Una escena de «Luces de bohemia», de Valle-Inclán, en un montaje de Helena Pimenta
Una escena de «Luces de bohemia», de Valle-Inclán, en un montaje de Helena Pimenta - Ros Ribas
TEATRO

El hondo legado teatral de Valle-Inclán

El teatro de Valle alimenta las corrientes profundas que irrigan, secretamente o no, la creación escénica española del último medio siglo

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Seguramente el eximio escritor y extravagante ciudadano que fue don Ramón María del Valle-Inclán, según la dictadura primorriverista, se reiría con cierta amargura de haber conocido la profunda huella que ha dejado en la literatura escénica española ese teatro suyo que en vida le fue tan difícil de estrenar. Su impronta como vivificador de nuestro lenguaje literario ha sido profusamente estudiada y reconocida. El profesor José Manuel García de la Torre, de la Universidad de Ámsterdam, recoge diversos textos que así lo atestiguan en su estudio «La influencia de Valle-Inclán en la renovación de la lengua literaria española en el siglo XX».

Juan Ramón Jiménez señala, por ejemplo, que «los estilos de Valle-Inclán dejan mucho en los escritores que vienen tras él: Antonio Machado, Pérez de Ayala, Gabriel Miró, etc.; después, en Gómez de la Serna, Moreno Villa, Basterra, Domenchina, Espina, García Lorca, Alberti, etc.». Antonio Machado argumenta en 1922: «Si dijéramos que nadie ha escrito en castellano hasta nuestros días de modo tan perfecto y acabado como don Ramón del Valle-Inclán, sentaríamos una afirmación sobrado rotunda y diríamos no obstante una gran verdad». Y Max Aub, en su ficticio discurso de ingreso en la Real Academia Española, donde imaginó suceder precisamente a Valle en la silla i de la docta casa, señalaba: «¿Qué no debéis a Valle-Inclán, aquí presentes, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Juan Chabás y hasta los ‘individuos’ más jóvenes de los que me oís, Camilo José Cela y Miguel Delibes?».

Una nueva estética

En el ámbito teatral, la conexión más investigada de la obra del gallego imponente es la que lo une con Federico García Lorca. En su monumental «Historia del teatro contemporáneo», Juan Guerrero Zamora afirma que el esperpento «supone, como nueva estética no sólo esbozada sino plenamente adquirida por su autor, la vanguardia mayor de nuestras dramáticas y -en este aspecto, junto a Lorca- la más decidida universalización de nuestras esencias. Si ligásemos cumbres, la línea de unión saltaría desde los Siglos de Oro hasta don Ramón María del Valle-Inclán».

En esa misma línea se pronuncia Alfredo de la Guardia, que, en el volumen «García Lorca. Persona y creación», sostiene que «el autor de "Cara de plata", en su continua transformación, que va desde el modernismo de "Voces de gesta" hasta su manera personalísima de los esperpentos, es el nexo entre el antiguo teatro español y el teatro de Federico García Lorca». La cita la recoge Ricardo Doménech en su imprescindible «García Lorca y la tragedia española», libro en el que hace hincapié en que «Valle debe en gran parte a los escritores y artistas del 27 una nueva y más justa valoración de su teatro», y hermana a los dos autores -ambos muertos en 1936- en «la compartida búsqueda de un nuevo teatro español», sumándose a la opinión manifestada por Antonio Buero Vallejo en 1972, en «García Lorca ante el esperpento», su discurso de ingreso en la RAE, donde se destaca que Lorca reacciona «de dos maneras ante los esperpentos de Valle, proclamando su genialidad, pero sometiéndolos a discusión más profunda -y por ello, más auténtica- en la entraña misma de su quehacer propio».

Maestro Shakespeare

En el amplio estudio dedicado a Valle por Javier Huerta Calvo y Emilio Peral Vega en la ciclópea «Historia del teatro español» dirigida por el primero, se pone de relieve el carácter anticipador de la obra dramática del autor de «Luces de bohemia». Reproducen una significativa cita de Alejandro Casona que, en 1964, aseguraba que «Valle es un autor desaforado, que en muchos aspectos se adelanta a su tiempo». Huerta Calvo y Peral Vega añaden que «la naturaleza desaforada del teatro valleinclanesco hizo, en efecto, que su época no lo reconociera como el gran dramaturgo que es, y que haya sido necesario esperar a los últimos años del siglo XX para confirmar el puesto cimero del autor gallego en el teatro contemporáneo». Asimismo, subrayan que Valle «sentía la forma dramática como la más idónea para la expresión de su mundo imaginario».

En el ámbito teatral, la conexión más investigada de la obra del gallego imponente es la que lo une con García Lorca

«He hecho teatro, procurando vencer todas las dificultades inherentes al género. He hecho teatro tomando como maestro a Shakespeare. Pero no he escrito nunca ni escribiré para los cómicos españoles». Así respondía Valle-Inclán en 1927 a una encuesta de ABC sobre la salud teatral española, aludiendo a su aparente abandono de la escritura teatral, harto de las dificultades para estrenar. Valle prolonga a su modo la gran estela del Bardo de Stratford llevándola a su terreno y permeando, a su vez, la literatura dramática española posterior.

Lo culto y lo popular

No me atrevo a señalar alguna influencia de Valle entre nuestros más recientes creadores teatrales, aunque sí creo que es perceptible en la obra de dos autores de talla considerable: el nunca suficientemente reconocido Miguel Romero Esteo, de cuya obra Lázaro Carreter afirmó que «nunca había visto ir a nuestro teatro tan lejos, ni de modo tan audaz e inteligente», y sobre todo el recientemente desaparecido Francisco Nieva, que comparte con el gigante galaico el decidido maridaje entre lo culto y lo popular, la transustanciación de las tradiciones barrocas y románticas en el generoso impulso vanguardista, amén de la plasticidad y la vibración lírica del lenguaje, los contrapuntos entre lo cómico y lo trágico, su gusto por el pintoresquismo y la sublimación de lo grotesco, y el vaivén entre lo religioso y lo sensual.

Así que ¡viva Valle! y que lo siga haciendo en la obra de otros creadores.