Centaurus
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LIBROS

Las historias que nos cuentan las estrellas

Este magnífico «Atlas de las constelaciones» muestra cómo el negro vacío que nos rodea es capaz de inspirarnos

MADRIDActualizado:

Ese genio inspirador que fue John Berger, del que se cumple ahora el primer aniversario de su muerte, nos dice en su maravilloso ensayo Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos (Nórdica, 2017) que «aquellos que primero inventaron y más tarde nombraron las constelaciones fueron narradores. Trazar una línea imaginaria entre un grupo de estrellas las dotó de una imagen y una identidad. Las estrellas hilvanadas en esa línea fueron como eventos que se suceden en una narración. Imaginar las constelaciones no cambió las estrellas, por supuesto, ni tampoco el negro vacío que las rodea. Lo que sí cambió fue la manera en que la gente comenzó a leer el cielo nocturno».

¿Fue para nuestros ancestros una forma razonable de hallar consuelo en su soledad cósmica, en su insignificancia, mientras observaban la vasta oscuridad sobre sus cabezas desde montañas, desiertos o vetustas ciudades? ¿De hacer más comprensibles los misterios del mundo? De una forma u otra todos somos narradores, y esa hoja en blanco puesta en negativo ha sido una gran oportunidad para construir relatos antes de que Ptolomeo, en el siglo II, compusiera el catálogo estelar más completo de la antigüedad, el Almagesto, que fue utilizado por los árabes y los europeos hasta la alta Edad Media. «Un lienzo cuajado de puntos luminosos y una mezcla de mitos, religiones, canciones de cuna y cuentos de hadas con los que combinarlos», escribe Susanna Hislop, que ha puesto letra a este Atlas de las constelaciones magníficamente editado por Errata Naturae, mientras Hannah Waldron se ha encargado de las ilustraciones. Es de esos libros que se pueden abrir por cualquier página, que se leen, que se tocan y se huelen con placer.

Un fantástico carnaval de seres se pone en movimiento. Animales, dioses y héroes a los que se rendía culto en Asiria, Babilonia o el antiguo Egipto permearon la Grecia clásica y más tarde la Roma que conquistó el Mediterráneo, grapándose a nuestra tradición, mientras en China y en la América precolombina imaginaron su propio y complejo mapa del cielo. No se trata de una obra científica -es honesto que las propias autoras lo reconozcan-, aunque sin duda interesará a los astrónomos. Las constelaciones aparecen ordenadas alfabéticamente y ahí están, claro, cada cual con su historia, los doce signos del Zodiaco; y Centaurus, la Osa Mayor y la Menor; y Hércules, Perseo y Pegaso; está Cetus, que podría ser Tiamat, bestia babilónica del caos, o quizás Moby Dick; y el gigante Orión, constelación muy popular en el firmamento, más allá de cuyos dominios alguien vio atacar naves en llamas.