible hacer cosas extraordinarias que no cambien nada. El Anonadador de América, como puede apreciarse en la exposición de la Fundación Telefónica, realizaba números que trataban sobre la seguridad.

El ojo de Sauron está materializado en nuestra política de la vigilancia planetaria, cuando los drones que permiten asesinar con impunidad y cobardía se venden como regalos inocuos. Nuestros deseos, propios de frikis, no nos impulsan tanto a escaparnos cuanto a entregar nuestras pasiones narcisistas a cambio de nada, colaborando de forma delirante a cimentar una cárcel de la que no podría escapar ningún mago. La famosa frase de Eluard«Hay otros mundos, pero están en este» anima poco en un momento en el que lo extraordinario agota su «poder viral» en horas. El individuo, adentrándose en la magia, abdica de sí, mientras que el «todólogo» contemporáneo cierra los ojos, como ese padre desbordado por la irrupción de su simpática prole, para que todo siga como si nada pasara.